…Siempre me pregunté que hubiera hecho en lugar de Pedro. Nunca terminé de aceptar que negara a Cristo. Habiendo vivido con Él y habiendo visto las cosas que vio… me ha impactado que todo eso no bastara como para identificarse totalmente con Él y confiar en su Divinidad.
- Si, de todos modos, el momento en que se arriesga la propia vida no deja de ser problemático y aún el mas pintado puede acobardarse. No todos tienen vocación al martirio.
Yo tengo un modo simple, una prueba que podés hacer para medirte en relación a tu fe en Jesucristo. Una cosa sencilla que sin arriesgar la vida ni nada extremo te va a permitir saber si lo niegas o si lo afirmas, en el presente, en tu propia vida, hoy.
Ni cerca estuve de sospechar en aquel momento, que la sencilla prueba que me planteó entonces, el que luego conocería como Padre Vasily, iba a transformar mi vida por completo.
Compartíamos los duros asientos de la clase turista del tren.
Las doce horas que estuvimos juntos en medio de la incomodidad y el ruido fueron decisivas para mi, un regalo propiamente del que me apercibí después, con el paso del tiempo.
Pero eso será tema de otro escrito; el de ahora versa sobre la afirmación o la negación de Cristo y de la pequeña prueba que me sugirió el monje para realizar en la vida cotidiana.
Se trataba de empezar a llevar una Cruz colgada al cuello a toda hora. Ese era el asunto. Debía ser una Cruz un poco mas grande que lo habitual, un poquito mas voluminosa que las que pueden estar a la moda, casi como la que usan los obispos. El tema era que se notara, que no quedara desapercibida.
- ¿ Y eso es todo?
- Si, eso es todo; pero debes llevarla a todo lugar y en toda circunstancia, excepto para dormir, claro está. Cuando te acuestes puedes sostenerla en una mano, suavemente.
- Eso me parece sencillo.
- Entonces no se te dificultará hacerlo – me dijo risueño el monje.
Tuve enormes dificultades. Mientras luchaba en lo cotidiano para no faltar a la promesa, me imaginaba al ermitaño riendo, gozoso; sabedor de lo que iba a tener que enfrentar.
Lo primero fue el temor al que dirán; el espanto a que me creyeran “un loco religioso”.
La primera oportunidad de negar a Cristo fue con los mas cercanos. Nadie me dijo nada, pero se notaba que miraban la Cruz, de reojo a veces y que les sorprendía. Tenían una cara de…¿y a este que le pasa? y pude advertir entonces como le importaba a mi ego la mirada ajena, lo que opinarían de mi.
Pero me acordaba del Apóstol Pedro negando al Señor para salvar la vida y no pude permitirme hacer lo mismo solo para sostener una opinión con los conocidos.
Agradecí tiempo después la situación, porque tuve la oportunidad de decirle que si a Cristo, cada vez que reprimía el impulso de guardarme la cruz bajo el abrigo, metiéndola apresurado por el cuello ante la perspectiva de un nuevo encuentro con este o aquél.
El segundo enemigo se manifestó a través de la moda o, mejor dicho, de lo que se supone que entona o desentona. Porque nunca fui de darle particular atención a la vestimenta, pero algo en mí siempre cuidó de no hacer el ridículo.
Sin embargo, llevar la cruz expuesta sobre la ropa deportiva o sobre el atuendo de trabajo, quedaba en ocasiones muy fuera de lugar.
Me di cuenta entonces como yo mismo juzgaba duramente a la gente que se vestía desentonada, porque en el temor que padecí al juicio ajeno, no pude sino ver la proyección de mis propias opiniones.
Recordé el “con la vara que midáis seréis medidos” y agradecí la enseñanza que esta nueva comprensión me brindaba.
Y esto del fuera de tono se hizo muy interesante porque lo discordante no solo estaba en relación al atuendo sino también respecto de las situaciones.
Muchas veces la “lógica” venía a suplicarme que ocultara la Cruz, que el desafío del monje no incluía llevarla expuesta en esa o en aquella situación, que ya había aprendido lo que tenía que aprender y que fuera razonable, no fuera yo a cometer un exceso, ya que no de la izquierda, por vía de la derecha.
Pero un sentimiento que iba creciendo paulatinamente en mí, me decía, que Cristo es el símbolo del sentido de la vida y que ese sentido debería abarcar todas las escenarios posibles o no sería tal. Así es que o llevaba a Cristo conmigo también a esa circunstancia o no tenía sentido acudir a ella.
Tiempo después me diría Padre Vasily respecto al tema:
- La cuestión es porque razón debes ir a ese lugar donde no es pertinente llevar una Cruz al cuello. ¿Que haces allí? ¿No es pertinente que lleves una Cruz al cuello? Entonces no es adecuado que concurras allí. Cualquier justificación que surja nacerá de tu tibieza o de tu falta de fe en que siendo coherente con El Señor se puede vivir lo mas bien.
Como siempre, Padre Vasily tenía la razón. No debía adaptar mi atuendo a las circunstancias, sino mi vida a la fe en Jesucristo.
Pero, también, aunque concluí que ha ciertos lugares no concurriría en adelante, hube de estar atento para no cancelar compromisos por temor.
Así que por bastante tiempo seguí acudiendo según lo previsto a los compromisos asumidos, no fuera a ser que llevando la Cruz al cuello me quedara encerrado para no exponerla; no era el trato ¿verdad? me decía a veces la imagen del monje en mi interior.
Esto de llevar una Cruz grande colgada en el pecho, fue también
una ayuda para evitar conductas y actitudes que llevarían lejos del espíritu.
En medio del ajetreo de la ciudad los instintos están estimulados a cada paso y cuando querían surgir ávidas las miradas, el lujurioso en mí se acallaba porque iba portando la Cruz.
Esta resultaba un eficaz recordatorio del propósito de la vida. Así es que o me guardaba la Cruz dejando que mis sentidos fueran como hoja llevada por el viento o continuaba concentrado en la oración y recogiendo la mirada.
Otro reto muy interesante fueron los encuentros con antiguos conocidos, con esas personas que por años no hemos visto y que nos conocen de otra época y con eso quiero decir de otro modo, cuando uno era distinto a lo que es ahora, en creencias, costumbres y actitudes.
Esos si que fueron “golpes” para la imagen de sí.
Porque algunos de estos no podían reprimir la expresión de sorpresa… como si dijeran: “¡quién te ha visto y quién te ve!” y con razón lo pensaban. Porque quién me ha conocido no puede creer que ahora ande yo con una Cruz al cuello y asistiendo a misa y relacionado con Monjes y visitando cuanto monasterio pueda visitar.
Y hubo también de los otros, que me dijeron luego: “Se te veía venir” queriendo decir con eso que ellos ya notaban mi tendencia hacia el Cristianismo y lo monástico, en momentos donde ni yo hubiera creído posible mi conversión.
En muy contadas ocasiones llevar la Cruz expuesta suscitó una alusión al tema provocando charlas que no hubiera sostenido de otra manera.
Y este tener que abordar el pasado a través de esos encuentros fue muy pedagógico; me enseñó mucho acerca del escribir derecho con letras torcidas que utiliza la gracia y del famoso y verídico dicho de que “no hay mal que por bien no venga”.
Me ha sucedido de ver cada momento y etapa de la vida como el necesario paso para la comprensión que ahora tengo y descubrir en aquella ilusión o en esa penuria los maestros imprescindibles de la enseñanza actual, impensada entonces.
Por eso, al ser interpelado por antiguos compañeros, no puedo sino manifestar que sufro una pasión involuntaria por Cristo. Y digo involuntaria porque nada he hecho para vivirla.
Si recuerdo que leía yo un material muy erudito de un italiano versado en cultura antigua, aunque químico de profesión, vaya a saber porqué; y que en ese texto se hablaba de los antiguos monjes y eremitas. Se intentaba probar allí alguna hipótesis respecto del origen no divino de Cristo y todo el trasfondo del escritor denotaba una ideología ubicada en las antípodas del Cristianismo, ideología a la que adscribía de manera manifiesta ya en el título del pequeño ensayo.
Curiosamente, esta lectura hizo avivar en mi corazón ciertos rescoldos, que creía muertos desde la primera juventud.
Es así, que una cita por aquí, una mención por allá, una referencia en algún otro texto y termino con los “Relatos de un peregrino ruso” en las manos.
Esta lectura fue decisiva para el cambio interior que se produjo.
Pero extraordinariamente, fue el icono de la portada el que me llamaba irresistible, a través de la belleza que en el percibía.
Y ya lo había leído al librito varias veces y ahí lo tenía en el cajón y cada vez que buscaba algo me topaba con el icono de la portada y yo no se que fue precisamente; si la mirada desnuda y franca o la postura calma y sencilla o los colores tan bien combinados, pero empecé a notar el deseo de hacer de ese icono mi bandera y de Su Santo Nombre mi refugio.
Veinte años de adoctrinamiento antropocéntrico cayeron en un segundo y al instante siguiente estaba yo de camino, retornando a la casa del Padre, a gran distancia todavía, pero había cambiado ya la dirección que seguía.
“Los caminos del Señor son inescrutables”…efectivamente, sin duda.
Porque si hay algo que puedo afirmar con certeza es que algo me ha cambiado sin saber yo como y que ese cambio es simplemente estar mas tranquilo y mas saciado con poco y mas confiado y entregado a un amor extraño e ilógico, cargado de matices, que me hace andar contento, orgulloso de tener por Señor a Jesucristo.
(Primer encuentro entre P. Vasily y Mario)
*Padre Vasily es un nombre ficticio que se usa para preservar el anonimato que el eremita ha puesto como pre condicón a los diálogos sostenidos y su publicación.
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