• Lo mas reciente

  • La Hesiquía

    Indica al mismo tiempo recogimiento, silencio, soledad interior, unión con Dios. Dicho término es técnico en la historia de la espiritualidad monástica, para indicar el estado de calma y silencio de todo el ser del hombre, necesario para permanecer con Dios. Una concentración sobre lo único necesario ( Lc 10, 42) buscada también mediante condiciones externas. A veces, el término podrá referirse solamente al aspecto interior y espiritual, o bien a las condiciones externas que favorecen a ambas cosas juntas. (Extraído de "Filocalia" Editorial Lumen, 2003)
  • Nepsis

    Es una especie de ayuno espiritual que consiste en cuidar el intelecto, la mente y el corazón no alterados ni excitados por las pasiones y las distracciones, para permitir al hombre que permanezca en la oración. (1 P 4,7)
    Es la actitud propia del cristiano que siempre tiene que “permanecer en Cristo” (Jn 15, 4 y ss.) con todas sus facultades, y constituye por si mismo todo el programa de la vida monástica. En la tradición bizantina, los santos monjes maestros de oración son llamados precisamente (Nípticos)

    de Glosario en Filocalía

  • Àpáteia

    Estado de reintegración del alma en su pureza y libertad originales. Para ciertos autores tiende a indicar una verdadera liberación de las pasiones, para otros, es mas bien un regreso al buen uso de las pasiones que Dios originariamente creó orientadas hacia el bien. El término, de todos modos, no debe entenderse con ese matiz negativo de” indiferencia” que tiene en el uso común; dicha liberación es, al contrario, asimilable a la pureza del corazón, y se dirige a la caridad.

    (de Glosario en Filocalía)

  • Evagrio Póntico

    "Está separado de todo, pero unido a todo. Impasible, pero de una sensibilidad soberana. Divinizado, se considera el desperdicio del mundo. Y, por encima de todo,es feliz, divinamente feliz..." (La Filocalía)
  • de Dionisio Areopagita

    ..entregado por completo a la contemplación mística, renuncia a los sentidos, a las operaciones intelectuales,
    a todo lo sensible y a lo inteligible. Despójate de todas las cosas que son y aun de las que no son y elévate así, cuanto puedas, hasta unirte en el no saber con aquel que está más allá de todo ser y de todo saber. Porque por el libre, absoluto y puro apartamiento de ti mismo y de todas las cosas, arrojándolo todo y del todo, serás elevado en puro éxtasis hasta el Rayo de tinieblas de la divina Supraesencia...Porque toda afirmación permanece más acá de la causa única y perfecta de todas las cosas, pues toda negación permanece más
    acá de la trascendencia de aquel que está simplemente despojado de todo y se sitúa más allá de todo.(de Teología Mística)

  • San Gregorio de Nisa

    "La gracia del Espíritu es lo que comunica la vida eterna y un inenarrable gozo espiritual; pero el eros del esfuerzo sostenido, que es fruto de la fe, hace al alma digna de recibir los dones y disfrutar de la gracia...la gracia de dios no puede penetrar en el alma que rechaza la salvación, y el poder de la virtud humana no es suficiente por si mismo para elevar a la forma de vida Divina un alma que no tiene parte en la gracia. (Homilias 56, 2 - Ed. Marriot, p. 45)
  • de Juan Casiano

    Es necesario permanecer lo más posible en la celda: Siempre que uno se aleja de ella para vagar por el exterior, al volver le parecerá algo nuevo y desabrido. Más aún, se encontrará como descentrado y lleno de turbación, como si empezara a habitarla. No podrá recobrar sin trabajo y dolor aquella aplicación de espíritu que había conseguido morando fielmente en su recinto, pues ha dado rienda suelta a la dispersión. (Collationes, 6,15) - Ed. Nebli)
  • San Efrén

    Crucifica tu cuerpo durante toda la noche...Si no sucumbes al sueño, pasa y colócate entre los mártires. No te dejes vencer por el sueño durante la noche; no eches a perder tu victoria. Conviértete en mártir de las vigilias...Los mártires fueron testigos de día; los ascetas, de noche... (Exhortatio ad monachos 5: Lamy, 4,214-216 )
  • San Basilio

    No te dirijas enseguida hacia la cumbre de la ascesis...vale más progresar lentamente. Suprime, pues, los placeres de la vida haciendo desaparecer de ti toda costumbre de ellos, no sea que, si alteras de golpe todos los placeres de una vez, te atraigas un día una muchedumbre de tentaciones. Cuando hayas superado esforzadamente el ataque de un placer, prepárate para la guerra contra otro placer, y de esta manera vencerás, en tiempo oportuno, todas las concupiscencias. ( Ep. ad Chilonem 2: ed. Courtonne, t.I, pag. 101)
  • Charles de Foucauld

    Señor, me pongo en tus manos, haz de mí lo que Tú quieras, sea lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más. Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y necesito darme. Me pongo en tus manos sin medida con una inmensa confianza, porque Tú eres mi Dios y mi Señor. Amén.
  • de Tomás Merton

    Dios, Señor Mío, no tengo idea de adónde voy. No veo el camino ante mí. No puedo saber con certeza dónde terminará. Tampoco me conozco realmente, y el hecho de pensar que estoy siguiendo tu voluntad no significa que en realidad lo esté haciendo. Creo que el deseo de agradarte, de hecho te agrada. Y espero tener ese deseo en todo lo que hago. Espero que nunca haré algo apartado de ese deseo. Y sé que si hago esto me llevarás por el camino correcto, aunque yo no sepa nada al respecto. Por lo tanto, confiaré en ti aunque parezca estar perdido a la sombra de la muerte. No tendré temor porque estás siempre conmigo, y nunca dejarás que enfrente solo mis peligros. (Pensamientos en la soledad)
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Un rato quieto

La primavera estaba ya adelantada y presagiaba un verano caluroso como pocos. Era mi tercera estancia en la ermita y si bien ya estaba establecida una relación filial con Padre Vasily yo no tenía todavía tanta confianza. Por eso, cuando me propuso orar en silencio ante los iconos, acepté gustoso, sin saber que íbamos a permanecer inmóviles mas de tres horas continuas.

Las experiencias interiores que de esa inmovilidad me quedaron como enseñanza, bastarían para llenar unos cuantos capítulos del libro.

Al no tener confianza suficiente, no me atrevía a moverme y esta quietud forzada vino a ser mejor maestro que la mayor parte de los libros que había leído. Básicamente cambió lo que creía de mi mismo. Me di cuenta que mas allá de cualquier consideración yo era una masa de inquietud.

Y no digo solo que tenía inquietud sino que esta formaba parte de mi identidad, porque no pude reconocer entonces alguna manifestación síquica o física que le fuera ajena. Todo surgía de la inquietud y todo iba a dar a ella, realimentándola en incesante devenir.

Hacia la izquierda las mil prisas, hacia la derecha las recurrentes dudas, hacia atrás cientos de juicios y críticas; hacia adelante los incontables temores. Una cacofonía sin fin me roía por dentro y pude comprender luego la razón de todo el movimiento que había en mi vida, de un lugar a otro y de una ilusión a otra, de un proyecto a otro proyecto, de afán en afán, desgranado por las ansias.

¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí! empecé a gritar por dentro luego de un rato de inmovilidad; pero el grito tenía otra cualidad que en circunstancias anteriores. Era un gemido consciente de la carencia profunda; cualquier otro pedido que hubiera realizado en mi vida se sintetizaba en la paz que buscaba ahora, se me hizo evidente que detrás de cada búsqueda y anhelo solo buscaba el cese del ruido interior.

Fue curioso, pero en esa oración gritada mentalmente con genuino sentimiento, empezó la paz a surgir. Y esa paz me pareció nacida de la verdad interior que el reconocer la propia desesperación brindaba.

“¡La verdad os hará libres!” resonó en el oído del recuerdo.

Mi verdad era una absoluta incomprensión del mundo, de la vida y su sentido; un fortísimo temor al sufrimiento y espanto ante la realidad de la muerte. La muerte física y las otras mil muertes de cada día.

La muerte de las relaciones, de los afectos, de lo proyectado.

Pude ver como vivía en un aterido desamparo, deseoso de calor, de afecto y plenitud. Y también me sucedió de ver a todos los hombres en la misma condición sufrida. Comprendí a mis padres, a mis amigos, a los desconocidos; a los violentos, a los ambiciosos, a los mentirosos, a los bondadosos, a los ruidosos y a los silentes y en un segundo se me apareció el mundo entero gimiendo su carencia al cielo a través de las innúmeras actividades de la historia.

Pero…he aquí lo extraordinario, esa carencia y desamparo venían a ser dones y a regalar sentido.

Cuando Padre Vasily se puso de pie, lo hizo sin dificultad y en silencio salió fuera. Yo, luché con el entumecimiento y el dolor de las piernas y trabajosamente, le seguí. La noche iba avanzando y a través del claro en las coníferas que protegía la ermita, se podían ver muy brillantes, las estrellas. El se hundió en la espesura y no me atreví a seguirlo, suponiendo que necesitaba intimidad.

Me recosté en la hierba a mirar los infinitos puntos de luz. Permanecí sobrecogido, consciente como nunca de la esfera que me cobijaba, flotando en medio de un espacio inmenso. Sigilosamente se me fue deslizando el punto de vista y sin quererlo yo, pasé del deslumbramiento por la inmensidad al descubrimiento de la nadidad.

¡¿Qué es esto Señor?! musité con la mente y la pregunta inquiría a un tiempo por el universo en su vastedad y por mi en la absurda pequeñez. Me sentía tan pequeño pero tan minúsculo que de tan poco empecé con asombro a sentirme grande. Porque ¿que portento es el hombre capaz de albergar tanto en tan poco? Se me reveló la tremenda profundidad de la pequeñez, porque aún en ella el universo se expandía.

A través de las emociones, no del intelecto; vi a la carencia como la esencia del hombre y en ella la raíz de sus búsquedas y en estas el camino hacia el sentido. El sentido de la vida se enlazaba con la conciencia de la nadidad y se asentaba en el reconocimiento del no saber y era en esa verdad aposentado, como Dios y redención se hacían presentes y evidentes.

Se me configuró en ese instante lo que me pareció la madre de todas las oraciones, la “oración natural” por llamarla de algún modo; me di cuenta de que el asombro es la oración universal y que había confundido yo miedo y desamparo con un quedo llamado.

Sin la Sagrada Presencia hay incompletitud y la nostalgia será el fondo de toda actividad; aunque se disfrace de ansiedad, de violencia, de posesividad o ambiciones múltiples y afanes sin final.

Mi asombro crecía y se asentaba hondo y cantaba leve:

¡Grande eres Señor, fuente de toda inmensidad!

elias

Icono de Profeta Elías