Máximo, El Confesor

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quisiera presentar la figura de uno de los grandes padres de la Iglesia de Oriente del período tardío. Se trata de un monje, san Máximo, al que la tradición cristiana le ha atribuido el título de “confesor” por la intrépida valentía con la que supo testimoniar —”confesar”—, incluso con el sufrimiento, la integridad de su fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, salvador del mundo.

Máximo nació en Palestina, la tierra del Señor, en torno al año 580. Desde que era pequeño se orientó hacia la vida monástica y al estudio de las Escrituras, en parte a través de las obras de Orígenes, el gran maestro que ya en el siglo III había estructurado la tradición exegética alejandrina.

De Jerusalén se trasladó a Constantinopla y de allí, a causa de las invasiones bárbaras, se refugió en África, donde se distinguió por su gran valentía en la defensa de la ortodoxia. Máximo no aceptaba el que se redujera la humanidad de Cristo. Había nacido la teoría, según la cual, Cristo sólo tendrá una voluntad, la divina. Para defender la unicidad de su persona, muchos negaban el que tuviera una auténtica voluntad humana. Y, a simple vista, podría parecer algo bueno el que Cristo tuviera una sola voluntad. Pero san Máximo comprendió inmediatamente que esto habría acabado con el misterio de la salvación, pues una humanidad sin voluntad, un hombre sin voluntad, no es un verdadero hombre, es un hombre amputado. Por tanto, el hombre Jesucristo no habría sido un verdadero hombre, no habría vivido el drama de ser humano, que consiste precisamente en la dificultad para conformar nuestra voluntad con la verdad del ser.

De este modo, san Máximo afirma con gran decisión: la Sagrada Escritura no nos muestra a un hombre amputado, sin voluntad, sino a un verdadero hombre, completo: Dios, en Jesucristo, realmente asumió la totalidad del ser humano —obviamente excepto en el pecado—, por tanto, también una voluntad humana. Dicho así, parecería claro: Cristo, ¿es o no es hombre? Si es hombre, tiene también voluntad. Pero entonces surge el problema: de este modo, ¿no se cae en una especie de dualismo? ¿No se acaba presentando dos personalidades completas: razón, voluntad, sentimiento? ¿Cómo superar el dualismo, conservar la plenitud del ser humano y defender la unidad de la persona de Cristo, que no era esquizofrénico? San Máximo demuestra que el hombre encuentra su unidad, su integración, la totalidad en sí mismo, pero superándose a sí mismo, saliendo de sí mismo. De este modo, en Cristo, al salir de sí mismo, el hombre se encuentra a sí mismo en Dios, en el Hijo de Dios.

No hay que amputar al hombre para explicar la encarnación; basta comprender el dinamismo del ser humano que sólo se realiza saliendo de sí mismo; sólo en Dios nos encontramos a nosotros mismos, nuestra totalidad y plenitud. De este modo, se puede ver que el hombre que se encierra en sí mismo no está completo; por el contrario, el hombre que se abre, que sale de sí mismo, logra la plenitud y se encuentra a sí mismo en el Hijo de Dios, encuentra su verdadera humanidad.

Para san Máximo esta visión no es una especulación filosófica; la ve realizada en la vida concreta de Jesús, sobre todo en el drama de Getsemaní. En este drama de la agonía de Jesús, en la angustia de la muerte, de la oposición entre la voluntad humana de no morir y la voluntad divina, que se ofrece a la muerte, se realiza todo el drama humano, el drama de nuestra redención. San Máximo nos dice, y sabemos que es verdad: Adán (y Adán somos nosotros) pensaba que el “no” era la cumbre de la libertad. Sólo quien puede decir “no” sería realmente libre; para realizar realmente su libertad el hombre debería decir “no” a Dios; sólo así cree que es él mismo, que ha llegado al culmen de la libertad. La naturaleza humana de Cristo también llevaba en sí esta tendencia, pero la superó pues Jesús comprendió que el “no” no es lo máximo de la libertad humana. Lo máximo de la libertad es el “sí”, la conformidad con la voluntad de Dios. Sólo en el “sí” el hombre llega a ser realmente él mismo; sólo en la gran apertura del “sí”, en la unificación de su voluntad con la divina, el hombre llega a estar inmensamente abierto, llega a ser “divino”. Ser como Dios era el deseo de Adán, es decir, ser completamente libre. Pero no es divino, no es completamente libre el hombre que se encierra en sí mismo; lo es si sale de sí, en el “sí” llega a ser libre; este es el drama de Getsemaní: que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Transfiriendo la voluntad humana en la voluntad divina nace el verdadero hombre, así somos redimidos. En pocas palabras, este era el punto principal que quería comunicar san Máximo y vemos que está en juego todo el ser humano; está en juego toda nuestra vida.

San Máximo ya tenía problemas en África cuando defendía esta visión del hombre y de Dios; después fue llamado a Roma. En el año 649 participó en el Concilio Lateranense, convocado por el Papa Martín I, en defensa de la voluntad de Cristo, contra el edicto del emperador, que por el bien de la paz —pro bono pacis— prohibía discutir sobre esta cuestión. El papa Martín tuvo que pagar un caro precio por su valentía: si bien estaba enfermo, fue arrestado y llevado a Constantinopla. Procesado y condenado a muerte, se le conmutó la pena en el exilio definitivo de Crimea, donde falleció el 16 de septiembre del año 655, tras dos largos años de humillaciones y tormentos.

Poco tiempo después, en el año 662, le tocó el turno a Máximo, quien también se opuso al emperador al repetir: “¡Es imposible afirmar en Cristo una sola voluntad!” (Cf. PG 91, cc. 268-269). De este modo, junto a dos discípulos —ambos se llamaban Anastasio—, Máximo fue sometido a un extenuante proceso, a pesar de que ya había superado los ochenta años. El tribunal del emperador le condenó, con la acusación de herejía, a la cruel mutilación de la lengua y de la mano derecha, los dos órganos de expresión, la palabra y los escritos, con los que Máximo había combatido la doctrina errada de la voluntad única de Cristo. Por último, el santo monje, mutilado, fue exiliado en la Cólquida, en el Mar Negro, donde murió, agotado por los sufrimientos, a los 82 años, el 13 de agosto del mismo año 662.

Hablando de la vida de Máximo, hemos mencionado su obra literaria en defensa de la ortodoxia. En particular, nos referimos a la Disputa con Pirro, antiguo patriarca de Constantinopla: en ella, logró persuadir de sus errores al adversario. Con mucha honestidad, de hecho, Pirro concluía así la Disputa: “Pido perdón de parte mía y de parte de quienes me han precedido: por ignorancia hemos llegado a estos pensamientos y argumentaciones absurdos; y pido que ese encuentre la manera de cancelar estas absurdidades, salvando la memoria de aquellos que han errado” (PG 91, c. 352).

Nos han llegado, además, algunas decenas de obras importantes, entre las que destaca la Mistagogia , uno de los escritos más significativos de san Máximo, que recoge su pensamiento teológico con una síntesis bien estructurada.

El pensamiento de Máximo nunca es sólo teológico, especulativo, replegado en sí mismo, pues siempre tiene como punto de llegada la realidad concreta del mundo y de la salvación. En el contexto en que tuvo que sufrir, no podía evadirse en afirmaciones filosóficas meramente teóricas; tenía que buscar el sentido de la vida, preguntándose: ¿quién soy? ¿Qué es el mundo? Al hombre, creado a su imagen y semejanza, Dios le ha confiado la misión de unificar el cosmos. Y como Cristo ha unificado en sí mismo al ser humano, en el hombre el Creador ha unificado al cosmos. Nos ha mostrado cómo unificar en la comunión de Cristo el cosmos y de este modo llegar realmente a un mundo redimido. A esta poderosa visión salvífica se refiere uno de los teólogos más grandes del siglo XX, Hans Urs von Balthasar, quien —”relanzando” la figura de Máximo— define su pensamiento con la incisiva expresión de Kosmische Liturgie, “liturgia cósmica”. En el centro de esta solemne “liturgia” siempre está Jesucristo, único salvador del mundo. La eficacia de su acción salvadora, que ha unificado definitivamente el cosmos, está garantizada por el hecho de que Él, a pesar de ser Dios en todo, también es íntegramente hombre, incluyendo la “energía” y la voluntad del hombre.

La vida y el pensamiento de Máximo quedan poderosamente iluminados por una inmensa valentía para testimoniar la realidad íntegra de Cristo, sin reduccionismos ni compromisos. De este modo presenta lo que es realmente el hombre, cómo debemos vivir para responder a nuestra vocación. Tenemos que vivir unidos a Cristo para quedar de este modo unidos a nosotros mismos y al cosmos, dando al mismo cosmos y a la humanidad su justa forma.

El “sí” universal de Cristo nos muestra claramente cómo dar el valor adecuado a todos los demás valores. Pensemos en valores hoy justamente defendidos como la tolerancia, la libertad, el diálogo. Peo una tolerancia que dejara de saber distinguir el bien del mal sería caótica y autodestructiva. Del mismo modo, una libertad que no respetase la de los demás y no hallase la medida común de nuestras libertades sería anárquica y destruiría la autoridad. El diálogo que no sabe sobre qué dialogar se convierte en una palabrería vacía.

Todos estos valores son grandes y fundamentales, pero pueden ser verdaderos únicamente si tienen un punto de referencia que les une y les confiere la verdadera autenticidad. Este punto de referencia es la síntesis entre Dios y el cosmos, es la figura de Cristo en la que aprendemos la verdad sobre nosotros mismos, así como el lugar de todos los demás valores, para descubrir su significado auténtico. Jesucristo es el punto de referencia que ilumina todos los demás valores. Este el el punto de llegada del testimonio de este gran confesor. De este modo, al final, Cristo nos indica que el cosmos debe ser liturgia, gloria de Dios y que la adoración es el inicio de la verdadera transformación, de la verdadera renovación del mundo.

Por este motivo, quisiera concluir con un pasaje fundamental de las obras de san Máximo: “Adoramos a un solo Hijo, junto con el Padre y el Espíritu Santo, como era antes de los tiempos, ahora y por todos los tiempos, y por los tiempos después de los tiempos. ¡Amén!” (PG 91, c. 269).

BENEDICTO XVI , Catequesis sobre los Padres de la Iglesia

Eucaristía del Domingo de Ramos

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San Clemente de Alejandría

Intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general del miércoles 18 de abril de 2007 en la que presentó a san Clemente de Alejandría.

Queridos hermanos y hermanas:

Después del tiempo de las fiestas, volvemos a las catequesis normales, a pesar de que visiblemente la plaza está todavía de fiesta. Con las catequesis volvemos, como decía, al tema comenzado antes. Habíamos hablado de los doce apóstoles, luego de los discípulos de los apóstoles, ahora de las grandes personalidades de la Iglesia naciente, de la Iglesia antigua. La última vez habíamos hablado de san Ireneo de Lyon, hoy hablamos de Clemente de Alejandría, un gran teólogo que nace probablemente en Atenas, en torno a la mitad del siglo II. De Atenas heredó un agudo interés por la filosofía, que haría de él uno de los alféreces del diálogo entre fe y razón en la tradición cristiana. Cuando todavía era joven, llegó a Alejandría, la «ciudad símbolo» de ese fecundo cruce entre diferentes culturas que caracterizó la edad helenista. Fue discípulo de Panteno, hasta sucederle en la dirección de la escuela catequística. Numerosas fuentes atestiguan que fue ordenado presbítero. Durante la persecución de 202-203 abandonó Alejandría para refugiarse en Cesarea, en Capadocia, donde falleció hacia el año 215.

Las obras más importantes que nos quedan de él son tres: el «Protréptico», el «Pedagogo», y los «Stromata». Si bien parece que no era la intención originaria del autor, estos escritos constituyen una auténtica trilogía, destinada a acompañar eficazmente la maduración espiritual del cristiano.

El «Protréptico», como dice la palabra misma, es una «exhortación» dirigida a quien comienza y busca el camino de la fe. Es más, el «Protréptico» coincide con una Persona: el Hijo de Dios, Jesucristo, que se convierte en «exhortador» de los hombres para que emprendan con decisión el camino hacia la Verdad. El mismo Jesucristo se convierte después en «Pedagogo», es decir, en «educador» de aquellos que, en virtud del Bautismo, se han convertido en hijos de Dios. El mismo Jesucristo, por último, es también «didascalo», es decir, «maestro», que propone las enseñanzas más profundas. Éstas se recogen en la tercera obra de Clemente, los «Stromata», palabra griega que significa: «tapicerías». Se trata de una composición que no es sistemática, sino que afronta diferentes argumentos, fruto directo de la enseñanza habitual de Clemente.

En su conjunto, la catequesis de Clemente acompaña paso a paso el camino del catecúmeno y del bautizado para que, con las dos «alas» de la fe y de la razón, llegue a un conocimiento de la Verdad, que es Jesucristo, el Verbo de Dios. Sólo el conocimiento de la persona que es la verdad es la «auténtica gnosis», la expresión griega que quiere decir «conocimiento», «inteligencia». Es el edificio construido por la razón bajo el impulso de un principio sobrenatural. La misma fe constituye la auténtica filosofía, es decir, la auténtica conversión al camino que hay que tomar en la vida. Por tanto, la auténtica «gnosis» es un desarrollo de la fe, suscitado por Jesucristo en el alma unida a Él. Clemente define después dos niveles de la vida cristiana.

Primer nivel: los cristianos creyentes que viven la fe de una manera común, aunque esté siempre abierta a los horizontes de la santidad. Luego está el segundo nivel: los «gnósticos», es decir, los que ya llevan una vida de perfección espiritual; en todo caso, el cristiano tiene que comenzar por la base común de la fe y a través de un camino de búsqueda debe dejarse guiar por Cristo y de este modo llegar al conocimiento de la Verdad y de las verdades que conforman el contenido de la fe. Este conocimiento, nos dice Clemente, se convierte para el alma en una realidad viva: no es sólo una teoría, es una fuerza de vida, es una unión de amor transformante. El conocimiento de Cristo no es sólo pensamiento, sino que es amor que abre los ojos, transforma al hombre y crea comunión con el «Logos», con el Verbo divino que es verdad y vida. En esta comunión, que es el perfecto conocimiento y es amor, el perfecto cristiano alcanza la contemplación, la unificación con Dios.

Clemente retoma finalmente la doctrina, según al cual, el fin último del hombre consiste en ser semejante a Dios. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, pero esto es también un desafío, un camino; de hecho, el objetivo de la vida, el destino último consiste verdaderamente en hacerse semejantes a Dios. Esto es posible gracias a la connaturalidad con Él, que el hombre ha recibido en el momento de la creación, motivo por el cual de por sí ya es imagen de Dios. Esta connaturalidad permite conocer las realidades divinas a las que el hombre adhiere ante todo por la fe y, a través de la vivencia de la fe, de la práctica de las virtudes, puede crecer hasta llegar a la contemplación de Dios. De este modo, en el camino de la perfección, Clemente da la misma importancia al requisito moral que al intelectual. Los dos van juntos porque no es posible conocer sin vivir y no se puede vivir sin conocer. No es posible asemejarse a Dios y contemplarle simplemente con el conocimiento racional: para lograr este objetivo se necesita una vida según el «Logos», una vida según la verdad. Y, por tanto, las buenas obras tienen que acompañar el conocimiento intelectual, como la sombra acompaña al cuerpo.

Hay dos virtudes que adornan particularmente al alma del «auténtico gnóstico». La primera es la libertad de las pasiones («apátheia»); la otra, es el amor, la verdadera pasión, que asegura la unión íntima con Dios. El amor da la paz perfecta, y hace que el «auténtico gnóstico» sea capaz de afrontar los sacrificios más grandes, incluso el sacrificio supremo en el seguimiento de Cristo, y le hace subir de nivel hasta llegar a la cumbre de las virtudes. De este modo, el ideal ético de la filosofía antigua, es decir, la liberación de las pasiones, vuelve a ser redefinido por Clemente y conjugado con el amor, en el proceso incesante que lleva a asemejarse a Dios.

De esta manera, el pensador de Alejandría propició la segunda gran oportunidad de diálogo entre el anuncio cristiano y la filosofía griega. Sabemos que san Pablo en el Areópago de Atenas, donde Clemente nació, había hecho el primer intento de diálogo con la filosofía griega, y en buena parte había fracasado, pues le dijeron: «Otra vez te escucharemos». Ahora Clemente, retoma este diálogo, y lo ennoblece al máximo en la tradición filosófica griega. Como escribió mi venerado predecesor Juan Pablo II en la encíclica «Fides et ratio» , Clemente de Alejandría llega a interpretar la filosofía como «una instrucción propedéutica a la fe cristiana (n. 38). Y, de hecho, Clemente llegó a afirmar que Dios habría dado la filosofía a los griegos «como un Testamento propio para ellos» («Stromata» 6, 8, 67, 1). Para él la tradición filosófica griega, casi como sucede con la Ley para los judíos, es el ámbito de «revelación», son dos corrientes que en definitiva se dirigen hacia el mismo «Logos». Clemente sigue marcando con decisión el camino de quien quiere «dar razón» de su fe en Jesucristo. Puede servir de ejemplo a los cristianos, a los catequistas y a los teólogos de nuestro tiempo a los que Juan Pablo II, en la misma encíclica, exhortaba «a recuperar y subrayar más la dimensión metafísica de la verdad para entrar así en diálogo crítico y exigente con el pensamiento filosófico contemporáneo».

Concluyamos con una de las expresiones de la famosa «oración a Cristo “Logos”», con la que Clemente concluye su «Pedagogo». Su súplica dice así: «Muéstrate propicio a tus hijos»; «concédenos vivir en tu paz, mudarnos a tu ciudad, atravesar sin quedar sumergidos en las corrientes del pecado, ser transportados con serenidad por el Espíritu Santo por la Sabiduría inefable: nosotros, que de día y de noche, hasta el último día elevamos un canto de acción de gracias al único Padre, … al Hijo pedagogo y maestro, junto al Espíritu Santo. ¡Amén!” (Pedagogo 3, 12, 101).

Dos enlaces

Eucaristía del Martes 31 de Marzo, 5° semana de Cuaresma

El papel de un cristiano

Pastoresgregis

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San Ignacio de Antioquía

(Intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general del miércoles 14 de marzo de 2007 en la que presentó a san Ignacio de Antioquía)

Queridos hermanos y hermanas:

Como ya hicimos el miércoles, estamos hablando de las personalidades de la Iglesia naciente. La semana pasada habíamos hablado del Papa Clemente I, tercer sucesor de san Pedro. Hoy hablamos de san Ignacio, que fue el tercer obispo de Antioquia, del año 70 al 107, fecha de su martirio. En aquel tiempo, Roma, Alejandría y Antioquia eran las tres grandes metrópolis del Imperio Romano. El Concilio de Nicea habla de los tres «primados»: el de Roma, pero también el de Alejandría y Antioquia participan, en cierto sentido, en un «primado».

San Ignacio era obispo de Antioquia, que hoy se encuentra en Turquía. Allí, en Antioquia, como sabemos por los Hechos de los Apóstoles, surgió una comunidad cristiana floreciente: el primer obispo fue el apóstol Pedro, como dice la tradición, y allí «fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de “cristianos”» (Hechos 11, 26). Eusebio de Cesarea, un historiador del siglo IV, dedica todo un capítulo de su «Historia Eclesiástica» a la vida y a la obra de Ignacio (3,36). «De Siria», escribe, «Ignacio fue enviado a Roma para ser pasto de fieras, a causa del testimonio que dio de Cristo. Viajando por Asia, bajo la custodia severa de los guardias» (que él llama «diez leopardos» en su Carta a los Romanos 5,1), «en las ciudades en las que se detenía, reforzaba a las Iglesias con predicaciones y exhortaciones; sobre todo les alentaba, de todo corazón, a no caer en las herejías, que entonces comenzaban a pulular, y recomendaba no separarse de la tradición apostólica».

La primera etapa del viaje de Ignacio hacia el martirio fue la ciudad de Esmirna, donde era obispo san Policarpo, discípulo de san Juan. Allí, Ignacio escribió cuatro cartas, respectivamente a las Iglesias de Éfeso, de Magnesia, de Tralles y de Roma. Al dejar Esmirna», sigue diciendo Eusebio, «Ignacio llegó a Troade, y allí envió nuevas cartas»: dos a las Iglesias de Filadelfia y de Esmirne, y una al obispo Policarpo. Eusebio completa así la lista de las cartas, que nos han llegado de la Iglesia del primer siglo como un tesoro precioso. Al leer estos textos se siente la frescura de la fe de la generación que todavía había conocido a los apóstoles. Se siente también en estas cartas el amor ardiente de un santo. Finalmente, de Troade el mártir llegó a Roma, donde en el Anfiteatro Flavio, fue dado en pasto a las fieras feroces.

Ningún Padre de la Iglesia ha expresado con la intensidad de Ignacio el anhelo por la «unión» con Cristo y por la «vida» en Él. Por este motivo, hemos leído el pasaje del Evangelio sobre la viña, que según el Evangelio de Juan, es Jesús. En realidad, confluyen en Ignacio dos «corrientes» espirituales: la de Pablo, totalmente orientada a la «unión» con Cristo, y la de Juan, concentrada en la «vida» en Él. A su vez, estas dos corrientes desembocan en la «imitación» de Cristo, proclamado en varias ocasiones por Ignacio como «mi Dios» o «nuestro Dios». De este modo, Ignacio implora a los cristianos de Roma que no impidan su martirio, pues tiene impaciencia por «unirse con Jesucristo».

Y explica: «Para mí es bello morir caminando hacia Jesucristo, en vez de poseer un reino que llegue hasta los confines de la tierra. Le busco a Él, que murió por mí, le quiero a Él, que resucitó por nosotros. ¡Dejad que imite la Pasión de mi Dios!» (Romanos 5-6). Se puede percibir en estas expresiones ardientes de amor el agudo «realismo» cristológico típico de la Iglesia de Antioquia, atento más que nunca a la encarnación del Hijo de Dios y a su auténtica y concreta humanidad: Jesucristo, escribe Ignacio a los habitantes de Esmirna, «es realmente de la estirpe de David», «realmente nació de una virgen», «fue clavado realmente por nosotros» (1,1). La irresistible tensión de Ignacio hacia la unión con Cristo sirve de fundamento para una auténtica «mística de la unidad». Él mismo se define como «un hombre al que se le ha confiado la tarea de la unidad» (A los fieles de Filadelfia 8, 1). Para Ignacio, la unidad es ante todo una prerrogativa de Dios, que existiendo en tres Personas es Uno en una absoluta unidad.

Repite con frecuencia que Dios es unidad y que sólo en Dios ésta se encuentra en el estado puro y originario. La unidad que tienen que realizar sobre esta tierra los cristianos no es más que una imitación lo más conforme posible con el modelo divino. De esta manera, Ignacio llega a elaborar una visión de la Iglesia que recuerda mucho a algunas expresiones de la Carta a los Corintios de Clemente Romano. «Conviene caminar de acuerdo con el pensamiento de vuestro obispo, lo cual vosotros ya hacéis escribe a los cristianos de Éfeso. Vuestro presbiterio, justamente reputado, digno de Dios, está conforme con su obispo como las cuerdas a la cítara. Así en vuestro sinfónico y armonioso amor es Jesucristo quien canta. Que cada uno de vosotros también se convierta en coro a fin de que, en la armonía de vuestra concordia, toméis el tono de Dios en la unidad y cantéis a una sola voz» (4,1-2).

Y después de recomendar a los fieles de Esmirna que no hagan nada «que afecte a la Iglesia sin el obispo» (8,1), confía a Policarpo: «Ofrezco mi vida por los que están sometidos al obispo, a los presbíteros y a los diáconos. Que junto a ellos pueda tener parte con Dios. Trabajad unidos los unos por los otros, luchad juntos, corred juntos, sufrid juntos, dormid y velad juntos como administradores de Dios, asesores y siervos suyos. Buscad agradarle a Él por quien militáis y de quien recibís la merced. Que nadie de vosotros deserte. Que vuestro bautismo sea como un escudo, la fe como un casco, la caridad como una lanza, la paciencia como una armadura» (6,1-2).

En su conjunto, se puede percibir en las Cartas de Ignacio una especie de dialéctica constante y fecunda entre dos aspectos característicos de la vida cristiana: por una parte la estructura jerárquica de la comunidad eclesial, y por otra la unidad fundamental que liga entre sí a todos los fieles en Cristo. Por lo tanto, los papeles no se pueden contraponer. Al contrario, la insistencia de la comunión de los creyentes entre sí y con sus pastores, se refuerza constantemente mediante imágenes elocuentes y analogías: la cítara, los instrumentos de cuerda, la entonación, el concierto, la sinfonía.

Es evidente la peculiar responsabilidad de los obispos, de los presbíteros y los diáconos en la edificación de la comunidad. A ellos se dirige ante todo el llamamiento al amor y la unidad. «Sed una sola cosa», escribe Ignacio a los Magnesios, retomando la oración de Jesús en la Última Cena: «Una sola súplica, una sola mente, una sola esperanza en el amor… Acudid todos a Jesucristo como al único templo de Dios, como al único altar: él es uno, y al proceder del único Padre, ha permanecido unido a Él, y a Él ha regresado en la unidad» (7, 1-2). Ignacio es el primero que en la literatura cristiana atribuye a la Iglesia el adjetivo «católica», es decir, «universal»: «Donde está Jesucristo», afirma, «allí está la Iglesia católica» (A los fieles de Esmirna 8, 2). Precisamente en el servicio de unidad a la Iglesia católica, la comunidad cristiana de Roma ejerce una especie de primado en el amor: «En Roma, ésta preside, digna de Dios, venerable, digna de ser llamada bienaventurada… Preside en la caridad, que tiene la ley de Cristo, y lleva el nombre del Padre» (A los Romanos, «Prólogo»).

Como se puede ver, Ignacio es verdaderamente el «doctor de la unidad»: unidad de Dios y unidad de Cristo (en oposición a las diferentes herejías que comenzaban a circular y que dividían al hombre y a Dios en Cristo), unidad de la Iglesia, unidad de los fieles, «en la fe y en la caridad, pues no hay nada más excelente que ella» (A los fieles de Esmirna 6,1). En definitiva, el «realismo» de Ignacio es una invitación para los fieles de ayer y de hoy, es una invitación para todos nosotros a lograr una síntesis progresiva entre «configuración con Cristo» (unión con Él, vida en Él) y «entrega a su Iglesia» (unidad con el obispo, servicio generoso a la comunidad y al mundo).

En definitiva, es necesario lograr una síntesis entre «comunión» de la Iglesia en su interior y «misión», proclamación del Evangelio a los demás, hasta que una dimensión hable a través de la otra, y los creyentes tengan cada vez más «ese espíritu sin divisiones, que es el mismo Jesucristo» (Magnesios 15). Al implorar del Señor esta «gracia de unidad», y con la convicción de presidir en la caridad a toda la Iglesia (Cf. A los Romanos, «Prólogo»), os dirijo a vosotros el mismo auspicio que cierra la carta de Ignacio a los cristianos de Tralles: «Amaos los unos a los otros con un corazón sin divisiones. Mi espíritu se entrega en sacrificio por vosotros no sólo ahora, sino también cuando alcance a Dios… Que en Cristo podáis vivir sin mancha» (13). Y recemos para que el Señor nos ayude a alcanzar esta unidad y vivamos sin mancha, pues el amor purifica las almas.

Eucaristía de hoy, 28 de marzo, 4° semana de Cuaresma

Que domine en mí

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San Clemente Romano, tercer sucesor de Pedro

Intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general del miércoles 7 de marzo de 2007 en la que comenzó un nuevo ciclo de catequesis sobre los padres apostólicos. La primera figura que ha presentado es la de san Clemente Romano, tercer sucesor de Pedro

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos meditado en los meses pasados en las figuras de cada uno de los apóstoles y en los primeros testigos de la fe cristiana, mencionados en los escritos del Nuevo Testamento. Ahora, prestaremos atención a los padres apostólicos, es decir, a la primera y segunda generación de la Iglesia, después de los apóstoles. De este modo podemos ver cómo comienza el camino de la Iglesia en la historia.

San Clemente, obispo de Roma en los últimos años del siglo I, es el tercer sucesor de Pedro, después de Lino y Anacleto. El testimonio más importante sobre su vida es el de san Ireneo, obispo de Lyón hasta el año 202. Él atestigua que Clemente «había visto a los apóstoles», «se había encontrado con ellos» y «todavía resonaba en sus tímpanos su predicación, y tenía ante los ojos su tradición» («Adversus haereses» 3, 3, 3). Testimonios tardíos, entre los siglos IV y VI, atribuyen a Clemente el título de mártir.

La autoridad y el prestigio de este obispo de Roma eran tales que se le atribuyeron varios escritos, pero su única obra segura es la «Carta a los Corintios». Eusebio de Cesarea, el gran «archivero» de los orígenes cristianos, la presenta con estas palabras: «Nos ha llegado una carta de Clemente reconocida como auténtica, grande y admirable. Fue escrita por él, de parte de la Iglesia de Roma, a la Iglesia de Corinto… Sabemos que desde hace mucho tiempo y todavía hoy es leída públicamente durante la reunión de los fieles» (Historia Eclesiástica, 3,16). A esta carta se le atribuía un carácter casi canónico. Al inicio de este texto, escrito en griego, Clemente se lamenta por el hecho de que «las imprevistas calamidades, acaecidas una después de otra» (1,1), le hayan impedido una intervención más inmediata. Estas «adversidades» han de identificarse con la persecución de Domiciano: por ello, la fecha de composición de la carta hay que remontarla a un tiempo inmediatamente posterior a la muerte del emperador y al final de la persecución, es decir, inmediatamente después del año 96.

La intervención de Clemente estamos todavía en el siglo I era solicitada por los graves problemas por los que atravesaba la Iglesia de Corinto: los presbíteros de la comunidad, de hecho, habían sido después por algunos jóvenes contestadores. La penosa situación es recordada, una vez más, por san Ireneo, que escribe: «Bajo Clemente, al surgir un gran choque entre los hermanos de Corinto, la Iglesia de Roma envió a los corintios una carta importantísima para reconciliarles en la paz, renovar su fe y anunciar la tradición, que desde hace poco tiempo ella había recibido de los apóstoles» («Adversus haereses» 3,3,3). Podríamos decir que esta carta constituye un primer ejercicio del Primado romano después de la muerte de san Pedro. La carta de Clemente retoma temas muy sentidos por san Pablo, que había escrito dos grandes cartas a los corintios, en particular, la dialéctica teológica, perennemente actual, entre indicativo de la salvación e imperativo del compromiso moral. Ante todo está el alegre anuncio de la gracia que salva. El Señor nos previene y nos da el perdón, nos da su amor, la gracia de ser cristianos, hermanos y hermanas suyos. Es un anuncio que llena de alegría nuestra vida y que da seguridad a nuestro actuar: el Señor nos previene siempre con su bondad y la bondad es siempre más grande que todos nuestros pecados. Es necesario, sin embargo, que nos comprometamos de manera coherente con el don recibido y que respondamos al anuncio de la salvación con un camino generoso y valiente de conversión. Respecto al modelo de san Pablo, la novedad está en que Clemente da continuidad a la parte doctrinal y a la parte práctica, que conformaban todas las cartas de Pablo, con una «gran oración», que prácticamente concluye la carta.

La oportunidad inmediata de la carta abre al obispo de Roma la posibilidad de exponer ampliamente la identidad de la Iglesia y de su misión. Si en Corinto se han dado abusos, observa Clemente, el motivo hay que buscarlo en la debilitación de la caridad y de otras virtudes cristianas indispensables. Por este motivo, invita a los fieles a la humildad y al amor fraterno, dos virtudes que forman parte verdaderamente del ser en la Iglesia. «Somos una porción santa», exhorta, «hagamos, por tanto, todo lo que exige la santidad» (30, 1). En particular, el obispo de Roma recuerda que el mismo Señor «estableció donde y por quien quiere que los servicios litúrgicos sean realizados para que todo, cumplido santamente y con su beneplácito, sea aceptable a su voluntad… Porque el sumo sacerdote tiene sus peculiares funciones asignadas a él; los levitas tienen encomendados sus propios servicios, mientras que el laico está sometido a los preceptos del laico» (40,1-5: obsérvese que en esta carta de finales del siglo I aparece por primera vez en la literatura cristiana aparece el término «laikós», que significa «miembro del laos », es decir, «del pueblo de Dios»).

De este modo, al referirse a la liturgia del antiguo Israel, Clemente revela su ideal de Iglesia. Ésta es congregada por el «único Espíritu de gracia infundido sobre nosotros», que sopla en los diversos miembros del Cuerpo de Cristo, en el que todos, unidos sin ninguna separación, son «miembros los unos de los otros» (46, 6-7). La neta distinción entre «laico» y la jerarquía no significa para nada una contraposición, sino sólo esta relación orgánica de un cuerpo, de un organismo, con las diferentes funciones. La Iglesia, de hecho, no es un lugar de confusión y de anarquía, donde cada uno puede hacer lo que quiere en todo momento: cada quien en este organismo, con una estructura articulada, ejerce su ministerio según su vocación recibida.

Por lo que se refiere a los jefes de las comunidades, Clemente explicita claramente la doctrina de la sucesión apostólica. Las normas que la regulan se derivan, en última instancia, del mismo Dios. El Padre ha enviado a Jesucristo, quien a su vez ha enviado a los apóstoles. Éstos luego mandaron a los primeros jefes de las comunidades y establecieron que a ellos les sucedieran otros hombres dignos. Por tanto, todo procede «ordenadamente de la voluntad de Dios» (42). Con estas palabras, con estas frases, san Clemente subraya que la Iglesia tiene una estructura sacramental y no una estructura política. La acción de Dios que sale a nuestro encuentro en la liturgia precede a nuestras decisiones e ideas. La Iglesia es sobre todo don de Dios y no una criatura nuestra, y por ello esta estructura sacramental no garantiza sólo el ordenamiento común, sino también la precedencia del don de Dios, del que todos tenemos necesidad.

Finalmente, la «gran oración», confiere una apertura cósmica a los argumentos precedentes. Clemente alaba y da gracias a Dios por su maravillosa providencia de amor, que ha creado el mundo y que sigue salvándolo y santificándolo. Particular importancia asume la invocación para los gobernantes. Después de los textos del Nuevo Testamento, representa la oración más antigua por las instituciones políticas. De este modo, tras la persecución, los cristianos, aunque sabían que continuarían las persecuciones, no dejan de rezar por esas mismas autoridades que les habían condenado injustamente. El motivo es ante todo de carácter cristológico: es necesario rezar por los perseguidores, como lo hizo Jesús en la cruz. Pero esta oración tiene también una enseñanza que orienta, a través de los siglos, la actitud de los cristianos ante la política y el Estado. Al rezar por las autoridades, Clemente reconoce la legitimidad de las instituciones políticas en el orden establecido por Dios; al mismo tiempo, manifiesta la preocupación que las autoridades sean dóciles a Dios y «ejerzan el poder que Dios les ha dado con paz y mansedumbre y piedad» (61,2). César no lo es todo. Emerge otra soberanía, cuyo origen y esencia no son de este mundo, sino «de lo alto»: es la de la Verdad que tiene el derecho ante el Estado de ser escuchada.

De este modo, la carta de Clemente afronta numerosos temas de perenne actualidad. Es aún más significativa, pues representa desde el siglo I la solicitud de la Iglesia de Roma, que preside en la caridad a todas las demás Iglesias. Con el mismo Espíritu, elevemos también nosotros las invocaciones de la «gran oración», allí donde el obispo de Roma asume la voz del mundo entero: «Sí, Señor, haz que resplandezca en nosotros tu rostro con el bien de la paz; protégenos con tu mano poderosa… Nosotros te damos gracias, a través del sumo Sacerdote y guía de nuestras almas, Jesucristo, por medio del cual sea gloria y alabanza a ti, ahora, y de generación en generación, por los siglos de los siglos. Amén» (60-61).

Enlaces de hoy

Eucaristía del jueves 4° semana de Cuaresma

Entrenar la mirada

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Cuando el desconocimiento se convierte en unión

«Cuando-, más allá de todo pensamiento, tiene lugar la unión espiritual entre Dios y el espíritu, entonces se puede decir que, por el sentido espiritual, el espíritu ve totalmente lo sobrenatural que le estaba oculto, y alcanza lo que está por encima de su propia naturaleza».

Los Padres filocálicos afirman con toda contundencia la experiencia de su unión con Dios. Una unión que no es una meta, sino un inicio inacabable, tan interminable como lo es la Esencia de Dios. Pero no por ello la experiencia de esta unión deja de ser plena y total: «Porque la unión amorosa con Dios se eleva y se sitúa por encima de toda unión», dice Máximo el Confesor. Y Calixto el Patriarca, hablando de esa unión, afirma: «En los que la experimentan, el regocijo y las delicias de la gloria son inagotables y, por decirlo así, insoportables en su sobreabundancia». Y añade:

«En esta unidad trinitaria, el espíritu, por bondad de la gracia, celebra en el alma los aguijones del amor de Dios y los misterios de este amor. El espíritu brilla entonces en torno a estos misterios y se hace radiante, radiante de una luz gozosa. El alma sólo vive en el espíritu, y el espíritu dirige hacia Dios el amor del alma, llevándolo, en tanto que le es posible, hacia el `eros’ divino. […] El espíritu se eleva y avanza en torno a este amor […J y se esfuerza sin cesar en dilatarse por la gracia […] y en perfeccionar conscientemente en sí mismo el amor divino. Entonces Dios y el espíritu se convierten maravillosamente en un solo Espíritu: del mismo modo que Dios está espiritualmente presente en el espíritu que le recibe, así también está el espíritu en Dios, que lo penetra»…

Extraído de “Conocimiento espiritual en Filocalía

Eucaristía de hoy desde Valencia, España; en casa natalicia de San Vicente Ferrer

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Eucaristía del Lunes 4° Semana de Cuaresma

23 de Marzo de 2020

Padre José es sacerdote de la Orden de Predicadores y nos asiste desde la casa natalicia de San Vicente Ferrer, en Valencia, España. Es miembro activo de nuestra Fraternidad monástica virtual

Hoy reunión virtual

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Eucaristía de hoy

4° Domingo de Cuaresma

Haz click debajo para ir a la Eucaristía

Primera parteSegunda parte

Desde la Casa natalicia de San Vicente Ferrer, en Valencia, España – Oficiada por el Padre José A. miembro de la Orden de Predicadores y miembro de la Fraternidad Monástica Virtual

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Análisis del mundo moderno

Todas las civilizaciones precedentes han tenido un medio de relacionarse con el más allá de la muerte. La realidad de la muerte ha estado presente en su cultura y han adoptado diferentes ritos o ceremonias que eran la manifestación exterior, a nivel social, de la dimensión espiritual en la concepción de la vida de sus habitantes y de su relación personal con el mas allá.

El hombre moderno, librado al ídolo de la razón y entregado a una concepción de la realidad materialista en la que solo es aceptado lo que puede ser constatado empíricamente, vive bajo el peso del sin sentido existencial en un mundo regido por el caos donde cualquier desgracia le puede suceder en cualquier momento y se ve abocado a llevar una vida que se convierte en una constante huida de la realidad de la muerte y de su angustia vital consecuencia de su interpretación materialista de la realidad…

Haz ckick aquí para leer el texto completo

Homilía del Padre José – 4° Domingo de Cuaresma – Ciclo A .

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Posibilidades de interpretar la figura de San José

Enviado por el Hno Gabriel de Sta. María de la Fraternidad Monástica Virtual

Las posibilidades de interpretar la figura de San José son muy ricas. Es oportuno llamar la atención sobre la manera en que capto este personaje Santa Teresa la Grande, de formadora del Carmelo en el siglo XVI. Antes de Santa Teresa el culto de San José no parece que fuera vivo y estuviera divulgado de modo especial; de todos modos, no lo era tanto como por ejemplo, el de San Juan Bautista y los apóstoles. Santa Teresa fue capaz de percibir en plenitud la singular relación de este personaje con el estilo de vida contemplativa, de la que ella misma fue expresión magnífica.

(…) Desde  el siglo XIX predomina en la Iglesia, tanto en su magisterio como en su liturgia, otro modo de interpretar a San José. No se acentúa tanto el rasgo contemplativo, sino más bien su papel social. En primer lugar San José es la cabeza de la familia de Nazaret, y ya se sabe que la familia es la célula elemental de toda la sociedad, nación, Estado o Iglesia. En segundo lugar al ser su cabeza, trabaja para su sustento y para sostener la familia con el trabajo de sus manos. El Evangelio, en varias ocasiones señala que era artesano, carpintero, y que pertenecía, con su familia, a la clase de hombres pobres. El personaje y la figura de San José Obrero en papo tanto, en los últimos tiempos, a la misma liturgia, que incluso logró desdibujar el culto de la paternidad de San José dentro de la familia Nazaretana, con la consecuencia de su calidad de tutor de Jesús y también de padre de la Iglesia.

San José, que fue durante su vida en la Tierra el tutor de Cristo histórico, tiene que ser ahora necesariamente el tutor del Cristo místico, esto es, de la Santa Iglesia. Este magnífico pensamiento litúrgico, tomado de la antigua fiesta que se celebraba el miércoles de la tercera semana de Pascua de Resurrección (con octava), lleno de profundidad y a la vez de singular sabor litúrgico, ha sido relegado a un segundo plano ante el papel social de San José. Vemos, pues, que la Iglesia está renovando constantemente la lectura de este personaje y que no cesa de hallar en el nueva franquezas que no son conocidas, mejor, no reveladas desde el principio, pues la historia de la humanidad ayuda también a esta comprensión.

En una segunda parte de esta meditación conviene reflexionar sobre el problema del hombre. La persona de San José nos proporciona una oportunidad y materiales singulares. San José es uno de los muchos hombres que aparecen en el Evangelio. Todos están relacionados, de diversa manera, con Cristo el Señor. Unos están de parte de Jesús, otros en contra; pero todos, dibujados concisa y fragmentariamente, tienen en el Evangelio plena vitalidad, no son comparsas sino actores del drama evangélico. En esto, entre otras razones, está la perfección del Evangelio como obra literaria.

Entre los que están de parte de Jesús descuellan particularmente los Apóstoles, a quienes vemos formando grupo, dentro del cual se distinguen algunas personalidades. Los  Apóstoles tienen en el Evangelio un determinado y claro destino: han sido llamados a la misión socio-religiosa de establecer y organizar la Iglesia, continuando así la obra de Jesús. Por razón de esta vocación apostólica, encontramos entre ellos y Juan el Bautista cierta semejanza, este como predecesor de Cristo, realiza un papel apostólico – social religioso también, aunque en otro plano distinto del de los Apóstoles. Este grupo de personas ligadas muy de cerca la persona de Cristo, nos permite en cierto modo ver y apreciar el papel del hombre en el Evangelio y en el Reino de Dios, en la Iglesia.

 (…) En todo caso y considerando el problema del hombre en el Evangelio – e indirectamente en la Iglesia, en el Reino de Dios en la tierra – a través de las personas de los Apóstoles y de San Juan el Bautista, podemos deducir que tuvieran los rasgos que hemos señalado arriba. La persona de San José cierra este cuadro. El  caso es significativo. Ella es un personaje único, que, confrontado con los anteriores, les aventaja en proporciones muy notables. El Evangelio destaca con decisión los rasgos masculinos y la función también masculina de José, esposo de la Virgen María y padre de su Hijo. Él es el defensor, y antes que nada el tutor de la persona de Cristo. Está cualidad de tutor, de padre, nos parece, no sólo la primera si lo más fundamental que toda la actividad exterior social y organizativa de que venimos hablando. El Evangelio nos sugiere esta jerarquía. El problema se nos muestra en dos vertientes al menos: una la de los Apóstoles y Juan el Bautista y otra la personalidad de San José.

Conjuntando ambas vertientes obtenemos la total personalidad (plenitud) del hombre. El  hombre debe ser no solamente social organizador propagador y defensor de una idea sino además padre y tutor de todo esto de otra forma no realiza en sí mismo está total plenitud moral de su personalidad masculina.

La personalidad de San José tiene un peso específico muy considerable en el Evangelio, y el tipo de hombre que configura su persona, en sí, nos señala, no solamente la disposición natural de las fuerzas y relaciones reinantes en la vida humana, sino también esa otra disposición de fuerzas y relaciones dominantes en el Reino de Dios en la tierra, en la Iglesia. La Iglesia, en su configuración externa, es la organización, la sociedad transparentemente organizada; pero en su interior es la familia de Dios, gracias a su comunidad de cines y a su vida sobrenatural. Por lo mismo, toda su actividad externa, socialmente organizada por el hombre dentro de la Iglesia, debe estar impregnada del espíritu de paternidad o tutela. En  caso contrario esa actividad, a pesar del posible esplendor externo, se realizaría dentro de un vacío interior. Atendiendonos, pues, al problema del hombre en su totalidad y en el Evangelio, deberíamos pensar igualmente en cierta paternidad de los Apóstoles y en cierto apostolado en San José. En consecuencia puede decirse que, en la Iglesia se es apóstol, cuando se es a la vez tutor y padre. Solamente entonces se cumple en pleno sentido de la palabra la misión en el Reino de Dios en la tierra.

(…) Es indudable que la persona de San José, meditada la luz del amplio contexto evangélico, puede conducirnos ciertamente a una confrontación con la vida actual. Antiguamente se puso el acento en sus relaciones con las almas contemplativas. Pero también contiene los rasgos que le hacen modelo del hombre contemporáneo aprisionado por sus tareas y obligaciones.

Extracto  artículo semanario de Cracovia el día 20 de marzo de 1960 por el entonces obispo auxiliar, Karol Wojtyla .

Del libro de Francisco Canals Vidal San José patriarca del pueblo de Dios. Balmes. Barcelona, 1994 página 278 y siguientes

Homilía del Padre José para el Día de San José

Link a Vídeo “El Hacedor de estrellas” en El Santo Nombre

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El Santo Nombre

“La Oración de Jesús, iniciación a la práctica” – Audios –

Comunidad de oración – Respuesta al Covid-19

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La persona más feliz del mundo

Una mañana de verano del año 2004 me encontraba en casa preparándome para ir al trabajo. Mi “mujer” bajó al salón en donde yo me encontraba desayunando un café. Se sentó a mi lado y me dijo con cierto control emocional, como quien sabe perfectamente lo que hace y dice:

– “Sergio, no soy feliz, me voy a casa de mis padres.”

Me pilló por sorpresa, al principio pensé que quería ir a casa de sus padres simplemente ese día para desahogarse, luego comprendí que era para no volver. Yo contesté nervioso, pues me encontraba casi saliendo por la puerta:

– “Espera a que vuelva del trabajo y lo hablamos tranquilamente, seguro que hay una solución a nuestro problema.”

Me fui a trabajar y a la vuelta, por la tarde de ese mismo día, ya no estaba en casa. Nunca volvió.

Envié flores, fui a casa de sus padres, la llamaba casi todos los días, hice de todo de manera desesperada hasta que comprendí que se acabó.

Ahora mismo recuerdo con claridad ese instante: “Sergio, no soy feliz.”

Como para mí el matrimonio es importante y visto mi fracaso tras apenas año y dos meses, empecé un proceso de nulidad que culminó con la constatación civil y eclesiástica de que no había habido tal.

Ahora estoy casado con una mujer que me soporta mucho y me ama más; con cuatro hijos que no dejan de mantenerme ocupado.

¿Puedo decir que estoy felizmente casado? Depende del día.

¿Qué nos hace felices e infelices?

El gran Sócrates en uno de sus diálogos “El Gorgias” plantea la siguiente pregunta a sus discípulos:

– ¿Quién es el hombre más feliz del mundo?

Uno de sus discípulos sorprendido contesta:

– Hombre, Sócrates, esa pregunta es fácil, ¿cómo nos la haces de una manera tan simple? El hombre más feliz el mundo es el tirano.

Sócrates queda a su vez pasmado:

– “Vaya, amigo, así que el tirano, y ¿qué te hace responder que el tirano es el hombre más feliz del mundo?”

– Fácil, muy fácil, porque hace lo que quiere.

En este momento Sócrates parece no creer lo que oye, y se da cuenta de que todo el mundo admitiría esa afirmación, pero con su gran profundidad de análisis y con gran sutileza en las palabras, contesta:

– Cierto, hace lo que quiere, pero no hace lo que desea.

Este es el gran giro maestro del filósofo.

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La homilía del Padre José – 2° Domingo de Cuaresma

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De qué forma el espíritu penetra en el corazón

Os diré ahora… como debéis guardar vuestro espíritu, es decir, el acto (energía) de vuestro espíritu y vuestro corazón. Sabéis que todo acto mantiene una relación natural con la esencia y la potencia que lo ejercita y que (una vez ejecutado) retorna naturalmente hacia ella para unírsele y reposar. Por eso una vez que se ha liberado el acto del espíritu – que tiene por órgano al cerebro – de todos los objetos exteriores del mundo por medio de la guardia sobre los sentidos y la imaginación, deberéis llevar nuevamente este acto (energía) a su esencia y a su potencia propia. En otros términos llevaréis el espíritu al centro del corazón -que es, como hemos dicho, el órgano de la esencia y de la potencia del espíritu- y contemplaréis entonces, mentalmente, al hombre interior en su integridad. Esta conversión del espíritu, los principiantes acostumbran practicarla, según la enseñanza de los santos Padres «sobrios», inclinando la cabeza y apoyando el mentón sobre el pecho. Que el retorno del espíritu al corazón esté exento de desviaciones.

Dionisio el Areopagita, en su pasaje sobre los tres movimientos del alma, llama, a esta conversión, el movimiento circular y sin desviación del espíritu. Del mismo modo en que la periferia del circulo vuelve sobre ella misma y se une a ella misma, así el espíritu, en esta conversión, vuelve sobre si mismo y se hace uno. Por eso Dionisio, el más excelente de los teólogos, ha dicho: «El movimiento circular del alma, consiste en su entraña en ella misma por el desprendimiento de los objetos exteriores y en la unificación de sus potencias intelectuales, la que le es conferida por su ausencia de desviación, como en un circulo» (Noms divins, cap. 4). Por su lado, el gran Basilio nos dice: «El espíritu que no está disperso entre los objetos exteriores ni extendido sobre el mundo por los sentidos, vuelve hacia si mismo y sube por si mismo hacia el pensamiento de Dios» (Carta 1).

El espíritu, una vez en el corazón, no se detenga solamente en la contemplación, sin hacer nada más. Allí encontrará la razón, el verbo interior gracias al cual razonamos y componemos obras, juzgamos, examinamos y leemos libros íntegros en silencio, sin que nuestra boca profiera una palabra. Que vuestro espíritu, entonces, habiendo encontrado el verbo interior, sólo le permita pronunciar la corta oración llamada monológica: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, tened piedad de mí».

Pero esto no basta. Debéis, además, poner en movimiento la potencia volitiva de vuestra alma, en otros términos, decir esta oración con toda vuestra voluntad, con toda vuestra potencia, con todo vuestro amor. Más claramente, que vuestro verbo interior aplique su atención, tanto con su vista mental como con su oído mental, a esas únicas palabras, y mejor aún, al sentido de las palabras. Así, permaneciendo sin imágenes ni figuras, sin imaginar ni pensar ninguna otra cosa, sensible o intelectual, exterior o interior, se producirá algo bueno. Pues Dios está más allá de todo lo sensible y lo inteligible. Por lo tanto, el espíritu que quiere unirse a Dios por la oración debe salir también de lo sensible y de lo inteligible y trascenderlo para obtener la unión divina.

De allí, las palabras del divino Nilo (Evagrio): «En la oración, no te figures la divinidad, no dejes a tu espíritu sufrir la impronta de una forma cualquiera, permanece en cambio, inmaterial ante el Inmaterial, y tú comprenderás» (Acerca de la oración, 56). Que vuestra voluntad se aplique enteramente, por el amor, a las palabras de la oración, de ese modo vuestro espíritu, vuestro verbo interior y vuestra voluntad, esas tres partes del alma, serán uno y la unidad comprenderá a los tres. De este modo el hombre, que es la imagen de la santa Trinidad, adhiere y se une a su prototipo. Según la expresión de ese gran héroe y doctor de la oración y de la sobriedad mental, Gregorio Palamas de Tesalónica: «Cuando la unidad del espíritu se hace trinitaria permaneciendo una, entonces se une a la mónada trina de la divinidad, cerrando toda salida a la desviación, manteniéndose por encima de la carne, del mundo y del príncipe del mundo» (Acerca de la oración, 2).

De Nicodemo el Hagiorita en Filocalía

Links recomendados hoy:

Tres formas de afrontar una crisis

Excelente selección de textos

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Ven y ayuda mi poca fe.

Aleja la duda de tu alma, y nunca temas dirigir a Dios tu plegaria, diciéndote: «¿Cómo podría yo orar, cómo podría yo ser escuchado, después de haber ofendido tanto a Dios?» No razones de esta manera; sino vuélvete al Señor con todo tu corazón, y órale con plena confianza. Conocerás entonces toda la extensión de su misericordia; verás que, lejos de abandonarte, colmará los deseos de tu corazón. Porque Dios no es como los hombres que se acuerdan del mal; en él no hay ningún resentimiento, sino una tierna compasión hacia sus criaturas. Purifica, pues, tu corazón de todas las vanidades del mundo, del mal y del pecado…, y ora al Señor. Lo alcanzarás todo…, si haces tu oración con total confianza.

Texto enviado por Hno. Gabriel de Sta. María

El Pastor Hermas (siglo II)

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Comentario a la película “Ostrov”

La película rusa OCTROB (La isla) es una obra maestra del arte cinematográfico. De temática religiosa, es un film que provoca la oración. De difícil acceso, su interpretación hay que hacerla también en clave orante y hasta, quizás, es menester sumergirse en su ethos místico para lograr descifrarla acabadamente.
La trama permanecerá apenas oculta a lo largo de todo el roadaje. Mas, aunque su argumento pueda aparecer claro hacia el final -la théosis de un hombre en apariencia loco, o más preciso “bromista”- esto no significa que el mensaje central de la obra podamos asirlo y empaquetarlo, como si se tratase exactamente de una película más. De hecho, a medida que uno más veces la contempla, más y nuevas noticias se descubren. No interesa saber quién es su director y cuál haya sido la inspiración del mismo al escribir su magnífico guión para animarse el simple aficionado al buen cine a sacar sus conclusiones, o al menos intentar explicar el sentido del mismo. Sea como fuere, dado que he mirado dicha película ya varias veces, me arriesgaré a compartir algunas intuiciones.

La obra rusa en cuestión es un ascenso místico. Una redención del tenor de obras como la de aquellos otros inmensos rusos de la literatura -Dostoievsky y Tolstoi- que gustan de patentizar en sus escritos. En necesario prestar suma atención a todos los detalles del film, aunque nos parezcan algunos tal vez demasiado nimios o insignificantes. Hay que verla con “muchos ojos” y atesorar todo lo que va aconteciendo desde el principio hasta el fin. Puesto que todo en la película significa algo, señala algo, sugiere algo. Desde la música, pasando por los colores y las tomas de los paisajes, hasta las acciones de todos sus personajes y los trascendentes diálogos entre ellos. Todo es elocuente, aún las pausas de silencio, y nada se puede echar por tierra por mera distracción.


Pero volviendo a la primera idea, este ascenso comienza a desvelarse en la primera imagen del relato: la caldera de fuego ardiendo. El protagonista -Anatoly- no es más que un pobre muchacho, enfermizo y raro, cuya labor es ser carbonero. Sí, en esta primera escena se ve el estado de su vida -en el fondo, de su propia alma : el infierno. Miserable como es en donde se encuentra, muy pronto se lo verá lloriqueando en una actitud cobarde y deplorable, traicionando a su supuesto amigo y capitán -Thikon Petrovich-, para finalmente darle un tiro de puro miedoso y vil; y todavía más, regocijarse luego como un lunático de semejante crimen hecho a su camarada y a su patria. Así se muestra a las claras como un ser desgraciado que se merece lo peor; tanto que la explosión ulterior del barco repleto de carbón donde Anatoly había quedado sólo y con vida, vendría a ponerle un justo fin a ese mozalbete canalla y chillón.

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Texto enviado por el Hermano Pablo Rafael, miembro activo de la Fraternidad Monástica Virtual, de Mendoza en Argentina.

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A propósito de la gracia y el esfuerzo

De un Angelus de 2012

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de hoy nos propone dos breves parábolas de Jesús: la de la semilla que crece por sí misma y la del grano de mostaza (cf. Mc 4, 26-34). A través de imágenes tomadas del mundo de la agricultura, el Señor presenta el misterio de la Palabra y del reino de Dios, e indica las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso.

En la primera parábola la atención se centra en el dinamismo de la siembra: la semilla que se echa en la tierra, tanto si el agricultor duerme como si está despierto, brota y crece por sí misma. El hombre siembra con la confianza de que su trabajo no será infructuoso. Lo que sostiene al agricultor en su trabajo diario es precisamente la confianza en la fuerza de la semilla y en la bondad de la tierra. Esta parábola se refiere al misterio de la creación y de la redención, de la obra fecunda de Dios en la historia. Él es el Señor del Reino; el hombre es su humilde colaborador, que contempla y se alegra de la acción creadora divina y espera pacientemente sus frutos.

La cosecha final nos hace pensar en la intervención conclusiva de Dios al final de los tiempos, cuando él realizará plenamente su reino. Ahora es el tiempo de la siembra, y el Señor asegura su crecimiento. Todo cristiano, por tanto, sabe bien que debe hacer todo lo que esté a su alcance, pero que el resultado final depende de Dios: esta convicción lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles. A este propósito escribe san Ignacio de Loyola: «Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios» (cf. Pedro de Ribadeneira, Vida de san Ignacio de Loyola).

La segunda parábola utiliza también la imagen de la siembra. Aquí, sin embargo, se trata de una semilla específica, el grano de mostaza, considerada la más pequeña de todas las semillas. Pero, a pesar de su pequeñez, está llena de vida, y al partirse nace un brote capaz de romper el terreno, de salir a la luz del sol y de crecer hasta llegar a ser «más alta que las demás hortalizas» (cf. Mc 4, 32): la debilidad es la fuerza de la semilla, el partirse es su potencia. Así es el reino de Dios: una realidad humanamente pequeña, compuesta por los pobres de corazón, por los que no confían sólo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios, por quienes no son importantes a los ojos del mundo; y, sin embargo, precisamente a través de ellos irrumpe la fuerza de Cristo y transforma aquello que es aparentemente insignificante.

La imagen de la semilla es particularmente querida por Jesús, ya que expresa bien el misterio del reino de Dios. En las dos parábolas de hoy ese misterio representa un «crecimiento» y un «contraste»: el crecimiento que se realiza gracias al dinamismo presente en la semilla misma y el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce.

El mensaje es claro: el reino de Dios, aunque requiere nuestra colaboración, es ante todo don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si se suma a la de Dios no teme obstáculos, porque la victoria del Señor es segura. Es el milagro del amor de Dios, que hace germinar y crecer todas las semillas de bien diseminadas en la tierra. Y la experiencia de este milagro de amor nos hace ser optimistas, a pesar de las dificultades, los sufrimientos y el mal con que nos encontramos. La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios. Que la Virgen María, que acogió como «tierra buena» la semilla de la Palabra divina, fortalezca en nosotros esta fe y esta esperanza.

Extraído de: Angelus del 17 de junio del 2012

Posts que aportan contexto:

El astronauta, el aviador y el peregrino

El apremio y el temor

La comunión con Cristo es libertad

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La inhabitación

Conferencia del Padre José M. Iraburu

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La gratitud camino a la felicidad

Muy estimadas/os en Cristo Jesús. Iniciando el nuevo recorrido de nuestro Blog “Hesiquía”, destinado ahora exclusivamente a difundir carismas, matices y sitios webs de espiritualidad cristiana, os agregamos este vídeo sobre el Hermano David, que nos parece muy instructivo y útil para aspectos relevantes de la espiritualidad. Por favor comentad lo que os parezca adecuado, aún sino coincidís con aspectos de lo dicho en el vídeo o efectuad consultas si son necesarias. Agradecemos a la hermana María del Carmen que nos ha hecho conocer este enlace. Un saludo fraterno, invocando a Jesús.

Aquí el día 23 de los Ejercicios espirituales en “El Santo Nombre”

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Lista de 21 días de ejercicios espirituales

Estimadas/os en Cristo Jesús. Algunos lectores nos comentan que dejaron de recibir los correos con las nuevas publicaciones. Eso se debe a que es necesario suscribirse en el nuevo sitio elsantonombre.org Allí, pueden suscribirse para recibir los correos con las publicaciones. No tiene costo alguno. Solo deben ir a la barra lateral derecha cuando entran en alguna publicación y allí aparece el formulario. De todos modos les dejamos aquí los 21 días transcurridos hasta ahora. Un saludo fraterno invocando a Jesús.

Día 1 – La gratitud

Día 2 – La gracia que irrumpe

Día 3 – El Saludo interior

Día 4 – En pos de la verdad

Día 5 – No amo a Dios

Día 6 – Hesiquía y compunción

Día 7 – El altar de la acción

Día 8 – La preocupación

Día 9 – El lugar del corazón

Día 10 – El rastro del amor

Día 11 – Repaso y elección

Día 12 – Orar sin cesar

Día 13 – La gracia y el esfuerzo

Día 14 – La santa indiferencia

Día 15 – La queja

Día 16 – En todo tiempo y lugar

Día 17 y 18 – Un cambio real

Día 19 – La motivación

Día 20 – Respiración y pensamientos

Día 21 – Película y respuestas

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2° vídeo presentación Curso de Filocalía

Lectura de párrafos sobre La vanagloria de Casiano, El Romano

Muy estimadas/os en Cristo Jesús, a partir de hoy este blog y elsantonombre.org realizarán publicaciones diferentes. Sin embargo tendréis en la barra lateral derecha los posteos que se vayan produciendo en aquél. Aquí iremos poco a poco, agregando diferentes carismas, apostolados, vídeos y sitios web, que nos parezcan útiles para el desarrollo espiritual.

Sin costo alguno publicaremos luego de revisión, lo que os interese publicar o un proyecto para difundir etc.

Un saludo fraterno, invocando El Santo Nombre de Jesús.

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Ejercicios espirituales – Día 16

En todo tiempo y lugar

Enlace a un blog sobre la Oración de Jesús

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Ejercicios espirituales – Día 15

La queja

Columna del Arzobispo de Los Ángeles sobre La Oración de Jesús

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Ejercicios espirituales – Día 14

La santa indiferencia

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Ejercicios espirituales – día 13

La gracia y el esfuerzo

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Ejercicios espirituales – Día 12

Orad sin cesar

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Ejercicios espirituales – Día 11 –

Repaso y elección

Estimados lectores, no olviden suscribirse por correo electrónico o por WordPress al nuevo sitio elsantonombre.org ya que pronto dejaremos de reproducir aquí lo que allá se publique. Este blog se dedicará exclusivamente a la difusión de carismas monásticos diversos y de páginas de espiritualidad cristiana. No olvidéis recomendar páginas que os parezcan de interés o de enviar notas sobre el carisma que os orienta en el camino al Padre.

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Ejercicios espirituales – Día 10

El rastro del amor

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Ejercicios espirituales – Día 9

El lugar del corazón

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Ejercicios espirituales – Día 8

La preocupación

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Ejercicios espirituales – Día 7

El altar de la acción

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Ejercicios espirituales – Día 6

Hesiquía y compunción

Info curso de Filocalía

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Ejercicios espirituales – Día 5 –

No amo a Dios

Fiesta de la Epifanía

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Ejercicios espirituales – Día 4 –

En pos de la verdad

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Ejercicios espirituales – Día 3 –

El Saludo interior

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Ejercicios espirituales – Día 2 –

La gracia que irrumpe

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30 días con El Peregrino Ruso y La Oración de Jesús

Ejercicios espirituales

Día 1 – La gratitud

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Percepción de la Presencia

Post del 1° de Enero en elsantonombre.org

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Feliz 2020 en Cristo Jesús

Estimadas hermanas y hermanos en Cristo Jesús, ya hay nuevo post en elsantonombre.org

Recuerden suscribirse por mail o por wordpress al nuevo sitio para recibir directamente en vuestro correo o lector de wordpress.com las novedades.

Si quieres difundir un carisma o blog de espiritualidad cristiana y quieres darlo a conocer a nuestros lectores, envíanos el enlace a nuestro correo : bloghesiquia@gmail.com

Elevamos oraciones para que en este nuevo año profundicemos la oración que nos lleve directo al corazón, donde vive Jesús en la ermita secreta del alma. Un abrazo fraterno para todas/os, invocando el Santo Nombre de Jesús.

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El Santo Nombre

Estimados hermanos/as en el Nombre de Jesús:

A partir del 2 de enero, os brindaremos los

30 días de Ejercicios Espirituales de El Peregrino Ruso

Unos pocos minutos cada día bastarán para acercarnos a la profundidad del corazón, la ermita secreta del alma humana

Será de mucha utilidad, antes de comenzar el ejercicio espiritual sobre la oración de Jesús, definir con claridad la frase que utilizaremos cuando hagamos oración.

Sabemos de lo completa e indicada que es la frase usada tradicionalmente, pero también conocemos los beneficios que resultan de orar expresando aquella necesidad de nuestro momento vital.

Lo único imprescindible en nuestra jaculatoria será la inclusión del Nombre de Jesucristo. (San Juan 14, 13 -14) (San Juan 16, 23 – 24) Nuestra oración habrá de contener aquello que necesitamos conforme a la voluntad de Dios.  

Habrá quien pida misericordia, fuerzas, fe profunda, la gracia del Espíritu, la paz del corazón… otros el don del silencio; la conformidad con lo que vendrá, la gracia de la caridad fraterna…

Es importante que la frase elegida resuene en nuestro corazón entrañablemente. Al concebirla debe conmovernos, debe manifestar lo que como hijos nos sentimos movidos a orar.

Por supuesto que quién esté asentado en la oración de Jesús y habituado a una frase determinada no tendrá porque plantearse algún cambio. 

Actualizamos esta iniciativa a pedido de algunos participantes del retiro de 3 días que realizamos en diciembre. Cada día se responderán las consultas efectuadas en los comentarios de cada post.

Queridos hermanos/as, que El Nombre de Jesús nos acompañe en la intimidad del corazón en este año que se inicia y nos muestre el lugar invulnerable del alma donde habita la plenitud de la gracia.

Recomendamos hoy:

Homilía del Padre José

Extraños en un mundo extraño

Dichosa Ventura

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Curso sobre Filocalía

Estimadas/os en el amor a Jesucristo:

Mientras seguimos construyendo el nuevo sitio adaptados a las reuniones en línea, cursos y demás os dejamos aquí el enlace al primer vídeo de hermana Lourdes sobre el Curso acerca de La Filocalía, para que vayáis teniendo información sobre ello.

También si queréis difundir un carisma, una iniciativa apostólica o simplemente una página que os parezca adecuada en temática y espiritualidad, no dudéis en enviarnos los datos y enlaces para postear aquí o poner en la sección de sitios recomendados que estamos creando en el nuevo blog. No lleva cargo alguno.

En breve publicaremos el Ejercicio para iniciar el año que se está terminando de redactar. Un gran saludo fraterno para todos, invocando sin cesar el Santo Nombre del Señor Jesús.

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Navidad 2019

Estimados/as lectores de Hesiquía blog:

Que en la Natividad de nuestro Señor Jesucristo, alumbre en el corazón de todos un fuerte deseo de unión con Dios. Que la gracia nos inflame en la firme decisión de orar sin cesar y de vivir conforme a la enseñanza evangélica, en espíritu y en verdad.

Os dejamos un enlace al texto “Los sentidos espirituales” en la nueva página. Invocamos el Nombre de Jesús para que el ejercicio del amor sea nuestro comportamiento natural.

Navidad 2019

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La navidad del corazón

Muy estimadas/os en el amor a Jesucristo.

Nos encontramos preparando el nuevo sitio web, elsantonombre.org, que agrupará todos los posts publicados en Hesiquía blog y en otros blogs subsidiarios. Tratamos de reunir en un solo punto todo lo publicado para mejor ordenamiento del contenido y para facilitar en esta nueva plataforma la posibilidad de cursos en línea, reuniones virtuales y la creación de una comunidad de lectores con mayor participación. En ese sentido, lanzaremos en pocos días un curso sobre Filocalía de dos años de duración.

Os dejamos aquí, un texto ya publicado en 2009 en este blog, que ahora difundimos desde el sitio en construcción para que vayáis conociéndolo.

Un saludo fraterno invocando el Santo Nombre de Jesús.

Nativitas cordis

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La búsqueda hacia lo Alto

 Esta es la respuesta de uno de los hermanos de Hesiquía blog para la hermana Sole, sobre un comentario que ésta nos hizo llegar:

«Suelo orar con frecuencia repitiendo el nombre de Jesús, o la expresión: “Señor Jesús, ten misericordia de mí” A veces me sorprendo haciéndolo distraída y monótonamente. Intento volver a la Presencia pero me ronda el temor de hacer de esta oración un rito mágico y querer conseguir con ella una paz o una serenidad que tienen que ver más con el bienestar personal que con la gratuidad o el amor sincero. Tengo el peligro de mirarme más a mí que a Él. ¿Cómo salir de mí misma?».

«Querida hermana, le saludo invocando a Jesucristo. Gracias por su comentario que nos brinda la oportunidad de comentar sobre la oración de Jesús y algunas particularidades. 

Lo que usted describe parece ser la experiencia a la que todos llegamos cuando hacemos alguna introspección. Descubrimos lo que ocurre en nuestra mente, advertimos posibles motivaciones, nos encontramos con aquello que siempre busca saciedad y beneficio.

La presencia de eso, que suele llamarse “ego”, detrás de nuestras actividades es algo propio de la existencia humana y su condición actual. Usted dice: “Intento volver a la Presencia pero me ronda el temor de hacer de esta oración un rito mágico y querer conseguir con ella una paz o una serenidad que tienen que ver más con el bienestar personal que con la gratuidad o el amor sincero”

Pues bien, difícilmente encontremos actos propios que sean desinteresados, gratuitos y propios del amor sincero. Por lo general, todo lo que hacemos va mezclado de nuestros propios intereses, incluso aquellos que se dirían más abnegados. Forma parte de nuestra estructura humana actual, esto de buscar para nosotros un bienestar, sea que lo persigamos a través de una apetitosa comida, del reconocimiento social, de la construcción de una casa para vivir o incluso de la oración y la devoción hacia Dios.

En la oración, acto de entrega y confianza, conviene dejar estas y otras cosas en manos de Jesús, de Aquél a quién se invoca. De otro modo, nuestra misma inquietud por la perfección en la oración, podría desviar nuestra mirada del objeto de nuestra invocación. La oración misma irá depurando nuestra mente y a sus motivaciones inherentes. 

En nuestra experiencia, la oración de Jesús hecha con unción, brinda paz y serenidad al alma, ayuda a situarse en una confiada entrega. Nuestras oraciones forman parte de la búsqueda y del anhelo del encuentro con Dios, incluso cuando la hacemos distraídamente. A pesar de que a veces busquemos una solución “mágica” para nuestras desventuras. Nuestra oración siempre será imperfecta, casi siempre nos miraremos más a nosotros que a Él, el portador de la Presencia.

Sin embargo, el valor de la oración no radica en las cualidades de quién la ejecuta, sino en Aquél a quién ésta invoca. Aun cuando con frecuencia nos encontremos mirándonos solo a nosotros mismos, aun cuando no podamos olvidarnos de nosotros para sumergirnos en Dios, el acto mismo de tender hacia Él, basta. Esa imperfecta búsqueda hacia lo Alto, ese deseo de amar más y mejor, son ya una forma de oración».

@ Texto propio del blog

Estimados lectores del blog, cualquier donación que podáis hacer, por pequeña que sea, será de gran ayuda para el sostenimiento de quienes hacemos la página de Hesiquía. Muchas gracias desde ya.

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Ese llamado profundo

Fragmentos:

Un momento importante de la vida espiritual acontece, cuando se asume que nada exterior puede darnos la felicidad o la paz que buscamos, sino solo Dios. Y precisamente ese Dios que buscamos viene a mostrarse dentro.

La respuesta a los temores, el origen de la alegría sin necesidad de un objeto determinado, el fundamento de las acciones futuras… todo se encuentra ahora en el propio corazón, en el interior más íntimo de lo que somos.

Antes de que esto ocurra, hay un ir y venir incesante en pos de esto o de aquello; un ansia a veces por algo indefinible, un no saber porque se ha enraizado el desasosiego. Esto genera sufrimiento y suele ser posteriormente la fuente de nuestra ira, de nuestra falta de caridad, tendemos a tornarnos hoscos, demasiado serios o críticos en exceso.

Mucha gente cuando escucha hablar de que “el Reino de Dios está dentro de nosotros o junto a nosotros” (Lucas 17, 21) o de que en la respuesta a los acontecimientos ha de priorizarse “lo interior”, tiende a desechar sin mayor análisis lo que allí se dice.

Se imagina que lo aconsejado es permanecer en cierta quietud meditativa o en una pasividad ante la vida que se les antoja insoportable. Nada de eso. Nos referimos a una paz interior que sin embargo permite la actividad, dentro del campo de la propia vocación, con fluidez y eficacia. ¿Cómo es esto posible?

Sin duda requiere de una fe firme, basada en experiencia personal de la acción de Dios en la propia vida. Lo anterior deriva en un sentimiento de presencia, de un estarse junto a Él, que es lo que brinda convicción, fuerza en la acción y tranquilidad en el alma.

Es importante atender a esto de -la propia vocación- porque de otro modo, ejerciendo alguna actividad a la que no hemos sido llamados, se dificulta en extremo el situarse en ese sitio interior que es pacífico y donde se encuentra la claridad.

Es que hemos sido creados, cada uno, de cierta manera y no de otra. Y este modo en que hemos sido formados tiene su impronta, su tendencia, su correcta forma de desenvolverse. La vocación, ese llamado profundo e intransferible, puede ser escuchado más tarde o más temprano, pero estaba ya con nosotros desde nuestro mismo origen. (Jer 1,5)

Y es respondiendo a esa llamada de Dios como se hace posible el bienestar interior y el ordenamiento para bien de la vida exterior. En cierto sentido ese llamado hace a lo más íntimo del ser, nos constituye. Nos hacemos plenamente hijos cuando escuchando la voz de nuestro Padre, le seguimos.

En una ocasión me presentaba yo a un examen y estaba en un bar repasando lo más dificultoso. Se me acerca un hombre muy amable, al que vi surgir detrás de otra mesa. Era un lustrador de zapatos. Tenía sus enseres muy pulcros en las manos y un delantal sobre el cual hacía su trabajo. Me ofrece lustre, le dije que sí, impulsado más por su actitud que por necesidad de brillo.

Conversamos muy amablemente, hizo su tarea a la perfección y con evidente gusto. Al retirarse, me dijo: “yo soy el lustrador de aquí, le doy mi tarjeta por cualquier cosa que necesite” y así nos despedimos.

Lo miré alejarse contento consigo, en paz con todo, me dije: Un hombre que hace lo suyo en su trabajo y que seguramente responde de igual modo con su familia y en las otras áreas de su vida. Alguien que ha encontrado “su molde”. Me sirve siempre su recuerdo, caigo yo entonces en la cuenta, de que más allá de la índole de la actividad que me toque en suerte en un momento preciso, la calidad con que la realice es la vocación superior.

Porque la vocación es aquello que nos ha sido preparado, aquel camino de ser y hacer que nos acerca a Dios. Es preciso encontrar ese camino y seguirlo sin vacilación. Allí alumbra el sentido, el significado de los hechos sucedidos, la claridad para lo por venir.

Un factor muy importante para encontrar la paz del corazón es el seguimiento de la propia vocación. Otro aspecto decisivo, es darnos cuenta de  que la voz de Dios se ha ido manifestando en nuestras vidas, permanentemente, mediante los sucesos que no hemos deseado.  

El Señor nos estuvo hablando a través de los fracasos y de las expectativas no cumplidas.

Porque cuando uno no sigue su propio llamado, fracasa de continuo…

Continúa…

Texto propio del blog

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Si pierdo la oración

Me sucede con cierta frecuencia que pierdo la intensidad y la frecuencia en la práctica de la oración de Jesús. ¿Qué puedo hacer?

Puede hacerse algo interior y algo exterior.

En lo interno, conviene preguntarse… ¿en dónde estoy  poniendo la fe en lugar de ponerla en Dios? Porque ocurre que suele coincidir la pérdida de la intensidad y frecuencia en la oración, con un deslizarse nuestras expectativas hacia lo de afuera, hacia lo externo, depositando en alguna cosa, persona o situación la fe.

Es una especie de creencia o de afirmación mental que sostiene que nuestro bienestar y felicidad vendrán, si aquello o esto, ocurre en nuestra vida. No es nada extraño, es lo que acontece con la sociedad en su conjunto. Un estar buscando en la vida de los sentidos físicos lo que falta en los sentidos espirituales.

Es una reflexión que conviene hacer un momento. Es preciso recordarse que la solución a las carencias surge por una apertura de los sentidos espirituales a la percepción de la divina presencia y no por una creciente satisfacción de los apetitos.

La palabra “recordar” que significa vuelta al corazón a la vez que volver a unir es muy significante. Todos tenemos experiencias de un estado de particular unión con aquello que anhelamos en lo profundo. Recordarlas para volvernos a fundar cuando estamos “salidos de nosotros mismos” es importante. Cimentarnos allí.

En cuanto a lo exterior, si se ha perdido un poco el hábito de la práctica o si cuesta retomarlo, sugiero empezar caminando. Darse una larga caminata, un paseo bueno y tranquilo repitiendo la oración mientras se respira distendido, a fin de reconectar con el sentido y el gusto por la oración de Jesús.

Eso suele bastar si previamente se ha reflexionado en el sentido indicado.

Texto propio del blog

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Reemplazar un hábito por otro

Estimadas/os hermanas/os en el amor a Jesucristo.

Estamos de retiro en torno a la oración de Jesús, utilizando para ello la espiritualidad de los “Relatos de un peregrino ruso” y la sabiduría que podemos extraer de entre sus líneas. Les dejamos hoy aquí un enlace al día 9 de unos ejercicios que realizáramos a fines de 2012 con otra modalidad sobre el tema. Cualquier lector puede ir a la pestaña superior y hacer individualmente los ejercicios, día tras día, según lo indicado.

Aquí abajo el enlace. Un saludo fraterno para todas/os invocando sin cesar el Santo Nombre del Señor Jesús.

Reemplazar un hábito por otro

Aquí los ejercicios de 2012 completos

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Dulce comunión constante

Estimadas/os en Cristo Jesús.

Os dejamos aquí un texto que se está usando como parte de la preparación al retiro del Peregrino ruso. Más allá de la espiritualidad de cada uno (con mayor o menor tendencia a la oración de Jesús), puede resultar de utilidad en algún aspecto.

Aquí uno de los textos preparatorios al retiro.


El peregrino ruso camina y reza. Ocasionalmente busca orientación. Con quién sea que se encuentre habla de lo mismo: de la salvación, de la oración, de la soledad y del silencio buscando a Dios.
El peregrino, dedica su vida a encontrar a Jesús en el corazón. Como resultado de esta entrega absoluta, comienza a vivir las gracias celestiales desde esta misma tierra, en esta misma vida.
Pero claro, el peregrino lo había perdido todo. Habiendo perdido todo, entregó lo que quedaba (él mismo) consagrándose a la oración de Jesús.

Nuestra dificultad para llegar a vivir el gozo de la gracia en el corazón, salta a la vista. Creemos que tenemos, de algún modo, nos parece ser poseedores de algo. (Bienes, afectos, decisiones, proyectos, el cuerpo, la mente, etc.) Estas “posesiones” que configuran nuestros deseos y voluntades, se transforman en pensamientos y divagaciones constantes, que son aquello que se interpone entre nosotros y la oración ininterrumpida.
Cuando todos los deseos se unifican en el deseo de Dios, (cuando se busca el Reino de Dios) lo demás se acomoda según la gracia y la vida se hace simple, pacífica y resulta atravesada por una serena alegría, que no se altera por el vaivén constante de las circunstancias.

Es el gozo de los hijos de Dios, que viven en un mundo transfigurado por el Espíritu Santo. Es el mismo mundo de todos, solo que ellos ven a Dios en todo y en todas sus criaturas.

Bueno, de eso trata la vida del peregrino ruso, a eso lleva la oración de Jesús cuando se hace hábito en la mente y llega a penetrar el corazón. Los pensamientos se hacen escasos y funcionales. La alegría sin objeto se hace frecuente y una paz activa es el trasfondo desde el cual se cumplen los deberes y situaciones.
Lo que intentaremos estos días, será tomar contacto con esta forma de oración, (en realidad es un modo de vivir) ya que, si llega a gustarse el toque amoroso de la oración en el corazón, esa vivencia por si sola facilita luego el regreso a la ermita interior.

La gracia fluye todo el tiempo, como decía el apóstol, “En Él somos, vivimos y existimos” (Hechos, 17, 28;) son los pensamientos quienes nublan la percepción de la divina Presencia. La oración de Jesús es la herramienta para silenciar la mente; la loca de la casa en dichos de Santa Teresa.
A diferencia de la recitación de un mantra cualquiera, el Nombre de Jesús penetra las fibras íntimas de nuestro ser y opera una tranformación integral de lo que somos. Cambia nuestra mirada, nuestros hábitos y nuestro modo de relacionarnos con los demás. Si a la repetición del Nombre de Jesús se le aúna el sentimiento de amor a Dios o de necesidad extrema de su ayuda, la oración poco a poco desciende al corazón. Esto quiere decir que encarna en nosotros y deja de ser un esfuerzo para convertirse en una dulce comunión constante.
Veremos si con la ayuda de Dios, podemos acercarnos a esta experiencia durante estos días.

Un saludo fraterno a todas/os invocando el Santo Nombre del Señor Jesús.

Aquí la invitación de una hermana enviada al blog: Paz y bien. Estoy formando una comunidad contemplativa y misionera. Con el nombre: Misioneras capuchinas mensajeras de amor. Si sientes que Dios te llama a la vida religiosa, no dudes en ponerte en contacto conmigo. El carisma de la comunidad naciente, es ser mensajeras de amor y portadoras de la buena nueva a todos los rincones del mundo; sobretodo a los pobres, los vulnerables etc. Para conocer más sobre la comunidad, escríbeme a srinma@outlook.com.
La edad máxima 50 años. Si estás en España, ánimo y dejarte seducir por Él.
Dios os bendiga.

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El combate espiritual (Audio) y aviso

Carta 7 del libro “La oración de Jesús”

Hermanas y hermanos en Cristo Jesús: Algunos lectores que quieren participar del retiro del pereegrino ruso, pero que tienen dificultad para usar paypal, pueden avisar a nuestro mail, para que les demos los datos bancarios y de ese modo realizar transferencia o depósito.

Un saludo fraterno invocando el Santo Nombre de Jesucristo.

bloghesiquia@gmail.com

Whatsapp 54-351-3095309

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