El Amor de Dios

De intercambios por mail con el Padre espiritual

Padre, ¿el amor de Dios está en toda persona?

El amor de Dios está en todos nosotros, en cada persona, animal y objeto de la Creación. La Creación misma es fruto del amor y se sostiene gracias a esto.

Sin el amor de Dios todo dejaría de existir. Te diría que el amor de Dios es a la Creación entera, como el aire al cuerpo, imprescindible.

Lo que sí varía es la manifestación visible para nosotros de ese amor de Dios presente en todos. Solemos percibirlo con facilidad en los niños o en personas que son fieles a este amor (gracia) como los santos o gentes buenas. Habrás visto que tendemos a ir hacia aquellas personas con esta presencia. Cuando nos encontramos con ellos, quisiéramos permanecer siempre junto; esto es porque el amor de Dios irradia con fuerza a través de ellos.

Existe en cada uno un enorme potencial para amar. Cuando dejamos que el amor de Dios fluya sin resistencias a través de nuestra vida, de nuestros actos, este pareciera crecer sin límites. De allí las vidas extraordinarias de muchos santos, que llegan incluso a obrar milagros, fruto del amor que en ellos habitaba sin ataduras. Ataduras como el ego, el temor, la pretensión de controlar la propia vida sin considerar la voluntad divina, etc..

“¿Cómo valorar, apreciar más la misericordia del Padre y del Hijo? ​ ¿Tiene que ver este aprecio con la Gracia que recibe una persona? ¿Se pueden recibir diferentes tipos de Gracia?”

Aprender a valorar lo que recibimos en esta vida es un excelente modo de vivir en el contento de los hijos de Dios. ¿Has visto como en ocasiones, espontáneamente y ante una buena sensación o situación, nos nace un agradecimiento? Repetir y hacer frecuentes estos actos interiores de silencioso gozo y agradecimiento ayuda a valorar más los dones que El Señor nos da.

Al ser la valoración, un acto inicialmente de tipo mental, no viene nada mal compararse con otras situaciones que uno observa y que son muy dolorosas. Cuando vemos un mendigo, además de dar limosna si nos es posible, conviene darse cuenta de cuan misericordioso ha sido Dios con nosotros que nos ha dado casa, familia, pan, etc.

Al sentir y ver a nuestro cuerpo operativo y capaz de cosas prácticas, en cierta salud, debemos agradecer y no dar por sentado este beneficio. Habrás escuchado que se dice: “no se valora lo que se tiene hasta que se pierde”.

Sí puede valorarse antes de perder o sin haber perdido. Para ello se necesita reflexionar con frecuencia acerca de los dones recibidos y mirar cuanto más misericordioso ha sido Dios con nosotros que con otros.

Todo acto bueno tiene que ver con la gracia. Ni siquiera podemos pensar o nombrar a Jesús si no fuera por la presencia del Espíritu de Dios en nosotros. Hay diferentes dones que vienen junto con la gracia divina y esto depende un poco de la particular idiosincracia de la persona y con el plan de Dios para esa vida particular.

Diría que la gracia es una sola y que se manifiesta de distinta manera según la persona. Estos talentos o dones también se generan o manifiestan al ritmo de la relación personal de ese hijo con Dios.

Texto propio del blog

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La relación personal con el Señor

De intercambios por mail con el Padre espiritual

La Presencia de la que usted tanto nos ha hablado ¿es una relación personal con el Señor? ¿Como mejorarla e incentivarla?

La relación personal con El Señor es lo que permite un acercamiento primero y una percepción, después, de la Sagrada Presencia.

Cuando con frecuencia invocamos a Jesús, cuando lo buscamos en los diversos acontecimientos que nos van sucediendo y cuando finalmente, de tanto elevar nuestro pensamiento hacia Su voluntad, nos abandonamos a Él, su gracia se nos hace evidente. Percibir la Presencia de Dios se hace cuestión cotidiana.

En realidad, Dios está presente de continuo en nuestras vidas.

Pero Su presencia es suave, fresca y no invasiva. Por ello, al atender a otras cosas −deseos de cosas en el mundo o al identificarnos con los pensamientos− nos pasa desapercibida.

Hemos acostumbrado nuestros sentidos a los placeres y deleites varios, a los objetos, a la figura de las personas, a la curiosidad sin freno. Es como si nuestra percepción estuviera anestesiada, obnubilada para advertir lo que es claro y transparente.

Nos guía la pesadez, como personas y sociedad.

Para fortalecer nuestra relación personal con Jesús, basta tenerlo de continua referencia. Tomarlo como criterio en todas las decisiones posibles. Consultarle ante la duda, pedirle gracia en la flaqueza, agradecerle cada bendición que se presenta en nuestra vida, nos acerca cada vez más.

No hay mejor manera que la que empleaba el Hermano Lorenzo −según recordarás del pequeño librito−, que le hablaba a todas horas. Dialogaba con Jesús desde la mañana a la noche. Lo incluía en su mundo mental incluso en las cosas y decisiones que pueden parecer triviales.

Hay algo de paradoja en esto de la relación personal. Ya que nos acercamos a Dios, como la polilla a la llama, para finalmente fundirnos en Él. Es decir, que uno entabla una relación con El Señor sabiendo que lo que busca es el abandono en Él, lo que implica la humildad o resignación del yo personal.

Pero esa etapa última de la vida espiritual no nos compete por ahora, solo acrecentar y fortalecer esa relación íntima con Jesús. Al despertarse, consagrar el día a Él y pasarlo en Su compañía.

Este acompañamiento al principio puede parecer solo un deseo o pensamiento, un “hacer como” si Jesús estuviera a mi lado. Pero poco a poco esto deja de ser una imagen mental o una representación para hacerse Presencia viva donde, de modo verdaderamente personal, Dios se manifiesta a nosotros y en nosotros.

Hay que tener paciencia y sobre todo orar lo más frecuentemente posible. Y también, buscarlo en cada cosa. Ante un hecho cualquiera que requiera nuestra atención, buscar suavemente, mientras se actúa, como si fuera de reojo, la presencia de Jesús.

Esto es muy personal −la forma en que El Señor se manifiesta a cada quién−. En mi caso, suele conectarme con esa Presencia la manifestación de la belleza en la naturaleza, en los ciclos de la jornada, en los pájaros, en las tonalidades de luz que entran por la ventana, en el silencio, en la escucha de mis propios pasos, en la contemplación del icono. Y, por supuesto, en la Eucaristía y en la capilla cuando puedo orar en medio de ella.

Y así de modos innumerables en cada persona.

Muchas veces la presencia de Jesús se me hace evidente por movimientos del alma. Si esta se había endurecido o agriado, de pronto viene la dulzura y la paz, y uno siente que El Señor lo calma y acompaña. A veces los pensamientos se oscurecen y, como desde dentro de esa negrura, surge la luz y la claridad. Como verás, esto es muy personal y subjetivo.

Ante la ansiedad, el temor, la confusión, etc., uno debe preguntarse: ¿Qué me diría Jesús si acudiera para darme consejo o ayuda? Y atender a la respuesta que no será pensada sino inmediata, espontánea. Sólo hay que estar vigilante para escuchar esta suave pero certera respuesta.

Las más de las veces nuestro ego no querrá escuchar, no le gustará la respuesta. Allí pedir la fuerza para seguir adelante con la acción justa, con el hacer correcto y cristiano.

Paciencia y perseverancia, saber que El Señor está, sólo que no he aprendido a percibirlo en cada momento en lo cotidiano. En esto, como en todas las cosas, hace falta algo de tiempo.

Texto propio del blog

“La Práctica de la Presencia de Dios”

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