El Monacato Primitivo

Pero la vida monástica en el desierto es demasiado dura para que resulte soportable a hombres a quienes no guían sino móviles terrenos. Lo que realmente explica este éxito es el misticismo ardiente, el gusto por la ascesis, el modo heroico de soportar el sufrimiento que distinguían el carácter copto. Y sobre todo la fe que reinaba soberanamente en aquellas almas simples, la piedad que impregnaba todas sus acciones, el sentimiento vivísimo de que Dios, omnipotente y bondadoso, se hallaba cerca, muy cerca de ellos.

Toda su vida estaba dominada por una visión que podríamos llamar natural del mundo sobrenatural. «Cristo, María, los profetas, los santos están tan próximos, son tan familiares, que no puede sorprender que los monjes se los encuentren regularmente, y les puedan preguntar con toda confianza si les parece bien que uno vaya a Chiut o que se lleve Anup al hospital»
.
Resulta natural que en un pueblo cristiano de tales características floreciera exuberante la vida religiosa. El monacato fue en Egipto no sólo un fruto de la sabia y helenista Alejandría, sino del sencillo y ardiente pueblo copto. Fueron estas gentes rústicas, sin educación, las creadoras de las formas monásticas más probadas, los que proporcionaron a la Iglesia el paraíso de los monjes que fue Egipto a lo largo de los siglos iv y v.

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Enlaces de hoy:

Dichosa Ventura

Absoluta impotencia

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Avisos de amigos

Hermanas y hermanos, como sabéis, nuestros blogs están abiertos a la difusión de carismas, eventos y novedades en torno a la espiritualidad cristiana y contemplativa e iniciativas afines. No dudéis en enviar lo que os apetezca compartir, aportar o promover. Un abrazo fraterno invocando el Santo Nombre de Jesús.

Visita aquí la comunidad Horeb

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El árbol de la vida

Como se indicó en la entrada Arquetipo e imagen, la realidad terrenal está llena de reminiscencias o imágenes de realidades espirituales de donde toman su realidad y donde se fundamentan.

Una de estas imágenes es el árbol. El árbol es imagen del reino de los cielos, de Cristo. ¿En que consiste este reino de los cielos? El reino de los cielos es Cristo. Vivir en Cristo es ser con su ser y vivir con su vida. Solo hay una vida, la suya. Solo Él es. Cuando nos unimos a Él, fuente y fundamento de todo, somos uno con todo, todo es uno y todo es Él. Esta es la muerte de la muerte, que Cristo sea todo en todo y esto es sentarnos en su Santo trono, Ser en su Ser y vivir en su vida; que nuestro ser sea el suyo y nuestra vida sea la suya.

Sigue leyendo el artículo en “Cristianismo Espiritual”

Pedido de un hermano amigo:

Hola, soy Roberto, de Argentina, con más de 50 y algo más de equilibrio psico-físico. Continúo la búsqueda espiritual detrás de Cristo, comenzada hace mucho… pasé por varias experiencias, ya sea laborales, afectivas, monásticas y la semi-eremítica que siempre sentí propia y es, en general, de gran dificultad para ser entendida socialmente. La mayor parte de lo vivido me ayudó a crecer en todo sentido y estoy muy agradecido, pero como aún no se da en estos momentos algo más concreto, quisiera ir conectando con gente, (no necesariamente eclesial) para cuidar casas u otra actividad que se realice cerca de la naturaleza, ámbito tan necesario para esta forma de espiritualidad. ¡Gracias invocando a Jesús! robmilenium33@gmail.com

Entrevista a Mario sobre Filocalía y temas del blog

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Diádoco de Fótice

Hermanas y hermanos en Cristo Jesús:

En el contexto del curso de Filocalía, dedicaremos el mes de noviembre a Talasio Líbico y Africano (la primera clase) y a Diádoco de Fótice el resto del mes. Aquí os dejamos el PDf con el texto de este último por si lo queréis ir revisando y os motiva a participar del curso, que se puede seguir por autor, ya que las clases no son correlativas.

Recuerda que si puedes realizar un donativo, por pequeño que sea, nos resulta muy útil para dedicar más tiempo a esta labor. Igual, también os podemos ayudar a realizar vuestro propio blog, a mantenerlo o enseñaros el manejo de la plataforma WordPress.

Aquí puedes donar a Lourdes en la Fraternidad Monástica Virtual

Aquí puedes donar a Mario en El Santo Nombre

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Elías, El Presbítero (Écdico)

Texto extraído de Filocalía

La figura histórica de Jesús

Comunidad Chemin Neuf

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Las cuatro centurias de Talasio

Talasio Líbico y Africano PDF (De Filocalía)

Hermanas/os en Cristo Jesús: Podéis sumaros al curso de Filocalía en cualquier momento del año ya que se lleva adelante a través de vídeos semanales no correlativos sino abordando escritos de diferentes monjes. Aquí tenéis el texto que da la tónica del curso. Si bien sugerimos un aporte económico mensual por la participación, no queremos que una situación económica complicada pueda impediros el acceso a la enseñanza de estos monjes. Podéis comunicaros por privada en torno a este tema o ante cualquier duda o consulta. Un saludo fraterno invocando el Santo Nombre de Jesús.

Aquí las meditaciones diarias en la Fraternidad monástica virtual

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Pedro Damasceno

Texto escaneado del tomo III de Filocalía (Editorial Lumen – 2013 – Argentina)

Hermanas/os, participen de la encuesa en la Fraternidad Monástica Virtual aquí

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Desde la ermita interior

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Queridas/os hermanas/os en Cristo Jesús: Aquí les dejamos un listado actualizados de los textos propios del blog “El Santo Nombre” hasta agosto de 2019. Pronto listaremos los más recientes. Cualquier error que podáis descubrir haced el favor de avisarnos para seguir corrigiendo y actualizando. Un saludo fraterno, invocando el Santo Nombre del Señor Jesús.

  1. ¿Cómo se pide?
  2. Abandonar el temor
  3. Acerca de lo real
  4. Acerca del pensamiento
  5. Afán de perfección
  6. Algo sobre la acedia
  7. Algunos aspectos técnicos
  8. Aptitud para la vida interior
  9. Ascesis
  10. Ascética espiritual I
  11. Aspectos varios
  12. Buscando coherencia
  13. Celebración
  14. Compromisos
  15. Concentrar
  16. Confianza en Dios
  17. Consulta sobre la frase de la oración
  18. Criterios de acción I
  19. Cultivo
  20. Decisión del corazón
  21. Depresión
  22. Devoción
  23. Dos corrientes
  24. El bien triunfa
  25. El lugar de oración
  26. El mejor esfuerzo
  27. El mejor regalo
  28. El tamiz de la oración
  29. En torno a la meditación y el silencio
  30. Entrenar la mirada
  31. Escalando el alma
  32. Esfuerzo gustoso
  33. Establecerse en el corazón
  34. Estados internos
  35. Estarse en la acción
  36. Fe y perdón
  37. Formas de oración
  38. Fortalece tu espíritu
  39. Hesiquía y compunción
  40. Iconografía
  41. Íntima alegría
  42. Juntando hierbas
  43. La actitud del caminante
  44. La inteligencia en el corazón
  45. La meditación silenciosa
  46. La meditación silenciosa (extracto)
  47. La pertenencia del corazón
  48. La tiranía del cuerpo
  49. La vía del Nombre
  50. La voluntad de Dios
  51. La ansiedad
  52. La llave
  53. La mansedumbre
  54. La mente vagabunda
  55. La proporción necesaria
  56. Liturgia personal
  57. Lo mejor que puedas
  58. Lo que Dios nos envía
  59. Lo que es importante
  60. Lo primero
  61. Mayor conciencia
  62. Meditación y silencio II
  63. No hay prisa
  64. No resistirse
  65. Obstáculos
  66. Oración de quietud
  67. Oración en la acción
  68. Persiste
  69. Piedad
  70. Preocupación
  71. Primeras instrucciones
  72. Primeros frutos
  73. Recomenzar
  74. Reconocimiento
  75. Repentina alegría
  76. Riesgos
  77. Según tus actos
  78. Si pierdo la oración
  79. Sobre la Fe
  80. Sobre la perspectiva necesaria
  81. Sobre lecturas y esencia de la práctica
  82. Sobre un retiro solitario
  83. Sobre apostolado
  84. Tácticas
  85. Uno lleva la mirada
  86. Vigilancia
  87. Vivir en la confianza
  88. ¿Qué es la atención?
  89. Acerca del Sentido
  90. Afirmar a Cristo
  91. Alfarería
  92. Amerimnia
  93. Amor consumado
  94. Aproximación a una regla de vida
  95. Atención y latido
  96. Ayuno y oración
  97. Ayuno, soberbia y conversión
  98. Camino a la experiencia
  99. Comentario a la Regla para eremitas I
  100. Regla para eremitas II
  101. Confusión
  102. Consagrarse
  103. Contemplación y redención
  104. Cuestiones del camino
  105. Cuestión de escalas
  106. De la acción y el sentimiento
  107. De la duda y la evidencia
  108. De la existencia de Dios y la belleza
  109. De la muerte del deseo
  110. De la regla de vida
  111. Descansa en el ser
  112. Diálogos en el locutorio
  113. Dirección definitiva
  114. Dirección espiritual
  115. Donde sopla la brisa
  116. Ego y ascesis
  117. Ego
  118. El desaliento
  119. El temor y la presencia
  120. El primer monje
  121. El sermón del nuevo abad
  122. En la raíz del apremio esta el temor
  123. En línea con Su voluntad
  124. Entre la fe y la razón
  125. Entrenamiento espiritual – 1º parte
  126. Entrenamiento espiritual -2º parte
  127. Entrenamiento espiritual – 3° parte
  128. Entrevista a un eremita 1° parte
  129. Entrevista a un eremita 2° parte
  130. Equilibrio
  131. Eremitas
  132. Ese llamado profundo
  133. Estación de tránsito
  134. Experiencia de Dios
  135. Fuerza de Dios
  136. Fundamentos de la jornada
  137. Gracia y libertad
  138. Guardia nocturna
  139. Hacia la ermita
  140. Hesicasmo Católico
  141. Iconografía interior
  142. Indicios de lo sagrado
  143. Influencias
  144. Inquietud
  145. Interpretación y tendencias
  146. Interrogantes
  147. Intruso en la familia
  148. Camino a la oración continua
  149. La cualidad de lo eterno
  150. La desdicha
  151. La fuga
  152. La herramienta del instante
  153. La oración continua y la Iglesia
  154. La respuesta que doy
  155. La verdad del corazón
  156. La Virgen y el silencio interior
  157. Las tres pasiones
  158. Llegada de los primeros monjes
  159. Lo divino y lo malo
  160. Los ojos de María
  161. Los primeros días
  162. Los primeros días II
  163. Memorias del desierto
  164. Mística del encuentro
  165. Momento en el taller
  166. Nada que temer
  167. Nativitas cordis
  168. Necesidad del Espíritu Santo
  169. No juzgarás
  170. No resistencia
  171. Nueva ortodoxia
  172. Opiniones
  173. Oración de quietud
  174. Orar siempre
  175. Orgullo y humildad
  176. Pax
  177. Pequeñas comunidades
  178. Perfección
  179. Perseverar
  180. Perspectiva
  181. Piedad
  182. Premisas de fraternidad
  183. Purificarse
  184. Reverencia
  185. Sagrada presencia
  186. Sin asideros
  187. Sobre la aceptación
  188. Sobre la depresión
  189. Trapenses
  190. Tres aspectos de la ascesis
  191. Una forma de vencer
  192. Un fuego que devora
  193. Una particular ascesis
  194. Una particular ascesis II
  195. Uno con lo sagrado
  196. Unos pocos fundamentos
  197. Vía cordis
  198. Vidas consagradas
  199. Vivir centrado en Dios
  200. Vocación
  201. La inquietud interna
  202. Sobre el pecado y la ira
  203. La fe y el contento
  204. Consagración de la jornada
  205. El incienso de nuestros actos amorosos
  206. Fortalecimiento del espíritu
  207. Cuando pronunciamos Su Nombre
  208. La búsqueda hacia lo Alto
  209. Los problemas a la luz de la fe
  210. El filtro de la mirada personal
  211. La fluidez de la inspiración del Espíritu
  212. Para dialogar con Dios
  213. Un hacer para gloria de Dios
  214. Preparación para el silencio
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El don del liderazgo cristiano

Estimados hermanos y hermanas, en Cristo Jesús:

Os invitamos a un nuevo curso muy actual por los tiempos en los que vivimos. Tratará de profundizar en el don espiritual del liderazgo cristiano. El cristiano es Discípulo Misionero y si toma en serio esa misión debe influir en las personas que tiene alrededor y que se nos han encomendado para llevarlas a Jesucristo. Esto es liderar, cada uno desde su posición, pero atreviéndose a influir en los demás y en la sociedad.

Ser líder es un imperativo actual para el cristiano. Debemos llevar el Reino de Dios a la sociedad en la que vivimos, para ello tenemos un legado y una Historia de Salvación impresionante en la que profundizar y de la que aprender. Los Santos Padres lideraron espiritualmente en el Imperio Romano este cambio de mentalidad y de Cultura hasta que se llegó a la Cristiandad en todo el mundo conocido antes del primer milenio.

Mirad la presentación del curso:

Y la primera clase:

Descarga el programa completo, https://eldondelliderazgocristiano.org/sumario-del-curso/ y atrévete a la aventura de liderar tu familia, tu comunidad, tu parroquia, tu congregación, para la Gloria de Dios y apúntate al curso. Despertemos del letargo del bienestar y hagamos un apostolado acorde con los tiempos duros que nos ha tocado vivir.

Sergio Cardona Patau

Aquí el blog sobre Liderazgo cristiano

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Cristianismo espiritual

Hermanas/os: les dejamos aquí el listado completo de publicaciones del blog amigo: “Cristianismo Espiritual” el cual, sin duda, recomendamos.

1- Exposición de la Fe Cristiana

2- De la era actual, el nihilismo y Jesucristo

3- De los Nombres De Dios

4- De los Nombres De Dios. Versión resumida

5- Del símbolo y de la importancia de lo exterior.

6- Del Cuerpo Místico De Cristo

7- El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo

8- Arquetipo e imagen

9- El pecado

10- El Sufrimiento

11- La Consagración

12- La Gran Señal en el Cielo

13- Análisis del mundo moderno

14- El Principio. Génesis 1:1-5 y Juan 1:1-5.

15- Identidad, seguridades y aceptación de nosotros mismos

16- La Canción de las canciones

17- La Ley, La Gracia y El Espíritu Santo

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La montaña de los siete círculos

De Tomás Merton

Empezaba a desear dedicar mi vida a Dios, a Su servicio. La idea era todavía vaga y oscura y demasiado poco práctica en el sentido de que ya soñaba con la unión mística cuando ni siquiera conservaba los más elementales rudimentos de la ley moral. Pero, sin embargo, estaba convencido de la realidad de la meta y confiado en que podría realizarse; cualquier elemento de presunción que hubiera en esta confianza estoy seguro de que Dios la disculpaba, en Su misericordia, a causa de mi simplicidad y desamparo y porque realmente empezaba a estar dispuesto a hacer lo que pensaba que Él quería que hiciese para llevarme a Él.

Creo que si hay una verdad en el mundo que la gente necesita aprender, especialmente hoy, es ésta: el entendimiento es sólo teóricamente independiente del deseo y del apetito en la práctica ordinaria real. Es constantemente cegado y pervertido por los fines y objetos de la pasión, y la prueba que nos ofrece con tanta muestra de imparcialidad y objetividad está preñada de interés y propaganda. Hemos llegado a ser
maravillosos en la alucinación propia; tanto más, porque nos hemos dado a la preocupación de convencernos a nosotros mismos de nuestra infalibilidad absoluta.

Hermanas y hermanos, aquí os dejamos el texto completo, de este excelente libro de Tomas Merton. (PDF)

Misterio

Vivir en lo sagrado

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Amor y misericordia

Esta inclusión de la misericordia en el amor corresponde al centro joánico del pensamiento de Balthasar, que domina su teología desde el tiempo de lo que él llama “el encuentro de Basilea”, es decir, el encuentro con Adrienne von Speyr, que le trajo una relación viva con el Apóstol Juan y una renovada relación con Ignacio de Loyola. Todo esto orientó definitivamente su perspectiva teológica, según su propio testimonio:

Mi camino puede ser un paradigma de aquello que la gracia puede superar como resistencias, sin que la naturaleza preste una contribución adecuada… Luego fui alcanzado por la gracia, en Wyhlen; yo dije ciertamente sí, en un fuego de inspiración espiritual, en una hora absolutamente sobrenatural, donde la más clara evidencia se juntaba con la alegría de que las cosas “irían adelante” sin que yo supiera cómo podrían “ir”. Pero se necesitaron todavía años, propiamente hasta 1940, hasta que toda resistencia fue quebrantada de tal manera que yo me quise prestar, como sin voluntad, a este plan de Dios…

Escribí Apocalipsis del alma alemana [1937-1939] con ese encarnizamiento que se proponía, enérgicamente y a cualquier precio, derribar un mundo desde sus fundamentos. Se ha necesitado realmente la intervención de Basilea [el encuentro con Adrienne von Speyr], y ante todo la bondad de Juan, que todo lo desata, para que en mí, la rabia de la voluntad fuera llevada a la indiferencia real». «El amor ilimitado que en estos años he adquirido hacia Ignacio… Es amor puro y agradecimiento el que me deje llevar de la mano de él “como el bastón en la mano de un anciano”.

Aquí el texto completo:

Amor y misericordia de Dios
en la óptica teológica de Hans Urs von Balthasar

Hermanas y hermanos: Aquí os dejamos en libre acceso la 25° clase de Filocalía y la 8° de Fenomenología, para ver si os interesa. En ese caso escribe al +54-351-3095309 para anotaros en el curso y acordar la modalidad de participación


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Los falsificadores de Dios

La pequeña comunidad española de misioneros claretianos en París selló sus labios durante 80 años y guardó un secreto que ayudó a salvar la vida de 155 personas durante la ocupación nazi de Francia entre 1940 y 1944. Ubicada en la estrecha calle de la Pompe, número 51 bis, a media hora a pie de la Torre Eiffel, la iglesia de la Misión Católica Española atesora en un minúsculo armario centenares de partidas de bautismo falsas que cuatro sacerdotes de la orden escribieron y firmaron para evitar que el Gobierno de Vichy arrestase a decenas de familias judías.

Impregnados con un intenso olor a polvo y abandono, esos tomos son una prueba de cómo Gilberto Valtierra, Joaquín Aller, Emilio Martín e Ignacio Turrillas pusieron en peligro sus vidas tras acoger a esas personas y facilitar que, con esos nuevos documentos, pudiesen huir del país o garantizarles cierta protección ante las frecuentes deportaciones a campos de concentración y exterminio. Ocho décadas después, el secreto de los falsificadores de Dios rompe las cadenas del silencio y ve por fin la luz.

Lee el artículo completo en el diario “El País”

Claretianos de París y web de la congregación

Quienes somos los Claretianos

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Vivir la presencia de Dios

Links de hoy:

Hermanas/os: A propósito del vídeo “Sobre las emociones” que Sergio Cardona nos enviara como colaboración al curso de Fenomenología os adjuntamos ejercicios y esquemas:

¿Quién soy y como conocerme mejor?

Las emociones

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Textos de Máximo, El Confesor

Centurias sobre la caridad y otros textos (PDF)

Sobre Máximo en Web “Primeros cristianos”

Listado de clases de Filocalía

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Sobre las emociones

Una colaboración para el curso de Fenomenología de Sergio Cardona

Dos ejercicios sugeridos en el vídeo

¿Quién soy y cómo conocerme mejor?

Las emociones

Aquí información sobre el curso de Fenomenología

Itinerario espiritual del Apóstol Santiago

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Las prácticas de la oración monástica

Origen, evolución y tensiones (Haz click para el PDF)

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Pedro Damasceno escaneado del tomo III de Filocalía

Aquí un extracto de la 5° Clase de Fenomenología

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La búsqueda de la verdad – Edith Stein

“Dios es la verdad. Quien busca la verdad, busca a Dios, sea de ello consciente o no”.

Artículo extraído de “Pontificia Universidad Católica de Chile”

La crisis de confianza por la que atraviesa la Iglesia en la actualidad debido a las graves faltas de muchos de sus miembros, así como la explosiva demanda universal de reivindicación de la dignidad y los derechos de la mujer, invitan a poner la atención en ejemplos señeros de una fe sólida y abnegada al servicio de hombres y mujeres, capaces de un compromiso fiel, lúcido y valiente, que puede llegar incluso hasta el sacrificio supremo por las causas más nobles, tanto desde el punto de vista humano como divino. Uno de los modelos más notables en este sentido es el de Edith Stein o Sor Teresa Benedicta de la Cruz, nombre que adoptó al ingresar al Carmelo.

Formación filosófica y primeros escritos fenomenológicos

Edith Stein nace en el seno de una familia judía el 12 de octubre de 1891, en la entonces ciudad alemana de Breslau, capital de Silesia, que después de la Segunda Guerra Mundial pasaría a pertenecer a Polonia. Su nacimiento coincide con la conmemoración del Yom Kipur, día de la expiación, el perdón y el arrepentimiento sincero. Fue la menor de 11 hijos de un comerciante en maderas que murió antes de que ella cumpliera los dos años, por lo que su madre se encargó de dirigir el comercio y educar esmeradamente a sus hijos, de los cuales Edith fue la preferida, entre otros motivos, por la significación religiosa del día en que nació.

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Edith Stein

En 1911, Edith ingresa a la Universidad de Breslau y comienza a estudiar germanística, historia y psicología. A lo largo de toda su vida conservó el interés por esas materias, mostrando especial predilección por los poetas y dramaturgos Friedrich Schiller, y Johann Wolfgang Goethe. Pero la lectura de las Investigaciones lógicas de Edmund Husserl, el fundador de la escuela fenomenológica, despierta su vocación por la filosofía, por lo cual se traslada en 1913 a la Universidad de Gotinga con Husserl, y llega a ser miembro del círculo que reúne, en torno al maestro, a filósofos como Max Scheler, Adolf Reinach, Hans Lipps y el polaco Roman Ingarden. La fenomenología busca contrarrestar las corrientes naturalistas e historicistas imperantes hacia el fin del siglo XIX y el comienzo del siglo XX, proponiendo un método basado en una nueva concepción epistemológica (no psicológica) de la conciencia como ámbito exclusivo y esencial para la fundamentación de todo saber con pretensión de cientificidad. En 1916 Edith sigue a Husserl a Friburgo de Brisgovia, donde se desempeña como su asistente tras obtener el doctorado summa cum laude con una tesis «Sobre el problema de la empatía».

La empatía es una forma peculiar de acceso a las vivencias ajenas, es decir, a lo que ocurre en la subjetividad del otro, que constituye para Edith Stein una condición necesaria para conocer la unidad de la persona, tanto en el otro como en sí mismo, puesto que para conocerme necesito poder percibir también cómo otros me perciben a mí. Por la empatía, un yo se percata de que el otro está viviendo una experiencia determinada, como una alegría o una pena. Sin embargo, por ser ajena, no vive la experiencia del otro de modo originario, sino que la vive de manera no-originaria. En su tesis, Edith Stein distingue tres momentos o grados de realización de la empatía. El primero es la aparición de la vivencia, por ejemplo, la tristeza que se lee, por así decir, en la cara del otro. La conciencia percibe el fenómeno desde fuera, como un objeto. El segundo momento es la inmersión en la subjetividad ajena, al punto de ver allí la vivencia del otro como vivencia propia, con lo que se pierde momentáneamente la distinción entre el otro y el yo. El tercer momento es una vuelta al propio yo en el que se recupera la primera distancia, pero impregnada de la inmanencia ajena. [1]

Siguiendo a su maestro Husserl, Stein sostiene que la vida de la persona se caracteriza por no depender únicamente de relaciones de causa y efecto, como las que se dan propiamente en los fenómenos de la naturaleza, pues es vida espiritual, la cual no se rige por la causalidad, sino por una legalidad esencialmente distinta, que corresponde a la motivación. La motivación se refiere a conexiones de sentido que se viven de manera originaria en la conciencia propia o por empatía en relación con otros sujetos de actos personales: “La motivación es la legalidad de la vida espiritual, el entramado de vivencias de los sujetos espirituales es una totalidad de sentido vivenciada (originariamente o a la manera de la empatía) y como tal comprensible.” [2]

En el otoño de 1918 decide dejar de ser asistente de Husserl, pues comprueba que su deseo de obtener la habilitación para ejercer docencia libre no es posible para una mujer en esos tiempos, independientemente de sus méritos académicos, como se desprende de un informe que redacta el propio Husserl: “Si la carrera académica estuviera abierta para las damas, ella sería, desde luego, la persona recomendada en primer lugar y más calurosamente para las oposiciones a cátedra.” [3]

Entre 1918 y 1921, Edith Stein desarrolló por cuenta propia sus ideas sobre el psiquismo humano, conectándolas con investigaciones sobre la vida comunitaria en dos textos reunidos bajo el título común Contribuciones a la fundamentación filosófica de la psicología y de las ciencias del espíritu publicado el año 1922 en el volumen V del Anuario de filosofía e investigación fenomenológica fundado por Edmund Husserl. A estos estudios se sumó la Investigación sobre el Estado, que, si bien fue finalizada en 1921, se publicó recién en 1925 en el volumen VII del mismo anuario filosófico. Estos textos revelan la sensibilidad de la futura santa por los problemas sociales y políticos de su tiempo, sobre los que reflexiona con pasión y a la vez con el máximo rigor filosófico del que es capaz.

Compromiso social y conversión al cristianismo

edith stein 1Siendo adolescente, en 1906, Edith vive una crisis existencial. La asaltan grandes dudas sobre la fe en la que había sido educada y comienza a tomar conciencia sobre las discriminaciones que sufre la mujer. Decide dejar de rezar y, habiendo terminado el primer ciclo de enseñanza secundaria, pide dejar la escuela y viaja a casa de su hermana Elsa, que vivía con su marido y tres hijos en Hamburgo, para acompañarla y ayudarla en los quehaceres domésticos. Regresa al hogar en 1907 cuando se entera de la grave enfermedad de un sobrino, que después murió. Entonces reemprende sus estudios con un profesor privado y en marzo de 1911 aprueba el examen extraordinario que le permite ingresar a la universidad. Ese mismo año participa en diversos grupos estudiantiles y sociales, entre los cuales destaca la “Asociación Prusiana por el Voto Femenino”.

Al desatarse la Primera Guerra Mundial siente que su deber patriótico y humano es servir a los soldados heridos en el frente, por lo que en 1915 interrumpe sus estudios universitarios y colabora como enfermera en un hospital austriaco de campaña. Cuando ese hospital deja de funcionar, y poco antes de terminar su tesis doctoral, en 1916, Edith tiene una de sus primeras experiencias religiosas importantes en el proceso de su conversión al catolicismo. De paso en la Catedral de Frankfurt, observa que una aldeana entra con la cesta de la compra, quedándose un rato para rezar. El hecho de que una persona entre en una iglesia vacía, para conversar con Dios en la intimidad es para ella algo completamente nuevo que le impactó profundamente, pues en las sinagogas y las iglesias protestantes que antes había conocido, los creyentes solo asistían a los oficios religiosos. [4]

A finales de 1917 llega la noticia de que Adolf Reinach, uno de los miembros más destacados del círculo fenomenológico de Gotinga, había caído en el frente. Edith es designada para hacerse cargo de su legado filosófico. Tiene que pedir los papeles de Reinach a su mujer, y teme encontrarse con una viuda deshecha en lágrimas. Pero en la esposa de Reinach no vio solo dolor, sino también una fe robusta que comunicaba serenidad y fortaleza. Según el testimonio de uno de sus confesores, Edith habría afirmado, años después, que ese fue el momento en que tuvo la primera experiencia de la redención por la Cruz, que desmoronó su incredulidad. [5]

Pero antes de su conversión, entre 1918-1919 Edith desarrolla una intensa actividad política como miem-bro del recién formado Partido Democrático Alemán [6], haciendo un giro desde un inicial patriotismo conservador a un constitucionalismo liberal abierto a reformas sociales. [7] Con su compromiso aportó al éxito de la lucha por el derecho al voto femenino en Alemania, reconocido en 1919.

La experiencia decisiva para su conversión la tiene en el verano de 1921, durante una visita de unas semanas en Bergzabern (Palatinado), la finca de Hedwig Conrad-Martius, ex miembro del círculo fenomenológico de Gotinga que, junto con su esposo, se había convertido al catolicismo. En ese lugar lee la autobiografía de Teresa de Ávila y se convence de adherir a la fe católica. El 1 de enero de 1922 es bautizada, y añade a su nombre el de Hedwig, en honor a su amiga, que ofició de madrina. Esta conversión es incomprendida por su familia y causa un gran dolor a su madre, pues la siente como una traición a su pueblo judío. Pero Edith considera que su inserción como católica, lejos de robarle su identidad como judía, más bien le da cumplimiento y un sentido más profundo, pues encuentra en Jesucristo el sentido de toda su fe y su vida como judía. Anticipando las enseñanzas del Concilio Vaticano II, considera también que, más allá de la Iglesia visible, todo buscador sincero de la verdad, aunque no sea cristiano ni creyente, puede alcanzar la salvación. Así lo refleja la carta que dirige años más tarde a la hermana Adelgundis Jaegerschmidt, quien acompaña a Edmund Husserl en su lecho de muerte:

“No tengo preocupación alguna por mi querido Maestro. He estado siempre muy lejos de pensar que la Misericordia de Dios se redujese a las fronteras de la Iglesia visible. Dios es la verdad. Quien busca la verdad, busca a Dios, sea de ello consciente o no.” [8]

Desea entrar lo más pronto posible a la vida religiosa, pero su asesor espiritual le aconseja que espere, considerando que aún tenía mucho bien que hacer por medio de sus actividades “en el mundo”. Así desarrolla entre 1922 y 1933 un inmenso apostolado. Hace clases en el colegio de Santa Magdalena de las dominicas de Speyer, y además escribe, traduce, imparte conferencias y programas radiales dentro y fuera de Alemania sobre las bases de una pedagogía humanista de inspiración cristiana y sobre la formación de la mujer. En una de esas conferencias afirma con fuerza:

“Que las mujeres están capacitadas para ejercer otras profesiones aparte de la de esposa y madre, solo lo ha podido negar la ceguera carente de objetividad. La experiencia de los últimos decenios y en general también la experiencia de todos los tiempos lo han demostrado. Desde luego puede decirse que en caso de necesidad toda mujer sana y normal puede ejercer una profesión, y que no existe ninguna profesión que no pueda ser llevada a cabo por una mujer.” [9]

Pero Edith no solo defiende los derechos de las mujeres, también denuncia las injusticias que se cometen contra la población judía con la llegada al poder del régimen nazi con Hitler en marzo de 1933. En una demostración de lucidez profética, escribe al Papa Pío XI señalando los peligros que se ciernen sobre el pueblo judío, sobre Alemania y la misma Iglesia Católica con la nueva situación:

“Como hija del pueblo judío que, por la gracia de Dios, desde hace once años también es hija de la Iglesia católica, me atrevo a exponer ante el Padre de la Cristiandad lo que oprime a millones de alemanes.

Desde hace semanas vemos sucederse acontecimientos en Alemania que suenan a una burla de toda justicia y humanidad, por no hablar del amor al prójimo. Durante años, los jefes nacionalsocialistas han predicado el odio a los judíos. Después de haber tomado el poder gubernamental en sus manos y armado a sus aliados —entre ellos a señalados elementos criminales—, ya han aparecido los resultados de esa siembra del odio. […]

Todos los que somos fieles hijos de la Iglesia y consideramos con ojos despiertos la situación en Alemania nos tememos lo peor para la imagen de la Iglesia si se mantiene el silencio por más tiempo. Somos también de la convicción de que a la larga ese silencio de ninguna manera podrá obtener la paz con el actual régimen alemán.” [10]

No se conoce una respuesta del Papa, y por desgracia el pronóstico de Edith se convirtió en una terrible realidad. No sería extraño que, años más tarde, al escribir Pío XI la encíclica Mit brennender Sorge, publicada el 14 de marzo de 1937 sobre la situación de la Iglesia en la Alemania nazi, haya recordado la carta de la futura santa.

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Edith, la más pequeña de 7 hermanos.

Integración de tomismo y fenomenología

En el período que transcurre entre las dos guerras mundiales ocurre un florecimiento de la intelectualidad católica, en el marco de una renovación de la filosofía escolástica, especialmente tomista, sostenida y animada sobre todo por la encíclica de León XIII Aeterni Patris (1897), que exhorta a seguir el modelo de los estudios filosófico-teológicos de Santo Tomás. Las obras de filósofos cristianos como los franceses Etienne Gilson y Jacques Maritain y los alemanes Martin Grabmann y Romano Guardini son un gran estímulo espiritual para las reflexiones de Edith Stein. Especialmente importante es la cercanía con el jesuita alemán Erich Przywara, que le encomienda la traducción al alemán de las Cartas y diarios del Cardenal Newman (aparecida en 1928), y la traducción, en dos tomos, de las Cuestiones sobre la verdad de Santo Tomás de Aquino (1931-32). La cada vez mayor importancia que cobra Santo Tomás para Edith cristaliza primero en el artículo “La fenomenología de Husserl y la filosofía de Santo Tomás”, publicado en 1929 como aporte a un número especial del anuario de fenomenología en homenaje a Husserl en su septuagésimo cumpleaños. En él confronta la búsqueda infinita de la verdad por parte de una razón que pone entre paréntesis la existencia real de lo que se presenta en la inmanencia de la conciencia (Husserl), con una filosofía de la vida que se asienta en la experiencia de lo real y se abre a la trascendencia (Santo Tomás).

edith stein 4Sin negar su primera etapa como fenomenóloga, Edith desarrolla en los años siguientes una metafísica de inspiración tomista, en Potencia y acto (1930-1931) y en su obra principal, Ser finito y Ser eterno (1936), que retoma y perfecciona el libro anterior. Uno de los temas que aborda en esta etapa se refiere al análisis husserliano de la temporalidad de la conciencia, al que conecta con la estructura aristotélica y tomista de potencia y acto. La fenomenología describe el presente como una vivencia que retiene lo que acaba de pasar y anticipa lo que está por venir. Ambos momentos son para Stein formas de potencialidad referidas al ser en acto del presente:

“En lo que yo soy ahora, hay algo que yo no soy actual, pero que lo será en el futuro. Lo que yo soy ahora en el estado de actualidad, lo era ya antes, pero sin serlo en el estado de actualidad. Mi ser presente contiene la posibilidad de un no ser actual futuro y presupone una posibilidad en mi ser precedente. Mi ser presente es actual y potencial, real y posible al mismo tiempo”. [11]

Por otra parte, recupera el concepto aristotélico y tomista de sustancia como núcleo permanente en el que se asienta la estructura acto-potencia que subyace a las múltiples vivencias subjetivas, sin reducirlas a la conciencia que el yo tiene de sí.

edith stein 3Otro tema que Edith Stein aborda en estos textos se refiere al principio de la individualidad personal. Tomás de Aquino veía el principio de individuación en la materia signata quantitate, la materia dotada de relaciones de extensión y magnitud determinadas, o sea, la materia concreta que singulariza la forma esencial del ser humano. En cambio, para el fenomenólogo personalista Max Scheler, la esencia humana es propiamente individual e irrepetible, y que en el ámbito del espíritu solo puede haber existencias distintas si hay esencias distintas. Edith Stein tampoco piensa que el principio de individuación en el caso de los seres espirituales sea la materia signata quantitate. Sostiene que el criterio tomista se puede aplicar a los seres materiales inanimados, las plantas y los animales. Pero agrega que respecto de los seres humanos cada individuo es en cierto modo su propia especie, retomando a su manera un argumento que el propio Santo Tomas aplicó a los ángeles.

También es digna de mención la posición que Stein toma frente a una de las principales obras filosóficas de esa época, Ser y tiempo (1927) de Martin Heidegger, discípulo de Husserl que había propuesto una ontología fundamental que pudiera abrir un camino de respuesta a la pregunta por el sentido del ser. Ello exige una previa explicitación del ente que se plantea dicha pregunta, el hombre, cuyo modo de ser es la existencia, que tiene que hacerse cargo de sí mismo y proyectarse eligiendo entre las diversas posibilidades de ser que se le presentan. Entre ellas hay una que no puede rehuir: la muerte, posibilidad de que todas las demás posibilidades se conviertan en imposibles, y que nadie puede asumir por otro. El “ser para la muerte” no se constata mediante un acto de pensamiento, sino mediante una disposición afectiva: la angustia ante la carencia de fundamento seguro de los proyectos humanos y de la existencia misma. El análisis existencial revela, según Heidegger, que la unidad de las distintas estructuras que caracterizan el Dasein es esencialmente temporal, en la que el futuro y el pasado se entrelazan con el presente y fundan la historicidad humana.

Edith Stein comienza a leer Ser y tiempo desde el mismo año en que apareció. Si bien reconoce la potencia del pensamiento de Heidegger, considera que, a pesar de declarar que solo pretende hacer un análisis fenomenológico de la existencia, asume de hecho compromisos ontológicos que de ningún modo son evidentes. Entre ellos resalta que el filósofo alemán haya situado al ser del hombre únicamente en el horizonte de lo temporal finito. Ella busca compensar esa perspectiva con la afirmación de la eternidad que trasciende la temporalidad, y por eso afirma que

“solo la plenitud hace propiamente inteligible por qué ‘de lo que se trata para el hombre es de su ser’. Ese ser es no solo un ser que se extiende en el tiempo y por tanto está siempre ‘adelantado a sí mismo’, el hombre anhela el siempre nuevo ser regalado con el ser para poder agotar lo que el instante simultáneamente le da y le quita. No quiere dejar lo que le da plenitud, y querría ser sin final y sin límites para poseerlo enteramente y sin fin. Alegría sin fin, dicha sin sombras, amor sin límites, vida intensificada al máximo sin debilitamiento, obra plenísima de fuerza, simultáneamente la completa calma y el verse desligado de todas las tensiones: esta es la beatitud eterna. De este ser es de lo que se trata para el hombre en su ser ahí.” [12]

Espiritualidad de la cruz

Cuando el 15 de abril de 1934 Edith Stein toma el hábito de monja en el Carmelo de Colonia adopta el nombre de Sor Teresa Benedicta de la Cruz. El nombre de Benedicta obedece al reconocimiento de las gracias recibidas en la abadía benedictina de Beuron, que había visitado a menudo, sobre todo en Semana Santa. También es significativa la inclusión en su nombre de la Cruz. Ello obedece a la actitud típicamente teresiana de entrega completa a Dios mediante un amor que se vacía de sí mismo a fin de dejar sitio para la vida de Dios. Este vaciarse progresivo para permitir que Dios actúe en nosotros no tiene nada que ver con una despersonalización o un cierre del alma a las tribulaciones del mundo para autocomplacerse en determinados sentimientos religiosos, sino todo lo contrario. Así lo muestra el ejemplo de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz, que supieron comprender las necesidades de su tiempo y promover una profunda reforma del Carmelo en el siglo XVI.

Justamente sobre San Juan de la Cruz escribe Teresa Benedicta su última obra, con ocasión del cuarto centenario de su nacimiento, en 1942. Expone su teología mística, y la enseñanza que de ella se desprende para una vida de fe marcada por la cruz, en la que Dios parece guardar silencio y abandonar al creyente. Una característica de la experiencia interior de Dios es la “noche oscura de la fe”. Para encontrar a Dios, el místico recorre un camino de obscuridad, pobreza y humillación, y después de terminar con todo asomo de autocomplacencia y arrogancia, el fuego purificador de Dios lo convierte en “llama de Dios viva”. [13]

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Una característica de la experiencia interior de Dios es la “noche oscura de la fe”. Para encontrar a Dios, el místico recorre un camino de obscuridad, pobreza y humillación, y después de terminar con todo asomo de autocomplacencia y arrogancia, el fuego purificador de Dios lo convierte en “llama de Dios viva”. [Imagen de la Capilla del Carmelo de Edith Stein en Echt, provincia de Limburg, Países Bajos. En el vitral aparecen, en los extremos, Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, los dos maestros espirituales de la santa. En el centro, Edith Stein antes y después de tomar el hábito].

Teresa Benedicta trabaja en este libro hasta el mismo día de su detención por los nazis. En 1938 había sido trasladada, por su seguridad, desde el monasterio de Colonia, en Alemania, al monasterio de Carmelitas de Echt, en Holanda, donde la acompaña su hermana Rosa, que también se había bautizado en la Iglesia Católica. El 24 de julio de 1942 se lee en todas las iglesias católicas de Holanda una carta pastoral de los obispos en la que condenan la persecución y deportación de los judíos. Como represalia, el comisario del Reich ordena la deportación de todos los judíos católicos. El 2 de agosto la Gestapo se lleva a Edith Stein junto con su hermana y las deporta a Auschwitz, donde el 9 de agosto son asesinadas en la cámara de gas.

Este final no la toma por sorpresa, pues ella misma, fiel a su vocación al misterio de la Cruz y solidaria con su pueblo ultrajado, se había ofrecido a Dios como víctima sacrificial por su pueblo judío y por la paz. El 26 de marzo de 1939 escribió a su priora:

“Querida Madre, permítame Vuestra Reverencia, ofrecerme al Corazón de Jesús como víctima propiciatoria por la paz verdadera: que el poder del Anticristo, si es posible, se derrumbe sin una nueva guerra mundial, y que pueda ser instaurado un nuevo orden de cosas.” [14]

Los testimonios recogidos de sobrevivientes del holocausto que vieron a Teresa Benedicta en alguna de las estaciones de su camino a la muerte dan cuenta de la serenidad y grandeza con que lo enfrentó, dando consuelo y tranquilizando sobre todo a las mujeres y a los hijos de madres desesperadas que ya no eran capaces de atenderlos. [15]

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Los testimonios recogidos de sobrevivientes del holocausto que vieron a Teresa Benedicta en alguna de las estaciones de su camino a la muerte dan cuenta de la serenidad y grandeza con que lo enfrentó, dando consuelo y tranquilizando sobre todo a las mujeres y a los hijos de madres desesperadas que ya no eran capaces de atenderlos. [Vidriera de Alois Plum en Kolbe, representando a Edith Stein en el campo de concentración].

La síntesis de la vida y obra de esta mujer santa permite apreciar las muchas razones por las cuales constituye un ejemplo luminoso para el creyente de hoy, pues su testimonio inspira y aporta orientaciones en diversos ámbitos: por una parte muestra la amplitud de la auténtica identidad católica, capaz de dialogar en forma acogedora e integradora con distintas formas de espiritualidad, como la teología escolástica, la mística carmelita y benedictina, la religión judía y toda búsqueda sincera y profunda de la verdad. Asimismo, es un ejemplo de la capacidad de diálogo entre tradiciones filosóficas aparentemente tan disímiles entre sí, como la fenomenología y el tomismo, en las que además sabe complementar equilibradamente la dimensión puramente intelectual con la dimensión afectiva y volitiva. No menos importante es su frecuente referencia a la literatura, la poesía y el arte, que le confieren un sentido humanista e interdisciplinario más amplio y rico a sus reflexiones filosóficas y teológicas. Pero no se limita a la reflexión, sino que muestra lucidez profética y compromiso con múltiples y diversas causas sociales y religiosas: defensa política y pedagógica de los derechos de la mujer, atención como enfermera a las víctimas de la guerra, profesora, monja, mártir de la fe.

Todos estos elementos confluyen en su canonización y nombramiento como copatrona de Europa el año 1998, y se resumen en las palabras que Juan Pablo II le dedicara con ocasión de la ceremonia de beatificación en Colonia, el 1 de mayo de 1987:

“Nos inclinamos profundamente ante el testimonio de la vida y la muerte de Edith Stein, hija extraordinaria de Israel e hija al mismo tiempo del Carmelo, sor Teresa Benedicta de la Cruz; una personalidad que reúne en su rica vida una síntesis dramática de nuestro siglo. La síntesis de una historia llena de heridas profundas que siguen doliendo aún hoy…; síntesis al mismo tiempo de la verdad plena sobre el hombre, en un corazón que estuvo inquieto e insatisfecho hasta que encontró descanso en Dios.”

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Curso de Fenomenología aquí

Notas

[1] Edith Stein, Sobre el problema de la empatía, en Obras completas (OC). Traducidas bajo la dirección de J. Urquiza y Francisco Javier Sancho. Burgos: Monte Carmelo, 2002-2007, vol. II, p. 87.
[2] Ibíd, p. 179.
[3] Carta de recomendación de Edmund Husserl, 6 de febrero de 1919, en OC I, p. 1658 s.
[4] Cf Autobiografía, en OC I, p. 480 y ss.
[5] Carta del P. Johannes Hirschmann SJ a la priora del Carmelo de Colonia, 13 de mayo de 1950.
[6] Este partido formó parte del gobierno de Alemania durante el período que se conoce como la República de Weimar, y su líder Walther Rathenau fue Ministro de Relaciones Exteriores hasta junio de 1922, cuando fue víctima de un atentado que acabó con su vida en medio de la gran crisis política en Alemania que desembocó en el trágico período del nazismo.
[7] Cf. Alasdair MacIntyre, Edith Stein: Un prólogo filosófico, 1913-1922. Granada: Editorial Nuevo Inicio, 2008, p. 163-172.
[8] Carta del 23 de marzo de 1938, en OC I, p. 1251.
[9] E. Stein, El ethos de la profesión femenina, (1931), en OC IV, p. 167. He corregido ligeramente la traducción. Otros textos importantes de este período son: Sobre la idea de formación (1930), Vocación del hombre y de la mujer según la naturaleza y la gracia, El misterio de la Navidad (1931), La estructura de la persona humana (1932-3).
[10] Carta escrita probablemente a inicios de abril de 1933, citada en OC IV, p. 29-31.
[11] Ser finito y ser eterno, en OC III, p. 648.
[12] Ser finito y Ser eterno, p. 1176.
[13] Cf. Ciencia de la Cruz, en OC V, p. 183-477.
[14] Carta a Ottilia Thanisch, 26 de marzo de 1939, en OC I, p. 1307.
[15] Cf. Al respecto las biografías de Francesco Salvani, Edith Stein. Hija de Israel y de la Iglesia. Madrid: Ediciones Palabra 2012, p. 358-365, y de Jesús Moreno Sanz, Edith Stein en compañía. Vidas filosóficas entrecruzadas de María Zambrano, Hannah Arendt y Simone Weil. Madrid/México: Plaza y Valdes 2014, p. 552-555.
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Obras Completas de Pseudo Dionisio Areopagita

La renuncia a todas las actividades y fantasías que pudieran conducirle a una vida de división consigo mismo expresa la más perfecta sabiduría de la vida monástica en que florece la inteligencia de los mandamientos conducentes a la unificación.

Ya he dicho que entre estos iniciados no hay orden medio, porque es el más sublime de todos. De ahí que sea perfectamente correcto para individuos del orden medio lo que frecuentemente está prohibido a los monjes. Su vida está simplificada y se han obligado a estar unificados con el Uno, unidos con la santa Unidad; a imitar en cuanto les sea posible la vida sacerdotal de aquellos con quienes están más familiarizados que los órdenes de los otros iniciados…

Obras completas de Pseudo Dionisio Areopagita – PDF –

Conceptos básicos Vía Apofática – (Gráfico PDF)

Gráfico Vía Apofática – (Gráfico PDF)

Agradecemos a Mariano los gráficos hechos para el curso de Filocalía

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Sobre San Basilio

Queridos hermanos y hermanas: 

Hoy queremos recordar a uno de los grandes Padres de la Iglesia, san Basilio, a quien los textos litúrgicos bizantinos definen como una «lumbrera de la Iglesia». Fue un gran obispo del siglo IV, al que mira con admiración tanto la Iglesia de Oriente como la de Occidente por su santidad de vida, por la excelencia de su doctrina y  por la síntesis armoniosa de sus dotes especulativas y prácticas. 
Nació alrededor del año 330 en una familia de santos, «verdadera Iglesia doméstica», que vivía en un clima de profunda fe. Estudió con los mejores maestros de Atenas y Constantinopla. Insatisfecho de sus éxitos mundanos, al darse cuenta de que había perdido mucho tiempo en vanidades, él mismo confiesa:  «Un día, como si despertase de un sueño profundo, volví mis ojos a la admirable luz de la verdad del Evangelio…, y lloré por mi miserable vida» (cf. Ep. 223:  PG 32, 824 a).

Atraído por Cristo, comenzó a mirarlo y a escucharlo sólo a él (cf. Moralia 80, 1:  PG 31, 860 b c). Con determinación se dedicó a la vida monástica en la oración, en la meditación de las sagradas Escrituras y de los escritos de los Padres de la Iglesia, y en el ejercicio de la caridad (cf.Ep. 2 y 22), siguiendo también el ejemplo de su hermana, santa Macrina, la cual ya vivía el  ascetismo monacal. Después fue ordenado sacerdote y, por último, en el año 370, consagrado obispo de Cesarea de Capadocia, en la actual Turquía.

Con su predicación y sus escritos realizó una intensa actividad pastoral, teológica y literaria. Con sabio equilibrio supo unir el servicio a las almas y la entrega a la oración y a la meditación en la soledad. Aprovechando su experiencia personal, favoreció la fundación de muchas «fraternidades» o comunidades de cristianos consagrados a Dios, a las que visitaba con frecuencia (cf. san Gregorio Nacianceno, Oratio 43, 29 in laudem Basilii:  PG 36, 536 b). Con su palabra y sus escritos, muchos de los cuales se conservan todavía hoy (cf. Regulae brevius tractatae, Proemio: PG 31, 1080 a b), los exhortaba a vivir y a avanzar en la perfección. De esos escritos se valieron después no pocos legisladores de la vida monástica antigua, entre ellos san Benito, que consideraba a san Basilio como su maestro (cf. Regula 73, 5).

En realidad, san Basilio creó una vida monástica muy particular:  no cerrada a la comunidad de la Iglesia local, sino abierta a ella. Sus monjes formaban parte de la Iglesia particular, eran su núcleo animador que, precediendo a los demás fieles en el seguimiento de Cristo y no sólo de la fe, mostraba su firme adhesión a Cristo —el amor a él—, sobre todo con obras de caridad. Estos monjes, que tenían escuelas y hospitales, estaban al servicio de los pobres; así mostraron la integridad de la vida cristiana.

El siervo de Dios Juan Pablo II, hablando de la vida monástica, escribió:  «Muchos opinan que esa institución tan importante en toda la Iglesia como es la vida monástica quedó establecida, para todos los siglos, principalmente por san Basilio o que, al menos, la naturaleza de la misma no habría quedado tan propiamente definida sin su decisiva aportación» (carta apostólica Patres Ecclesiae, 2:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de enero de 1980, p. 13).

Como obispo y pastor de su vasta diócesis, san Basilio se preocupó constantemente por las difíciles condiciones materiales en las que vivían los fieles; denunció con firmeza los males; se comprometió en favor de los más pobres y marginados; intervino también ante los gobernantes para aliviar los sufrimientos de la población, sobre todo en momentos de calamidad; veló por la libertad de la Iglesia, enfrentándose a los poderosos para defender el derecho de profesar la verdadera fe (cf. san Gregorio Nacianceno, Oratio 43, 48-51 in laudem Basilii:  PG 36, 557 c-561 c). Dio testimonio de Dios, que es amor y caridad, con la construcción de varios hospicios para necesitados (cf. san Basilio, Ep. 94:  PG 32, 488 b c), una especie de ciudad de la misericordia, que por él tomó el nombre de «Basiliades» (cf. Sozomeno, Historia Eccl. 6, 34:  PG 67, 1397 a). En ella hunden sus raíces los modernos hospitales para la atención y curación de los enfermos.

Consciente de que «la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (Sacrosanctum Concilium, 10), san Basilio, aunque siempre se preocupaba por vivir la caridad, que es la señal de reconocimiento de la fe, también fue un sabio «reformador litúrgico» (cf. san Gregorio Nacianceno, Oratio 43, 34 in laudem Basilii:  PG 36, 541 c). Nos dejó una gran plegaria eucarística, o anáfora, que lleva su nombre y que dio una organización fundamental a la oración y a la salmodia:  gracias a él el pueblo amó y conoció los Salmos y acudía a rezarlos incluso de noche (cf. san Basilio, In Psalmum 1, 1-2:  PG 29, 212 a-213 c). Así vemos cómo la liturgia, la adoración, la oración con la Iglesia y la caridad van unidas y se condicionan mutuamente.

Con celo y valentía, san Basilio supo oponerse a los herejes, que negaban que Jesucristo era Dios como el Padre (cf. san Basilio, Ep. 9, 3:  PG 32, 272 a; Ep. 52, 1-3:  PG 32, 392 b-396 a; Adv. Eunomium 1, 20:  PG 29, 556 c). Del mismo modo, contra quienes no aceptaban la divinidad del Espíritu Santo, defendió que también el Espíritu Santo es Dios y «debe ser considerado y glorificado juntamente con el Padre y el Hijo» (cf. De Spiritu Sancto:  SC 17 bis, 348). Por eso, san Basilio es uno de los grandes Padres que formularon la doctrina sobre la Trinidad:  el único Dios, precisamente por ser Amor, es un Dios en tres Personas, que forman la unidad más profunda que existe, la unidad divina.

En su amor a Cristo y a su Evangelio, el gran Padre capadocio trabajó también por sanar las divisiones dentro de la Iglesia (cf. Ep. 70 y 243), procurando siempre que todos se convirtieran a Cristo y a su Palabra (cf. De iudicio 4:  PG 31, 660 b-661 a), fuerza unificadora, a la que  todos los creyentes deben obedecer (cf. ib. 1-3:  PG 31, 653 a-656 c).

En conclusión, san Basilio se entregó totalmente al fiel servicio a la Iglesia y al multiforme ejercicio del ministerio episcopal. Según el programa que él mismo trazó, se convirtió en “apóstol y ministro de Cristo, dispensador de los misterios de Dios, heraldo del reino, modelo y norma de piedad, ojo del cuerpo de la Iglesia, pastor de las ovejas de Cristo, médico compasivo, padre nutricio, cooperador de Dios, agricultor de Dios, constructor del templo de Dios” (cf. Moralia 80, 11-20: PG 31, 864 b-868 b).

Este es el programa que el santo obispo entrega a los heraldos de la Palabra —tanto ayer como hoy—, un programa que él mismo se esforzó generosamente por poner en práctica. En el año 379, san Basilio, sin cumplir aún cincuenta años, agotado por el cansancio y la ascesis, regresó a Dios, «con la esperanza de la vida eterna, por Jesucristo, nuestro Señor» (De Baptismo 1, 2, 9). Fue un hombre que vivió verdaderamente con la mirada puesta en Cristo, un hombre del amor al prójimo. Lleno de la esperanza y de la alegría de la fe, san Basilio nos muestra cómo ser realmente cristianos.

Catequesis sobre los Padres de la Iglesia de Benedicto XVI

4 de Julio 2007

Texto extraído de Apologética Católica

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Exposición de la fe cristiana

PORQUE ESTAS CANSADO, ABURRIDO Y CABREADO. PORQUE DE REPENTE TE HAS VISTO EN ESTE MUNDO Y NO LE VES UN SENTIDO. PORQUE UNA VOZ TE DICE QUE LO ESENCIAL SE TE ESTA ESCAPANDO.

PORQUE TAMBIÉN TE DICE QUE LA VIDA NO PUEDE SER TAN CRUEL, QUE HAY UN SENTIDO. PORQUE EL SEXO SE ACABA, NO TE LLENA Y LO VUELVES A DESEAR.

PORQUE CUANTO MAS LIBRE CREES QUE ERES MAS ESCLAVO TE SIENTES. PORQUE CUANDO ESTAS ARRIBA BAJAS LO MISMO QUE HAS SUBIDO.

PORQUE VAS A MORIR. PORQUE NO TIENES NADA QUE PERDER Y TODO QUE GANAR. PIDÁMOSLE AYUDA A JESUCRISTO, PORQUE EL ES EL SENTIDO DE LA VIDA.

Hermanas/os les recomiendo continuar la lectura del texto muy interesante y con citas bíblicas en el blog Cristianismo espiritual

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Noche oscura, crisis existencial o depresión

Hermanas/os en Cristo Jesús. Me parece interesante el contenido del vídeo, creo que puede ser útil para algunos lectores. Lo he extraído del blog “Hacia la contemplación”.

Les recomiendo también las charlas del Padre José Antonio OP sobre el Kerigma y la vida consagrada, en este enlace

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Gregorio Palamas y el Hesicasmo

La espiritualidad hesicasta


El hesicasmo es un sistema espiritual de orientación esencialmente contemplativa que pone la perfección del hombre en la unión con Dios por la oración continua. Pero lo que lo caracteriza es precisamente la afirmación de la excelencia o de la necesidad de la hesiquia, o de la quietud, en sentido amplio, para llegar a esta unión.

El término hesiquia, transcripción literal del griego hJσυχία significa «quietud», «calma», «reposo», «tranquilidad». Hay dos tipos de hesiquia: una exterior y una interior. El exterior consiste en el alejamiento del mundo, de los hombres, del ruido. La hesiquia interior reside en el alma y en sus facultades. Por regla general, supone la hesiquia exterior. Por tanto, el hesicasmo, en su proyecto contemplativo, comprende al mismo tiempo la elección de una forma de existencia adecuada y la búsqueda de un estado de alma habitual al que esta forma de existencia está ordenada.

Dicho de otra manera, la hesiquia, en un primer sentido, significa la soledad y el silencio materiales que favorecen el recogimiento del alma. En un segundo sentido, designa la calma interior que procura la nepsis o sobriedad. Finalmente expresa la paz del alma recogida en sí misma bajo la acción del Espíritu Santo. Y todo ello para alcanzar la unión con Dios mediante la oración continua, la oración pura.

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Curso de Filocalía

Aquí nuevo vídeo presentación del grupo de estudio sobre fenomenología

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La causa de toda perturbación

De las instrucciones de San Doroteo Abad

La causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo.

Tratemos de averiguar, hermanos, cuál es el motivo principal de un hecho que acontece con frecuencia, a saber, que a veces uno escucha una palabra desagradable y se comporta como si no la hubiera oído, sin sentirse molesto, y en cambio, otras veces, así que la oye, se siente turbado y afligido. ¿Cuál, me pregunto, es la causa de esta diversa reacción? ¿Hay una o varias explicaciones?

Yo distingo diversas causas y explicaciones y sobre todo una, que es origen de todas las otras, como ha dicho alguien: «Muchas veces esto proviene del estado de ánimo en que se halla cada uno.» En efecto, quien está fortalecido por la oración o la meditación tolerará fácilmente, sin perder la calma, a un hermano que lo insulta. Otras veces soportará con paciencia a su hermano, porque se trata de alguien a quien profesa gran afecto. A veces también por desprecio, porque tiene en nada al que quiere perturbarlo y no se digna tomarlo en consideración, como si se tratara del más despreciable de los hombres, ni se digna responderle palabra, ni mencionar a los demás sus maldiciones e injurias.

De ahí proviene, como he dicho, el que uno no se turbe ni se aflija, si desprecia y tiene en nada lo que dicen. En cambio, la turbación o aflicción por las palabras de un hermano proviene de una mala disposición momentánea o del odio hacia el hermano. También pueden aducirse otras causas. Pero, si examinamos atentamente la cuestión, veremos que la causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo…

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Enlaces:

Homilía de Corpus Christi

Fenomenología del Psiquismo

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La ley, la gracia y el Espíritu Santo

El hombre, desde que cayó en la oscuridad del desconocimiento de Dios y de si mismo por el pecado original, está bajo la maldición de la ley. Es imposible para el hombre cumplir la ley mediante sus fuerzas naturales y en consecuencia vive en el pecado arrastrándose por la tierra y tragando el polvo de las miserias del exilio.

La ley debe ser cumplida espiritualmente; solo el Hombre regenerado por el Espíritu de Cristo es capaz de cumplir la Ley y libre de todo egoísmo, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a si mismo; mandamientos que Nuestro Señor destacó como los fundamentales indicando que todos los demás dependían de ellos…

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Cristianismo Espiritual

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La vida cristiana bajo la acción del Espíritu Santo

CONVERSACIÓN CON MOTOVILOV

San Serafín de Sarov


Pintura sobre San Serafín de Sarov

El verdadero objetivo de la vida cristiana:


La plegaria, el ayuno, las vigilias y las otras prácticas cristianas, son aparentemente buenas en sí mismas, pero no constituyen el objetivo de la vida cristiana. El verdadero objetivo de la vida cristiana consiste en la adquisición del Espíritu Santo de Dios. En cuanto a la plegaria, el ayuno, las vigilias, la limosna y toda buena acción hecha en nombre de Cristo, no son más que medios para alcanzar la adquisición del Espíritu Santo.

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Un nuevo modo de sentir y de vivir

Parque del Monasterio de Sobrado

Yo estoy convencida de que no habrá un cambio radical estructural, ni social, ni ecológico sino hay un cambio en nuestro modo de entendernos, sentirnos y vivirnos. Un profundo cambio radical, es decir que alcance las raíces de ser. 

¿Qué caminos deberíamos seguir los humanos si queremos aprender de este posible “último aviso de la tierra”? No soy experta en antropología, pero algo sé de humanidad y presiento que los caminos hacia la liberación pasan una vez más por un gran éxodo antropológico. Arriesgo a enumerar algunos de esos éxodos que suponen un nuevo modo de ser persona. Éxodos que al menos en mí, veo imprescindibles: 

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y aquí la 16° Clase de Filocalía

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De la creencia a la experiencia (I)

¿Cómo pasar de la creencia a la experiencia de Dios? Es decir desde la idea, el concepto o lo que me han dicho a una íntima certeza?

El paso de la creencia a la experiencia de Dios es la finalidad de la búsqueda y por lo tanto de la vida misma del Cristiano. Esta experiencia de Dios es la perla preciosa, el tesoro escondido y el mismo reino de los cielos por el que vale la pena dejar todo lo demás. MT 13:44-46. Esta búsqueda de la experiencia de Dios es la causa que dota de sentido a la vida del Cristiano y a lo que todo lo demás debe estar subordinado; es el mismo Cielo y los mismos frutos eternos de la resurrección ya accesibles a nosotros en este siglo. San Pablo lo refirió como “vivir en el Espíritu”, otros espirituales del oriente cristiano hablan de unificar el intelecto y el corazón.

Ahora bien, ¿como encontrar este tesoro escondido? Primeramente debemos tener claro la verdad que muchos espirituales de todos los tiempos han resaltado: No esta en nuestra mano conseguirlo. Es un regalo de Dios que nos será dado cuando estemos preparados, a su debido tiempo. Es una Gracia que viene de lo alto, de Dios. Nuestros esfuerzos por si solos son inútiles para conseguirlo, semejantes a un hombre sentado en un coche tratando de moverlo empujando el volante desde dentro o aun hombre metido en un cubo intentando levantarlo empujando el asa hacia arriba. No podemos suplantar con nuestros esfuerzos la obra transformativa Santificadora del Espíritu Santo. El asimilar esta verdad nos permitirá llevar una búsqueda mas relajada y no una vida en la que intentemos ganar a Dios a fuerza de puños como decía San Juan de la Cruz.

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. MT 7:7. Estas son las instrucciones que nos da Nuestro Señor. Es posible que no recibamos una respuesta a la primera oración que hagamos. Nuestras oraciones siempre son escuchadas pero la respuesta la dará Dios cuando el considere que es mejor. A nosotros nos parece que lo mejor sería recibir esa respuesta instantáneamente pero si no la recibimos es porque Dios sabe que aún no estamos preparados para ello y que lo mejor es esperar. Nosotros estamos ciegos, imaginamos una serie de circunstancias que, en base a nuestra experiencia pasada, pensamos que nos van a hacer mas felices y deseamos que las cosas sucedan así pero cuando las cosas no salen como nosotros desearíamos debemos confiar ciegamente en que si sucede así es porque es lo mejor. Nosotros no podemos ver el propósito escondido detrás de cada circunstancia pero debemos confiar en que lo hay y en que todo sirve al plan perfecto de Dios. Esto también es aplicable al tema que estamos tratando. No dudemos que Dios quiere llevarnos a esta experiencia, tanto lo quiere que se encarnó sufrió como nadie y murió para regalárnosla “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino.” Lc 12:32 pero no menos cierto es que en nuestra naturaleza caída reina el egoísmo y corremos el riesgo de malutilizar los Dones perfectos de Dios y autodañarnos con ellos. Muchos han experimentado en carne propia como su orgullo se ha aferrado a los dones de Dios, los ha hecho propios y le ha dado la espalda a Dios pretendiendo que ya no le necesitaba, pretendiendo ser por mi mismo al margen de Dios. Este, que es el pecado mismo en su estado mas puro, es un riesgo al que estamos expuestos mientras nuestra naturaleza caída siga viva en nosotros. En mi opinión es el miedo el que está detrás de estas tendencias egoístas. Tanto miedo tenemos por nuestras heridas y experiencias traumáticas que nos encerramos en nosotros mismos haciendo de nuestro Yo una fortaleza. No nos fiamos ni de Dios y utilizamos sus regalos para reforzar aún mas nuestro Yo y encerrarnos aún mas en nosotros mismos en lugar de abrirnos a Él. Entonces las circunstancias tendrán que ponernos los pies en la tierra y a través de sufrimientos de muerte destruir nuestra fortaleza y hacernos ver la verdad de nosotros mismos y de nuestra necesidad de Dios para que podamos volver a abrir nuestro corazón a Dios y resucitar. Esto sucede también a niveles mas imperceptibles incluso sin haber recibido ninguna Gracia de Dios. Diría que todos atravesamos esto. Nos creamos una personalidad “espiritual” mediante los medios que deberían servir para llevarnos a Dios (lecturas espirituales, incluso la oración) y utilizamos esa personalidad como una fortaleza para relacionarnos con nosotros mismos y con los demás. Es una manifestación de lo que se ha venido llamando “orgullo espiritual”. De nuevo las circunstancias nos habrán de llevar a la destrucción de esta personalidad artificial a fin de que salgamos de nuestra fortaleza y pongamos nuestra seguridad en Dios. En mi opinión ese es uno de los sentidos de la aridez y de los periodos en los que no hayamos ningún gusto en la oración ni en las lecturas espirituales. En cualquier caso creo que es inevitable pasar por estas etapas y que no debemos preocuparnos demasiado sino confiar en que la obra de Cristo en nosotros prevalecerá sobre el mal que haya en nosotros. Pero cuando las cosas no vayan como nosotros quisiéramos o bien en periodos de aridez podemos recordar que Dios ve lo que nosotros no vemos y abandonarnos a lo que disponga en confianza ciega.

Respecto a como debemos buscar, la máxima “Los pies bien asentados en la tierra (buena conciencia) mirando al Sol (viviendo en oración)” resume lo esencial de como ha de ser la vida del Cristiano. Procurar obedecer lo que nuestra conciencia nos dicta a la luz de las palabras de Cristo a fin de hacer de nosotros una tierra fértil donde la semilla de la Fe pueda dar los buenos frutos de la experiencia y procurar buscar a Dios mediante la oración a fin de recibir la luz y la lluvia necesaria para su buen crecimiento. Pienso que el Espíritu se encargará de guiar a cada uno a la forma de oración mas adecuada según la etapa que atravesemos.

Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró. MT 13:44-46


Pedid y se os dará, buscad
y hallaréis, llamad y se os abrirá. MT 7:7

Buscad el reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura. Mt 6:33

Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. Gálatas 2:20

Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Juan 4:23-24

Del intercambio entre dos hermanos en la Fraternidad Monástica Virtual

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La base del silencio

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… es posible reconstruir parte de la técnica contemplativa de Evagrio a través de las obras de Casiano. Así, según las Instituciones cenobíticas de Casiano: “Este arte divino que nos enseña a mantenernos inseparablemente unidos a Dios, tiene también sus fundamentos y bases…

Estos cimientos se reducen a dos. En primerlugar hay que saber buscar algo que llene nuestra mente y nos sirva para pensar en Dios; luego, encontrar el medio de fijar esta idea u objeto de meditación para mantenernos en ella constantemente”. Al insistir con la actitud adecuada, se abrirán las puertas de la contemplación. Igualmente, recomienda practicar el recuerdo constante de Dios mediante una fórmula modélica que toma de los Salmos; “Todo monje que tiene la mente fija en el recuerdo constante de Dios, debe habituarse a hacerlo constantemente, y con su ayuda, rechazar los demás pensamientos. Es éste un secreto de incalculable valor. Nos lo han transmitido los contados supervivientes de los Padres de la primera edad.

Si queréis que el pensamiento de Dios more sin cesar en vosotros, debéis proponer continuamente a vuestra mirada interior esta fórmula de devoción: «Deus in adjutorium deum intende, Domine ad adiuvandum me festina»Ven, oh Dios, en mi
ayuda, apresúrate, Señor, a socorrerme” (Salmo 69, 2)

Extraído de Nota 451 en la “Práctica de la meditación en Evagrio póntico”

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Evagrio el Monje

Del texto compendiado por Nicodemo el Hagiorita en Filocalía

Evagrio, este hombre sabio e insigne que floreció alrededor del año 380, fue promovido por el gran Basilio a la dignidad de lector y, por el hermano de éste, Gregorio de Nisa, fue ordenado diácono. Fue instruido en las Sagradas Palabras por Gregorio el Teólogo: por éste fue incluso nombrado archidiácono, cuando le fuera encargada la iglesia de Constantinopla, según Nicéforo Calisto, libro 11, capítulo 42. A continuación, abandonadas las cosas del mundo, abrazó la vida monástica.

Siendo realmente sutil al entender y habilísimo en exponer lo que entendía, Evagrio ha dejado muchos y variados escritos. De entre los mismos, han sido elegidos para este libro, el presente discurso a los hesicastas y sus capítulos sobre el discernimiento de las pasiones y de los pensamientos, en cuanto que son textos muy oportunos y de gran aplicación. Las noticias a propósito de Evagrio nos fueron proporcionadas especialmente por Paladio en la Historia Lausíaca (texto griego e italiano en la edición, a cargo de Ch. Mohrmann y C. J. Bartelink, Fundación L. Valla, A. Mondadori 1974). Su nacimiento se sitúa alrededor del año 345 en Íbora en el Ponto. Tal como nos lo dice Nicodemo, fue promovido a lector y luego a diácono.

Bastante tentado por la vida mundana, en momento de serio peligro para su castidad, mientras se encontraba en Constantinopla, a continuación de un sueño premonitorio, partió para Jerusalén. Allí vivió por un breve período en la casa de Melania la Anciana, ilustre dama romana, quien había convocado a su alrededor, en el Monte de los Olivos una comunidad monástica. Durante su estancia allí, muchas dudas asaltaron a Evagrio, con respecto a su decisión de abandonar el mundo pero, apoyado por Melania y tomando como una nueva señal divina una enfermedad que lo aquejara, partió hacia Egipto poco después. Se estableció primeramente y por dos años, en el desierto de Nitria y luego en las Celdas, donde vivió hasta su muerte que sobrevino aproximadamente en el año 399.

Profundamente convencido respecto del valor de la austera vida monástica en el desierto, Evagrio la conoció – y la vivió – acudiendo a las fuentes, manteniéndose en frecuente contacto con Macario el Grande, iniciador de la vida monástica en el desierto de Scete, conociendo también al otro Padre Macario. El ambiente en el cual Evagrio vivió hasta su muerte su vida monástica contrastó, por cierto, con la estructura intelectual de la cual estaba dotado y con su gran cultura. No por ello dejó de sentir una profunda admiración por la sabiduría práctica de esos santos ancianos, frecuentemente provenientes de familias campesinas pobres. Y más aún: además de vivir esta vida del desierto, llegó a ser un teórico de la misma.

Seguidor de Orígenes, terminó, lamentablemente por extremizar justamente las teorías más discutibles de su maestro. Esto echó una sombra sobre su figura, a tal punto, que muchos de sus escritos nos fueron transmitidos al amparo de algún gran nombre de ortodoxia más afirmada. El nombre de Evagrio fue envuelto en la condena del origenismo y, por lo tanto, condenado por el Concilio de Constantinopla III (680-681), por el Concilio Niceno II (787) y por el Concilio de Constantinopla IV (869-870). De Evagrio se puede encontrar traducido al francés el Tratado sobre la plegaría en Y. Hausherr, Les leçons d’un contemplatif : le traité de l’oraíson d’Evagre le Pontique, Paris, Beauchesne, 1960, y el Tratado práctico en la colección Sources Chrétíennes 170-171. Tanto el Tratado sobre la plegaria como el Tratado práctico, se pueden encontrar traducidos también al inglés, reunidos en un único volumen, en las ediciones Cistercians Publications, Massachusetts, Spencer, 1970.

A propósito del discernimiento de las pasiones y de los pensamientos

Entre los demonios que se oponen a la práctica de las virtudes, los primeros que adoptan una actitud de guerra son aquellos que ostentan las pasiones por el buen comer, los que nos insinúan el amor por el dinero, y los que nos estimulan a buscar la gloria que proviene de los hombres. Todos los demás vienen detrás de éstos y reciben a los que han sido heridos por ellos.

Efectivamente, es poco probable que se caiga en manos del espíritu de la fornicación si no se cayó antes por la gula. Y no hay quien, habiendo sido turbado por la ira, no se haya previamente encendido por los placeres de la buena mesa, por las riquezas o por la gloria. Y no hay modo de huir del demonio de la tristeza, si no se soporta la privación de todas estas cosas. Así como nadie puede huir del orgullo, primera camada del diablo; si no se ha erradicado antes la raíz de todos los males, que es el amor por el dinero, si es verdad, como dice Salomón, que la indigencia hace al hombre humilde (Pr 10:4). En breve: no sucede que el hombre tropiece con el Demonio, si antes no ha sido herido por esos tres males principales. Y también delante del Salvador, el Diablo antepuso estos tres pensamientos: primeramente exhortándolo a convertir las piedras en panes, luego prometiéndole el mundo si se postraba a sus pies, adorándolo, y como tercera cosa, lo tienta con la posibilidad de que la gloria lo cubriría si, cayendo de las almenas del templo, los ángeles lo recogen y lo salvan, como Hijo de Dios que es. Pero nuestro Señor, mostrándose superior a todo esto, ordenó al Diablo que se alejara de Él, enseñándonos así que no es posible rechazar al Diablo si no se desprecian estos tres pensamientos.

Todos los pensamientos demoníacos introducen en el alma conceptos relativos a objetos sensibles, y el intelecto, compenetrándose de ellos, imprime en sí mismo las formas de esos objetos. El alma reconoce, entonces, al demonio que se asocia al objeto mismo. Por ejemplo: si en mi mente se presenta la fisonomía de quien me ha agraviado u ofendido, es evidente que surgirán en mí pensamientos de rencor. Si surgiera el recuerdo de las riquezas o de la gloria, recordaré claramente por el objeto, cuál es el motivo de mi angustia. Lo mismo sucede con los otros pensamientos: por el objeto descubrirás quién es el que viene a insinuarlos. Sin embargo, no quiero decir que todo recuerdo de tales objetos provenga de los demonios. Porque es el intelecto mismo, accionado por el hombre, el que produce las imágenes de los acontecimientos. Provienen de los demonios aquellos recuerdos que suscitan la ira o la concupiscencia contra natura.

Con motivo de la turbación que causan estas potencias, el intelecto, mediante el pensamiento, comete adulterios y se embarca en guerras, porque no puede acoger la imagen de Dios, su legislador. En efecto, esa luminosidad se manifiesta al principio fundamental del alma en el tiempo de la plegaria, en la medida en que ésta se despoje de los conceptos relativos a los objetos. El hombre no puede rechazar los recuerdos pasionales si no presta atención a la concupiscencia y a la cólera, disipando a la primera con ayunos, velando y durmiendo en el suelo, y calmando a la segunda con actos de soportación, de paciencia, de perdón y de misericordia. De las pasiones antedichas surgen casi todos los pensamientos demoníacos que empujan al intelecto a la ruina y a la perdición. Pero es imposible superar estas pasiones si no se desprecian totalmente los manjares, las riquezas y la gloria y aun el propio cuerpo, con motivo de aquellos pensamientos que tan a menudo lo flagelan.

Es absolutamente necesario, pues, imitar a aquellos que se encuentran en el mar, en peligro, y que echan por la borda los aparejos a causa de la violencia de los vientos y de las olas. Pero llegados a este punto, debemos guardarnos de desprendernos de los aparejos para ser mirados por los hombres, o habremos ya recibido nuestra merced, ya que otro naufragio más terrible que el primero nos afligirá, y entonces soplará el viento contrario, el del demonio de la vanagloria. Por tanto, también el Señor nuestro de los Evangelios, impulsando a nuestro intelecto que es el capitán del barco, nos dice: Mirad que no hagáis vuestra justicia delante de los hombres, para ser visto por ellos: de otra manera no tendréis merced de vuestro Padre que está en los Cielos (Mt 6:1). Y dice además: Y cuando recéis, no seáis como los hipócritas; porque ellos gustan de orar en las sinagogas y en los cantones de las calles, de pie para ser vistos por los hombres: por cierto os digo, que ya tienen su pago (Mt 6:5-16).

Pero en este punto debemos prestar atención al médico de las almas y observar como él cura la cólera con la limosna, y con la oración purifica el intelecto, y aún mas, diseca con el ayuno la concupiscencia: de este modo surge el nuevo Adán, quien se renueva a imagen de Aquel que lo ha creado, en el cual no existe – con motivo de la impasibilidad – ni macho ni hembra, y – basados en la única fe – ni griego ni judío, ni circunciso ni incircunciso, ni bárbaro ni escita, ni esclavo ni liberto, sino que todo está en Cristo.

Los sueños

Debemos indagar cómo los demonios informan y configuran el principio fundamental de nuestra alma en las fantasías que nos acechan en el sueño. Esto le sucede al intelecto ya sea cuando ve con los ojos o cuando oye con los oídos o con cualquier percepción. A veces nos llegan por medio de la memoria, que informa al principio fundamental del alma, moviendo lo que ha recibido mediante el cuerpo. Me parece pues, que los demonios informan al principio fundamental de nuestra alma, moviéndonos la memoria, pues el órgano es, en ese momento, mantenido inactivo por el sueño. Debemos saber cómo se produce ese movimiento de la memoria. ¿Será, acaso, por medio de las pasiones? Esto es evidente, pues el que es puro y está libre de pasiones, no pasa por cosas similares. Sin embargo, existe un movimiento de la memoria producido simplemente por nosotros mismos, o bien por las santas potencias, en el cual encontramos a los santos y somos sus comensales.

Pero deberemos prestar atención: esas imágenes que el alma recibe conjuntamente con el cuerpo, serán luego movidas por la memoria sin el cuerpo. Esto está claro por el hecho de que a menudo pasamos por esto durante el sueño, mientras que el cuerpo está inmóvil. Pues puede suceder que nos acordemos del agua ya sea que tengamos sed o no, y así sucede que nos acordamos del oro ya sea con codicia o sin ella. Y los mismo sucede con el resto. Sin embargo, el hecho de que encontremos dichas diferencias entre las variadas fantasías, es un indicio de su artificiosidad. Y aún más: debemos saber que los demonios se sirven también de objetos externos para suscitar sus fantasías. Por ejemplo: del sonido de las olas, para alguien que se dedique a la navegación. Nuestra irascibilidad, cuando se mueve contra natura, coopera en mucho con los objetivos que los demonios se prefijan, tornándose así utilísima para cualquiera de sus engaños. Por tanto, éstos no se hacen rogar para accionarla, de día o de noche. Y cuando la ven contenida por la humildad, en seguida la liberan con buenos pretexto, y así, tornándose violenta, ésta sirve a sus pensamientos bestiales.

Es necesario, pues, no excitarla con ningún objeto, ni justo ni injusto, evitando poner en mano de quien nos sugestiona, un arma funesta, como sé que muchos hacen, aferrándose más de lo necesario a fútiles pretextos. Por cierto, dime, ¿por que eres tan combativo? ¿No has despreciado ya manjares, riquezas y gloria? ¿Por qué crías a un perro, si has manifestado no poseer nada? Si éste ladra y se echa sobre la gente, es claro que es porque uno tiene algo y quiere defenderlo. Y estoy bien seguro de que un hombre así está alejado de la oración pura, porque sé que la irascibilidad destruye esta oración. Y me asombra que olvides también a los santos, mientras David grita: Cesa en tu ira y deja la cólera (Sal 36:8). Y el Eclesiastés recomienda: Aleja la cólera de tu corazón, y quita la maldad de tu carne (Qo 11:10), mientras el Apóstol nos ordena elevar, en todo tiempo y lugar, manos puras sin iras ni disputas (1 Tm 2:8). ¿Y por qué no aprendemos de la antigua y misteriosa costumbre de echar fuera de casa a los perros en tiempo de oración? Ella nos demuestra, alegóricamente, cómo no debe existir cólera en el que reza. Y también se ha dicho: Hay cólera de dragones en su vino (Dt 32:33), ¡y sin embargo, los nacireos se abstenían de tomar vino!

En cuanto al deber de no preocuparse por los trajes o manjares, considero superfluo escribir con respecto a esto, ya que el Salvador mismo lo prohíbe en los Evangelios: no os preocupéis por vuestra vida, por lo que comeréis, por lo que tomaréis o por lo que vestiréis. Esto concierne a los gentiles y a los incrédulos, a los que rechazan la providencia del Soberano, y reniegan del Creador, pero es cosa totalmente ajena a aquellos cristianos que han creído que dos pajarillos que se venden por un cuarto están bajo el gobierno de los santos ángeles. Pero los demonios tienen también esta otra costumbre: después de acosarnos con pensamientos impuros, nos infunden alguna preocupación a fin de que Jesús se retire, debido al caudal de ideas que acuden a nuestra mente, y su Palabra se torne infructuosa, sofocada por pensamientos de preocupación

Pero una vez que los hayamos depuesto y habiendo depositado toda nuestra confianza en el Señor, conformándonos con las cosas que tenemos, y pobres en cuanto a nuestro estilo de vida y por la ropa que nos cubre, despojaremos cada día a los padres de la vanagloria. Si alguno se sintiere indecoroso por tener un traje pobre, que dirija su mirada a san Pablo, quien esperó la corona de la justicia en el frío y en la desnudez (2 Co 11:27). Puesto que el Apóstol ha llamado a este mundo “teatro” y “estadio,” vemos cómo es posible que uno, acompañado por pensamientos de preocupación, corra hacia el premio de la suprema llamada de Dios (Flp 3:14) o luche contra los principados las potencias, los dominadores cósmicos de las tinieblas de este siglo (Ef 6:12). Aun entrenado en la observación de las realidades sensibles, no se cómo esto es posible. Está claro que el que viste la túnica, se encontrará impedido de avanzar y arrastrado aquí y allá, como el intelecto lo es por los pensamientos cargados de preocupaciones, si creemos en la palabra que dice que el intelecto debe estar constantemente atento a su tesoro. Se ha dicho, en efecto: Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón (Mt 6:21).

En cuanto a los pensamientos, algunos de ellos separan y otros, son separados. Es decir: los malos separan a los buenos y, a su vez, los malos son separados por los buenos. Por lo tanto, el Espíritu Santo atiende al primer pensamiento que nos acude y en base a éste, nos juzga o nos recibe. Quiero decir esto: tengo un pensamiento de hospitalidad y seguramente lo tengo hacia el Señor, pero como se acerca el Tentador, mi pensamiento es separado, porque éste me sugiere brindar hospitalidad por amor a la gloria. Y más aún: tengo un pensamiento de hospitalidad, pero para ser visto por los hombres. Y sin embargo, este mal pensamiento puede ser rescindido al acudir un pensamiento mejor, el de pensar que es mejor dirigir la virtud hacia el Señor e inducirnos a no hacer estas cosas por los hombres. Después de mucha observación, hemos conocido cuál es la diferencia entre los pensamientos provenientes de los ángeles, los provenientes de los hombres, y los que provienen de los demonios. Los primeros, los angélicos, observan las varias naturalezas de las cosas y descubren las razones espirituales. Por ejemplo, la razón por la cual el oro fuera creado, esto es, para ser distribuido en las zonas inferiores de la tierra mezclado con la arena, y ser encontrado con mucho trabajo y fatiga. Y luego vemos cómo, una vez encontrado, es lavado con agua, pasado por el fuego, entregado a las manos de los artesanos, los cuales harán el candelabro de la tienda, el altar, los incensarios y las copas, en las cuales ahora no bebe más – por gracia de nuestro Señor – el rey de Babilonia. Por estos misterios arde el corazón de Cleofás.

Pero el pensamiento que nos surge por obra de los demonios, no sabe ni comprende todo esto, sino que nos sugiere, descaradamente, el afán por la posesión del oro sensible, indicándonos todo el placer y la gloria que nos colmarán al tenerlo. En cuanto al pensamiento que proviene del hombre, el mismo no busca la posesión del oro, ni se preocupa por entender su significado simbólico, sino que nos introduce en la mente su forma desnuda, sin pasión ni codicia por poseerlo. Lo que decimos del oro, es válido también para las otras cosas, cuando este pensamiento es místicamente ejercido según esa regla.

Hay un demonio, denominado vagabundo, que se presenta a los hermanos sobre todo durante el transcurrir del día. Éste pasea nuestro intelecto de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo y de casa en casa. El intelecto entabla, al principio, simples diálogos. Luego se entretiene por más tiempo con algún conocido y corrompe el estado interior de los que encuentra, y luego, poco a poco, se va olvidando de su conocimiento de Dios, de las virtudes y de su propia profesión. Es pues necesario que el solitario observe de donde viene este demonio y a dónde éste quiere llegar. No es por casualidad que este demonio da todas estas vueltas. Lo hace para corromper el estado interior del solitario. De este modo el intelecto, enardecido por estas cosas, ebrio por todos los encuentros, inmediatamente se tropieza con el demonio de la fornicación, o de la ira, o de la tristeza. Sentimientos que masivamente destruyen el resplandor del estado interior. Pero nosotros, si realmente nos proponernos reconocer la astucia de este demonio, no debemos apresurarnos a gritar en contra de él, ni a meditar sobre lo sucedido, contando como éste realiza estos encuentros en nuestros pensamientos y de que manera va empujando el intelecto hacia la muerte. No soportando ser observado en su actuar, el demonio huirá de nosotros y nada podremos saber de lo que queríamos aprender.

Más bien deberemos permitir que por uno o dos días, actúe a fondo, así podremos aprender bien sus maquinaciones, y lo haremos fluir enfrentándolo con nuestras palabras. Y sucede que cuando nos sentimos tentados, el intelecto está turbio y le resulta difícil ver lo que está sucediendo. Debemos pues, actuar cuando el demonio se ha ido de la siguiente manera: siéntate y trae a tu memoria lo sucedido, por dónde ha empezado todo, dónde has ido, y en qué lugar te sentiste atraído por el espíritu de la fornicación, de la tristeza o de la ira, y nuevamente recapitula lo sucedido. Examina todo muy bien y confíalo a tu memoria, así podrás enfrentar al demonio cuando se acerque. Observa atentamente el escondrijo donde él pretende llevarte y no lo sigas. Y si incluso quieres enfurecerlo, enfréntalo una y otra vez, hablándole directamente. Se sentirá muy molesto ya que no tolera ser avergonzado. Como demostración de que has sabido hablarle como es debido, verás que ese pensamiento que te acechaba te abandonó por completo. Es imposible que permanezca si es abiertamente enfrentado. Una vez que has vencido al demonio, seguirá una profunda somnolencia, una especie de estado de muerte, con una gran pesadez en los párpados, continuados bostezos, un gran peso en las espaldas. Pero el Espíritu Santo hará que todo esto se desvanezca luego de una intensa plegaria.

El odio contra los demonios nos ayuda mucho a conseguir la salvación y es conveniente para la práctica de la virtud. Pero nosotros no estamos en condiciones de cultivarlo por nosotros mismos como un brote cualquiera, ya que los espíritus amantes del placer lo destruyen y lo conducen a ese amor habitual. Este amor -o más bien, esta gangrena difícil de curar – es curada por el médico de las almas abandonándonos a una prueba. Efectivamente, permite que padezcamos de día o de noche, una situación horrorosa para el alma, de tal modo que ella retorna a su odio original, aprendiendo a decir lo que David dijo al Señor: De un odio perfecto los odié; se han convertido en enemigos para mí (Sal 138:22). Pues el que no peca con sus actos ni con sus pensamientos, odia con un odio perfecto, lo cual es índice de una máxima primitiva impasibilidad.

¿Y qué decir de ese demonio que deja al alma insensible? Siento temor de escribir al respecto. ¿No es increíble cómo el alma, cuando se encuentra con este demonio, sale de su estado interior, se despoja del temor de Dios y de toda piedad, no considera más al pecado como un pecado, ni actúa con responsabilidad, recordando al castigo y al juicio eterno como una cosa de nada y verdaderamente se mofa del terremoto del fuego (Jb 41:20). Reconoce a Dios, por cierto, pero no reconoce su mandamiento. Golpeas tu pecho porque ves al alma moverse hacia el pecado, pero ella no percibe nada. Tratas de convencerla con las Escrituras, mas ella no te escucha porque está obtusa. La enfrentas con la vergüenza de los hombres, pero no te atiende ni te entiende, como si fuera un cerdo que ha cerrado los ojos y se dirige hacia su recinto. A éste demonio nos llevan los persistentes pensamientos de vanagloria. Y se ha dicho de él que si aquellos días no hubieran sido abreviados, ninguna carne se hubiera salvado (Mt 24:22). Esto sucede a aquellos que raramente frecuentan a sus hermanos.

El motivo es evidente: este demonio, frente a las desgracias de los demás, es decir las de aquellos que han sido acometidos por las enfermedades o que tienen la desgracia de estar presos o encuentran una muerte imprevista, huye en seguida, porque no bien el alma se ha conmovido y se llena de compasión, se disipa el endurecimiento producido por el demonio. Pero esta posibilidad no la tenemos a causa de la soledad en que vivimos o de la rara presencia, cercana a nosotros, de personas que sufren. Es justamente para que podamos huir de este demonio que el Señor nos recomienda, en los Evangelios, que visitemos a los enfermos y a los que están en la cárcel. Estaba enfermo y me visitasteis (Mt 25:36), nos dice. Pero debemos tener presente esto: si algún solitario, habiéndose tropezado con este demonio, no ha aceptado todavía pensamientos impuros, ni ha abandonado su casa entregándose a la acedía, éste ha recibido la tolerancia y la templanza, que han bajado de los Cielos y lo han bendecido por tal impasibilidad. En cuando a aquellos que han hecho suya la profesión de ejercitar la piedad, y eligen vivir junto a los mundanos, deben cuidarse de este demonio. Yo, en efecto, me avergüenzo delante de todos ustedes y no quiero seguir diciendo o escribiendo a su respecto.

El demonio de la tristeza

Todos los demonios enseñan al alma el amor por el placer: sólo el demonio de la tristeza se abstiene de ello. Por el contrario, destruye todos los pensamientos insinuados por los otros demonios, impidiendo al alma sentir cualquier placer, insensibilizándola con su tristeza. Es cierto lo que se ha dicho: que los huesos del hombre triste se tornan áridos (Pr 17:22). Y sin embargo, si se lucha un poco, este demonio sirve para fortalecer al solitario. Lo convence de no acercarse a ninguna de las cosas de este mundo ni a ningún placer. Si persiste en su lucha, genera en él pensamientos que lo inducen a alejar su alma de este tormento o lo fuerzan a huir de ese lugar. Tal es lo que ha pensado y sufrido el santo Job, atormentado por este demonio: Ojalá pudiera echar mano a mí mismo u otro, a mi pedido, así lo hiciera (Jb 30:24). Símbolo de este demonio es la víbora, animal venenoso. La naturaleza le ha concedido, benevolentemente, el que pueda destruir los venenos de los otros animales, pero si la tomamos en estado puro, destruye la vida misma. Es a este demonio que san Pablo ha entregado el hombre de Corinto, que había pecado. Pero luego se apresura a escribir a los Corintios: Os ruego que confirméis vuestro amor por él, para que no sea consumido por la excesiva tristeza (Cf. 2Co 2:8-7).

Y sin embargo, este espíritu que aflige a los hombres es capaz de ser portador de un arrepentimiento bueno. Y así también san Juan Bautista ha denominado “raza de víboras” a aquellos que han sido heridos por este espíritu, y que se refugiaban en Dios, diciendo: ¿Quién os ha enseñado ha huir de la ira que vendrá? Dad, pues, frutos dignos de arrepentimiento y no penséis decir dentro de vosotros: a Abraham tenemos por padre (Mt 3:7-9). Todo el que ha imitado a Abraham y se ha alejado de su tierra y de su parentela, se ha vuelto más fuerte que este demonio. Si alguno es dominado por la cólera, está dominado por los demonios. Y si alguien le sirve, éste es extraño a la vida monástica, un extranjero en las vías de nuestro Salvador, dado que el mismo Señor nos dice que Él muestra el camino a los humildes.

Por tanto, cuando el intelecto de los solitarios se refugia en la llanura de la mansedumbre, difícilmente puede ser poseído, ya que no hay otra virtud que los demonios teman más que la misma. Ésta es la virtud que había adquirido el gran Moisés, quien fuera conocido como el más manso de los hombres. Y el santo David ha declarado que esta virtud es digna del recuerdo de Dios: Acuérdate de David y de toda su mansedumbre (Sal 131:1). Y también el Salvador mismo nos ha ordenado ser imitadores de su mansedumbre: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas (Mt 11:29). Si alguno ha renunciado a manjares y bebidas, pero excita su cólera con malos pensamientos, ¡se asemeja a una nave que navega con un demonio como piloto! Con todas nuestras fuerzas debemos cuidar de nuestro perro y enseñarle a destruir sólo los lobos, sin devorar las ovejas, dando prueba de mansedumbre hacia todos los hombres.

La vanagloria

De todos los pensamientos, el de la vanagloria es el que está compuesto por más elementos. En efecto, abraza a casi toda la tierra y abre las puertas a todos los demonios, tal como lo haría algún malvado traidor en una ciudad. Por tanto, humilla el intelecto del solitario, llenándolo de discursos y objetos y corrompiendo las plegarias con las cuales él trata de curar todas las heridas de su alma. Todos los demonios una vez vencidos, hacen crecer este pensamiento y por su intermedio, encuentran un nuevo acceso a las almas. Y es así como hacen que la última situación de las almas sea peor que la precedente. De aquí nace también el pensamiento de la soberbia. Esto es lo que ha hecho derrumbar de los cielos sobre la tierra el sello de la semejanza la corona de la belleza (Ez 28:12). Rehúyela pues, no tardes, porque puede suceder que entreguemos a otros nuestra vida, y nuestra riqueza a quien no tiene misericordia. Este demonio es ahuyentado por la oración continua y por el no hacer ni decir nada de lo que se lleva a cabo por la maldita vanagloria.

Ni bien el intelecto de los solitarios alcanza una cierta impasibilidad, he aquí que adquiere el caballo de la vanagloria y en seguida corre por las ciudades, llenándose sin medida de alabanzas a su gloria. Pero, si por una disposición de la providencia, se encuentra con el espíritu de la fornicación, quedando así encerrado en un chiquero, esto le enseñará a no dejar más el lecho antes de haber obtenido una perfecta salud, y a no imitar a los enfermos indisciplinados quienes, arrastrando los rastros de su enfermedad, se entregan abusivamente a los viajes y a los baños, teniendo así recaídas. Por tanto, permanezcamos sentados, cuidemos de nosotros mismos, de tal modo que, avanzando en nuestra virtud, no permitamos que el mal resurja, y que, al retomar el conocimiento, nos aturda una multitud de meditaciones. Y luego nuevamente, al levantarnos, veremos cuánto más clara es la luz de nuestro Señor.

No puedo escribir sobre todas las astucias de los demonios; siento pudor al repasar todas sus maquinaciones, temiendo por los lectores más simples. Escucha, sin embargo, las astucias del demonio de la fornicación. Cuando alguien logra tornarse impasible respecto a su concupiscencia, y sus malos pensamientos tienden a enfriarse, es entonces que este demonio introduce imágenes de hombres y mujeres que juguetean entre ellos, convirtiéndolo en solitario espectador de cosas y actitudes procaces. Pero no es ésta una tentación que dure por mucho tiempo. La oración continua y un régimen austero, la vigilia y el ejercicio de meditaciones espirituales, disipan la tentación como a una nube sin agua. Por momentos este malvado hace de la carne su presa, forzándola a sentir un ardor irracional, y se aferra a miles de otras cosas, a las cuales no es necesario referirse públicamente ni poner por escrito.

Contra pensamientos de este tipo somos ayudados por el hervir de la cólera que se mueve contra el demonio. Éste teme muchísimo esta cólera, que se agita contra los pensamientos y destruye sus razonamientos. Y éste es el pensamiento de la Palabra: Irritáos y no pequéis (Sal 4:4). Esta cólera es una medicina útil ofrecida al alma durante las tentaciones. A veces sucede que el demonio de la ira imita al otro demonio, y esboza la forma de algún hijo, o amigo, o pariente, en el momento de ser ultrajado por gente indigna, excitando así la cólera del solitario, para que diga o haga algo malo contra las imágenes que se mueven en su pensamiento. Es necesario atender por un instante a estas imágenes, cuidándonos de arrancar pronto nuestra mente de ellas, a fin de no detenerla mucho tiempo, para que no se inflame secretamente en tiempo de la oración. En estas tentaciones caen fundamentalmente los coléricos y los que se dejan arrastrar fácilmente por sus impulsos.

Éstos están alejados de la plegaria pura y del conocimiento de nuestro Salvador, Jesucristo. El Señor ha confiado los conceptos de este siglo al hombre, como las ovejas a un buen pastor. Escrito está: A cada hombre ha puesto un concepto en su corazón, y ha unido a él, a modo de ayuda, la concupiscencia y la ira. Por medio de la ira debe poner en fuga a los pensamientos de los lobos y, mediante la concupiscencia, debe amar a las ovejas, aun cuando se encuentre acorralado por las lluvias y los vientos. A todo esto el Señor ha agregado también la ley, para que alimente a las ovejas; y un lugar verde, agua que reconforta, y el salterio, la cítara, la vara y el bastón. Y así de este rebaño el pastor obtendrá su nutrición, se vestirá y recogerá el heno de los montes. Se ha dicho: ¿Cuál es el pastor que apacienta el ganado y no se nutre de su leche? (1 Co 9:7). Deberá el solitario custodiar de día y de noche su rebaño para que no sea devorado por las fieras o caiga en manos de los ladrones. Pero si en un lugar selvático algo parecido sucediera, en seguida deberá éste arrancar la presa de la boca del león o del oso.

Por ejemplo, el concepto de hermano es devorado por nosotros si lo alimentamos con vil concupiscencia; el del dinero y el del oro, si lo albergamos unido a la avidez; y así en todo lo que se refiere a los pensamientos relativos a los santos carismas, si los alimentamos en nuestra mente junto a la vanagloria. Del mismo modo sucede respecto a todos los otros conceptos, si se tornan presa de las pasiones. Y no alcanza con velar durante el día, debemos estar vigilantes también de noche. Puede suceder que perdamos lo que es nuestro, aun con fantasías turbias o malvadas. Vean lo que dice San Jacob: No te he traído ovejas devoradas por las fieras: he resarcido los hurtos del día y de la noche, Y fui devorado por el calor del día y por el hielo de la noche. El sueño se alejó de mis ojos (Gn 31:39 y ss). Si posteriormente el gran cansancio generara en nosotros pereza, subiremos un poco más por la piedra del conocimiento y tomaremos el salterio, haciendo vibrar sus cuerdas mediante el conocimiento de las virtudes. Y nuevamente llevaremos nuestros rebaños por el monte Sinaí, para que el Dios de nuestros Padres se dirija a nosotros de entre los arbustos y nos regale con esas palabras que obran señales y prodigios.

La naturaleza racional, condenada a muerte por la malicia, ha sido resucitada por Cristo mediante la contemplación de todos los siglos. Y el Padre resucita el alma que ha muerto de muerte de Cristo, mediante su conocimiento. Y es esto lo que dice Pablo: Si estamos muertos con Cristo, creamos que también viviremos con Él. Cuando el intelecto se ha despojado del hombre viejo, se reviste de lo que proviene de la gracia, y es entonces que en el tiempo de la oración verá su propia estructura, símil de algún modo, al zafiro o a la superficie celeste. Cosas éstas que las Escrituras indican como el lugar de Dios, visto por los ancianos en el monte Sinaí. De entre los demonios impuros, algunos tientan al hombre en cuanto hombre, otros lo aturden como a un animal que ha perdido la razón. Los primeros, al acercarse, insinúan en nosotros pensamientos de vanagloria, de soberbia, de envidia o de acusación: cosas éstas que no perturban a ningún ser irracional. Los otros, sin embargo, se acercan excitando la cólera o la concupiscencia contra natura. Y es que estas pasiones las tenemos en común con los seres irracionales aunque estén escondidas por la naturaleza racional.

Es por este motivo que el Espíritu Santo, cuando se refiere a los pensamientos que acuden a los hombres, dice: Yo he dicho: dioses sois, e hijos todos del Altísimo pero como hombres moriréis, y caeréis como cae cualquier príncipe (Sal 81:6). ¿Y qué dice a aquellos que se mueven en modo irracional? Nos dice: No seáis como el caballo y como el mulo que no tienen entendimiento: que han de ser domados con freno y riendas para que obedezcan (Sal 31:9). Y si el alma que peca, morirá (Ez 18:4), es evidente que los hombres mueren como hombres y por los hombres son sepultados. Pero los animales sin razón, si mueren o caen, son devorados por las aves de rapiña o por los cuervos. De esto se ha dicho que las crías de los unos invocan al Señor, y las de los otros, se bañan en sangre. El que tenga oídos para oír, que oiga (Mt 11:15).

Cuando algún enemigo se acerque a ti, te hiera y tu quieras dirigir tu espada a su corazón, tal como está escrito, haz como te decimos. Analiza en ti mismo el pensamiento que te ha sido puesto. Mira qué cosa es, de qué elementos se compone y lo que precisamente aflige más a tu mente. Te quiero decir esto: ¿te ha traído el enemigo el amor por el dinero? Tú haces una distinción entre el intelecto que ha recibido el pensamiento del oro, el pensamiento mismo del oro y el oro en sí mismo y la pasión que nos lleva a amar el dinero. Pregúntate a continuación: De entre todo esto, ¿qué cosa es pecado? ¿Quizás el intelecto? ¿Y cómo, entonces, es la imagen de Dios? Y entonces, ¿cómo se vincula al concepto del oro? Nadie que tenga intelecto podría jamás afirmarlo. ¿Es quizás pecado el oro en sí mismo? ¿Por qué entonces fue creado? Concluiremos pues que la causa del pecado es la cuarta. No es un objeto que tenga una existencia en sí mismo, ni el concepto de un objeto, sino que es un placer enemigo del hombre, generado por nuestra propia y libre voluntad, y que fuerza al intelecto a servirse malamente de las criaturas de Dios. Y es a la ley de Dios a quien le fuera confiado rescindir este placer.

Mientras indagas de este modo, el pensamiento será destruido, disolviéndose en su propia contemplación. El demonio se alejará de ti, cuando tu mente sea llevada a lo alto por tal conocimiento. Si, por lo contrario, no quieres servirte de tu espada, sino que quieres echar mano de tu honda, saca una piedra de tu bolso de pastor y considera lo siguiente: ¿Cómo es que los ángeles y los demonios se acercan a nuestro mundo y nosotros no nos acercamos a sus mundos? Nosotros no podemos, por cierto, acercar más a los ángeles a Dios, si nos proponemos hacer de los demonios seres aun más impuros. Y más aún: ¿como es que Lucifer, que surge por la mañana, fue tirado a la tierra, y considera al mar como una ampolla y a lo más profundo de los abismos como un prisionero de guerra? Y todo lo hace hervir como en una olía encendida e hirviente (Jb 41:22 y ss) porque a todos quiere turbar con su malicia y a todos dominar. La consideración de todas estas realidades hiere verdaderamente al demonio y pone en fuga a todo su ejército. Pero esto lo pueden hacer todos aquellos que se han purificado y ven las razones de las realidades creadas. Los que están impuros no conocen la contemplación de tales razones y, aunque repitieran una fórmula aprendida por otros, no serán escuchados, con motivo de todo el polvo y el tumulto causado por las pasiones durante la batalla.

Es absolutamente necesario, pues, que toda la turba de filisteos permanezca inmóvil, para que sólo Goliat enfrente a nuestro David. De la misma manera nos serviremos de esta distinción entre las partes en guerra y la imagen que se nos presenta contra todos los pensamientos impuros. Cuando suceda que algún pensamiento impuro huya con toda rapidez, ¿deberemos buscar la causa a fin de entender cómo ello se ha producido? En general, esto sucede ya sea porque el objeto en cuestión falta, o porque se trata de un elemento difícil de obtener, o porque estamos entrando en la región de la impasibilidad. Por estos motivos el enemigo no puede vencernos. Si por ejemplo, a algún solitario se le ocurre que le sea confiada la guía espiritual de la ciudad, es difícil que se detenga a fantasear a propósito de ello, por los motivos que mencionáramos anteriormente. Pero si sucediera que alguno se convierte en guía espiritual de una ciudad cualquiera, y su pensamiento no sufre alteraciones, esto significa que ha alcanzado la beatitud de la impasibilidad.

No es necesario saber de estas cosas para tener prontitud y fuerza; para que podamos ver si hemos cruzado el Jordán y estamos cerca de las palmeras o bien si estamos todavía en el desierto y bajo los golpes de los extranjeros. Pues veo, por ejemplo, cómo el demonio del amor al dinero es versátil y extraordinario en su capacidad de engaño. A menudo, angustiado por nuestra total renuncia, finge ser ecónomo y amante de los pobres, recibe libremente huéspedes que aún no se han acercado, da limosnas a los que carecen de alguna cosa, visita las prisiones de la ciudad, rescata a los que han sido vendidos, nos sugiere unirnos a mujeres ricas… Quizás nos aconseje acercarnos a otros, ¡a aquellos que poseen una bolsa bien abastecida! De este modo, se va desviando el alma; poco a poco, la rodea de pensamientos provenientes del amor al dinero y la entrega al demonio de la vanagloria. Y esto introduce una multitud de pensamientos que glorifican al Señor por nuestros negocios, y manipula a algunos que, poco a poco, hablan de sacerdocio en lugar nuestro. Hace pronósticos sobre la muerte del sacerdote a cargo, y predice que no podrá salvarse, debido a todo lo mal que ha actuado.

Y así este mísero intelecto, atrapado por tales pensamientos, entra (mentalmente) en lucha con aquellos que se le oponen, pronto a ofrecer dones a aquellos que lo aceptan y aprueban sus buenos sentimientos. ¡Incluso imagina entregar a aquellos que se le sublevan, en manos de los magistrados y echarlos de la ciudad! Finalmente, puesto que lleva dentro de sí estos pensamientos y les da vueltas, hace que en seguida se presente el demonio de la soberbia, quien, destellando ininterrumpidamente relámpagos y dragones alados en la celda, termina por ocasionar la locura. Pero nosotros, para conjurar la desgracia que tales pensamientos puedan producir, ¡queremos vivir dando gracias en nuestra pobreza! De hecho, nada hemos traído a este mundo ni nada, por cierto, podremos llevar con nosotros. Siempre que tengamos con qué comer y con qué cubrirnos, conformémonos con ello (1 Tm 6:7 y ss). Y recordemos a Pablo, que declara: El amor por el dinero es la raíz de todos los males (1 Tm 6:10).

Todos los pensamientos impuros, cuando por causa de nuestras pasiones se entretienen en nosotros, conducen el intelecto a la ruina y a la perdición. En efecto, así como la idea del pan ronda constantemente al hambriento a causa de su hambre, y el pensamiento del agua al sediento a causa de su sed, del mismo modo, también los pensamientos a propósito de las riquezas, y las reflexiones sobre los turbios pensamientos producidos en nosotros por los alimentos, se detienen dentro nuestro debido a las pasiones. Esto se manifiesta también con los pensamientos de vanagloria y con todos los otros. Y no le será posible al intelecto, sofocado por tales ideas, presentarse ante Dios, ni ceñir en su cabeza la corona de la justicia. Justamente por haber sido arrastrado por tales pensamientos, aquel intelecto tres veces infeliz del cual nos hablan los Evangelios, rechazó la increíble belleza del conocimiento de Dios. Incluso aquel que, atado de pies y manos, fue echado a las tinieblas exteriores, tenía el traje tejido por estos pensamientos y, debido a ello, el que lo había invitado lo declaró indigno de tales nupcias. El traje de bodas es, pues, la impasibilidad del alma razonable que ha renegado de las concupiscencias mundanas. La causa por la cual los conceptos de los objetos sensibles, cuando se detienen en nosotros, corrompen el conocimiento, fue ya mencionada en los “Capítulos a propósito de la oración.”

Tres son los jefes de los demonios que se oponen a la práctica [de las virtudes]. Éstos son seguidos por todo el campamento de filisteos. Ellos son los primeros que avanzan en las batallas e inducen al alma a ser malvada por medio de pensamientos impuros. Los unos difunden los deseos de la gula, otros nos insinúan el amor por el dinero, y otros nos excitan para que busquemos la gloria que viene de los hombres. Si deseas, pues la oración pura, rehúye la cólera; si amas la templanza, domina tu vientre y no le brindes pan hasta la saciedad, y en cuanto al agua, manténla corta. Sé vigilante en la oración y aleja de ti el rencor. No menoscabes las palabras del Espíritu Santo y golpea con las manos de la virtud las puertas de las Escrituras. Así surgirá en ti la impasibilidad del corazón y, en la oración, verás a tu intelecto resplandecer como un astro.

Listado completo de clases de Filocalía 2020

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Catequesis sobre los Padres de la Iglesia

BENEDICTO XVI (2007 y 2008)

Clemente Romano
Audiencia del 7 de marzo de 2007

Ignacio de Antioquía
Audiencia del 7 de marzo de 2007

Justino
Audiencia del 7 de marzo de 2007

Ireneo de Lyon
Audiencia del 7 de marzo de 2007

Clemente de Alejandría
Audiencia del 18 de abril de 2007

Orígenes
Audiencia del 25 de abril de 2007

Orígenes (sobre la oración y la Iglesia)
Audiencia del 2 de mayo de 2007

Tertuliano
Audiencia del 30 de mayo de 2007

Cipriano de Cartago
Audiencia del 6 de junio de 2007

Eusebio de Cesarea
Audiencia del 13 de junio de 2007

Atanasio de Alejandría
Audiencia del 20 de junio de 2007

Cirilo de Jerusalén
Audiencia del 27 de junio de 2007

Basilio de Cesarea (vida)
Audiencia del 4 de julio de 2007

Basilio de Cesarea (enseñanzas)
Audiencia del 1° de agosto de 2007

Gregorio Nacianceno (vida)
Audiencia del 8 de agosto de 2007

Gregorio Nacianceno (enseñanzas)
Audiencia del 22 de agosto de 2007

Gregorio de Nisa (vida)
Audiencia del 29 de agosto de 2007

Gregorio de Nisa (enseñanzas)
Audiencia del 5 de septiembre de 2007

Juan Crisóstomo (vida)
Audiencia del 19 de septiembre de 2007

Juan Crisóstomo (enseñanzas)
Audiencia del 26 de septiembre de 2007

Hilario de Poitiers
Audiencia del 10 de octubre de 2007

Eusebio de Verceli
Audiencia del 17 de octubre de 2007

Ambrosio de Milán
Audiencia del 24 de octubre de 2007

Máximo de Turín
Audiencia del 31 de octubre de 2007

Jerónimo (vida)
Audiencia del 7 de noviembre de 2007

Jerónimo (enseñanzas)
Audiencia del 14 de noviembre de 2007

Afraates “el Sabio”
Audiencia del 21 de noviembre de 2007

Efrén de Siria
Audiencia del 28 de noviembre de 2007

Cromacio de Aquileya
Audiencia del 5 de diciembre de 2007

Paulino de Nola
Audiencia del 12 de diciembre de 2007

Agustín de Hipona (vida)
Audiencia del 9 de enero de 2008

Agustín de Hipona (últimos días)
Audiencia del 16 de enero de 2008

Agustín de Hipona (fe y razón)
Audiencia del 30 de enero de 2008

Agustín de Hipona (vive en sus obras)
Audiencia del 20 de febrero de 2008

Agustín de Hipona (conversiones)
Audiencia del 27 de febrero de 2008

León Magno
Audiencia del 5 de marzo de 2008

Boecio y Casiodoro
Audiencia del 12 de marzo de 2008

Benito de Nursia
Audiencia del 9 de abril de 2008

Dionisio Areopagita
Audiencia del 14 de mayo de 2008

Romano el Meloda
Audiencia del 21 de mayo de 2008

Gregorio Magno (vida)
Audiencia del 28 de mayo de 2008

Gregorio Magno (obras)
Audiencia del 4 de junio de 2008

Columbano
Audiencia del 11 de junio de 2008

Isidoro de Sevilla
Audiencia del 18 de junio de 2008

Máximo el Confesor
Audiencia del 25 de junio de 2008

Dos enlaces:

Patrología e historia de la Iglesia

La desesperación

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El significado de la Pascua

De San Agustín

Sabemos, hermanos, y retenemos con fe inquebrantable que Cristo murió una sola vez por nosotros; el justo por los pecadores, el señor por los siervos, el libre por los cautivos, el médico por los enfermos, el dichoso por los desdichados, el rico por los pobres, el que los busca por los perdidos, el redentor por los vendidos, el pastor por el rebaño y, lo más maravilloso de todo, el creador por la criatura.

Mantuvo lo que es desde siempre, entregó lo que en él había sido hecho; Dios oculto, hombre visible; dador de vida por su poder, entregado a la muerte por su debilidad; inmutable en su divinidad, pasible en su carne. Como dice el Apóstol: Quien fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Sabéis perfectamente que eso tuvo lugar una sola vez. Con todo, como si tuviera lugar más veces, esta fiesta solemne repite cada cierto tiempo lo que la verdad proclama, mediante tantas palabras de la Escritura, que se dio una sola vez. Pero no se contradicen la realidad y la solemnidad, como si ésta mintiese y aquélla dijese la verdad. Lo que la realidad indica que tuvo lugar una sola vez, eso mismo renueva la solemnidad para que lo celebren con repetida frecuencia los corazones piadosos.

La realidad descubre lo que sucedió tal como sucedió; la solemnidad, en cambio, no permite que se olviden ni siquiera las cosas pasadas, no realizándolas, sino celebrándolas. Así, pues, Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Ciertamente murió una sola vez él que ya no muere y sobre quien la muerte ya no tiene dominio. Por tanto, según proclama la realidad, decimos que la Pascua tuvo lugar una sola vez y que no va a volver a darse; según proclama la solemnidad, en cambio, cada año decimos que la Pascua ha de llegar. Así pienso que ha de entenderse lo que está escrito en el salmo: El pensamiento del hombre te confesará y el resto del pensamiento te celebrará un día festivo.

Si el pensamiento no confiase a la memoria lo que se refiere a las cosas realizadas en el tiempo, no hallaría ni rastro de ellas después de realizadas. Por eso, el pensamiento del hombre, al contemplar la verdad, confiesa al Señor; en cambio, el resto de su pensamiento que se encuentra en la memoria no cesa de celebrar en las fechas establecidas las solemnidades para que el pensamiento no sea tachado de ingrato. A esto se refiere la solemnidad tan resplandeciente de esta noche, en la que, manteniéndonos en vela, en cierto modo actuamos, mediante el resto del pensamiento, la resurrección del Señor, que, mediante el pensamiento, confesamos con mayor verdad que tuvo lugar una sola vez.

A quienes hizo doctos la realidad anunciada, no debe hacerlos irreligiosos el desertar de la solemnidad. Esta solemnidad hizo resplandecer en el mundo entero a esta noche; esta solemnidad manifiesta la multitud de pueblos cristianos; esta solemnidad confunde las tinieblas de los judíos y derriba los ídolos de los paganos.

Dos vídeos monásticos

Homilía antes del exilio

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Película Garabandal – Solo Dios sabe

Estimadas/os en el amor a Jesucristo.

La Hna. Antonia de Chile, nos envió el enlace a esta película, que se ha autorizado a visualizar sin costo en estos días; trata sobre las apariciones de la Virgen, entre 1961 y 1965 en Garabandal.

Aquí el enlace

Dos enlaces

Meditaciones del Padre José

La atención es libertad

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Máximo, El Confesor

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quisiera presentar la figura de uno de los grandes padres de la Iglesia de Oriente del período tardío. Se trata de un monje, san Máximo, al que la tradición cristiana le ha atribuido el título de “confesor” por la intrépida valentía con la que supo testimoniar —”confesar”—, incluso con el sufrimiento, la integridad de su fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, salvador del mundo.

Máximo nació en Palestina, la tierra del Señor, en torno al año 580. Desde que era pequeño se orientó hacia la vida monástica y al estudio de las Escrituras, en parte a través de las obras de Orígenes, el gran maestro que ya en el siglo III había estructurado la tradición exegética alejandrina.

De Jerusalén se trasladó a Constantinopla y de allí, a causa de las invasiones bárbaras, se refugió en África, donde se distinguió por su gran valentía en la defensa de la ortodoxia. Máximo no aceptaba el que se redujera la humanidad de Cristo. Había nacido la teoría, según la cual, Cristo sólo tendrá una voluntad, la divina. Para defender la unicidad de su persona, muchos negaban el que tuviera una auténtica voluntad humana. Y, a simple vista, podría parecer algo bueno el que Cristo tuviera una sola voluntad. Pero san Máximo comprendió inmediatamente que esto habría acabado con el misterio de la salvación, pues una humanidad sin voluntad, un hombre sin voluntad, no es un verdadero hombre, es un hombre amputado. Por tanto, el hombre Jesucristo no habría sido un verdadero hombre, no habría vivido el drama de ser humano, que consiste precisamente en la dificultad para conformar nuestra voluntad con la verdad del ser.

De este modo, san Máximo afirma con gran decisión: la Sagrada Escritura no nos muestra a un hombre amputado, sin voluntad, sino a un verdadero hombre, completo: Dios, en Jesucristo, realmente asumió la totalidad del ser humano —obviamente excepto en el pecado—, por tanto, también una voluntad humana. Dicho así, parecería claro: Cristo, ¿es o no es hombre? Si es hombre, tiene también voluntad. Pero entonces surge el problema: de este modo, ¿no se cae en una especie de dualismo? ¿No se acaba presentando dos personalidades completas: razón, voluntad, sentimiento? ¿Cómo superar el dualismo, conservar la plenitud del ser humano y defender la unidad de la persona de Cristo, que no era esquizofrénico? San Máximo demuestra que el hombre encuentra su unidad, su integración, la totalidad en sí mismo, pero superándose a sí mismo, saliendo de sí mismo. De este modo, en Cristo, al salir de sí mismo, el hombre se encuentra a sí mismo en Dios, en el Hijo de Dios.

No hay que amputar al hombre para explicar la encarnación; basta comprender el dinamismo del ser humano que sólo se realiza saliendo de sí mismo; sólo en Dios nos encontramos a nosotros mismos, nuestra totalidad y plenitud. De este modo, se puede ver que el hombre que se encierra en sí mismo no está completo; por el contrario, el hombre que se abre, que sale de sí mismo, logra la plenitud y se encuentra a sí mismo en el Hijo de Dios, encuentra su verdadera humanidad.

Para san Máximo esta visión no es una especulación filosófica; la ve realizada en la vida concreta de Jesús, sobre todo en el drama de Getsemaní. En este drama de la agonía de Jesús, en la angustia de la muerte, de la oposición entre la voluntad humana de no morir y la voluntad divina, que se ofrece a la muerte, se realiza todo el drama humano, el drama de nuestra redención. San Máximo nos dice, y sabemos que es verdad: Adán (y Adán somos nosotros) pensaba que el “no” era la cumbre de la libertad. Sólo quien puede decir “no” sería realmente libre; para realizar realmente su libertad el hombre debería decir “no” a Dios; sólo así cree que es él mismo, que ha llegado al culmen de la libertad. La naturaleza humana de Cristo también llevaba en sí esta tendencia, pero la superó pues Jesús comprendió que el “no” no es lo máximo de la libertad humana. Lo máximo de la libertad es el “sí”, la conformidad con la voluntad de Dios. Sólo en el “sí” el hombre llega a ser realmente él mismo; sólo en la gran apertura del “sí”, en la unificación de su voluntad con la divina, el hombre llega a estar inmensamente abierto, llega a ser “divino”. Ser como Dios era el deseo de Adán, es decir, ser completamente libre. Pero no es divino, no es completamente libre el hombre que se encierra en sí mismo; lo es si sale de sí, en el “sí” llega a ser libre; este es el drama de Getsemaní: que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Transfiriendo la voluntad humana en la voluntad divina nace el verdadero hombre, así somos redimidos. En pocas palabras, este era el punto principal que quería comunicar san Máximo y vemos que está en juego todo el ser humano; está en juego toda nuestra vida.

San Máximo ya tenía problemas en África cuando defendía esta visión del hombre y de Dios; después fue llamado a Roma. En el año 649 participó en el Concilio Lateranense, convocado por el Papa Martín I, en defensa de la voluntad de Cristo, contra el edicto del emperador, que por el bien de la paz —pro bono pacis— prohibía discutir sobre esta cuestión. El papa Martín tuvo que pagar un caro precio por su valentía: si bien estaba enfermo, fue arrestado y llevado a Constantinopla. Procesado y condenado a muerte, se le conmutó la pena en el exilio definitivo de Crimea, donde falleció el 16 de septiembre del año 655, tras dos largos años de humillaciones y tormentos.

Poco tiempo después, en el año 662, le tocó el turno a Máximo, quien también se opuso al emperador al repetir: “¡Es imposible afirmar en Cristo una sola voluntad!” (Cf. PG 91, cc. 268-269). De este modo, junto a dos discípulos —ambos se llamaban Anastasio—, Máximo fue sometido a un extenuante proceso, a pesar de que ya había superado los ochenta años. El tribunal del emperador le condenó, con la acusación de herejía, a la cruel mutilación de la lengua y de la mano derecha, los dos órganos de expresión, la palabra y los escritos, con los que Máximo había combatido la doctrina errada de la voluntad única de Cristo. Por último, el santo monje, mutilado, fue exiliado en la Cólquida, en el Mar Negro, donde murió, agotado por los sufrimientos, a los 82 años, el 13 de agosto del mismo año 662.

Hablando de la vida de Máximo, hemos mencionado su obra literaria en defensa de la ortodoxia. En particular, nos referimos a la Disputa con Pirro, antiguo patriarca de Constantinopla: en ella, logró persuadir de sus errores al adversario. Con mucha honestidad, de hecho, Pirro concluía así la Disputa: “Pido perdón de parte mía y de parte de quienes me han precedido: por ignorancia hemos llegado a estos pensamientos y argumentaciones absurdos; y pido que ese encuentre la manera de cancelar estas absurdidades, salvando la memoria de aquellos que han errado” (PG 91, c. 352).

Nos han llegado, además, algunas decenas de obras importantes, entre las que destaca la Mistagogia , uno de los escritos más significativos de san Máximo, que recoge su pensamiento teológico con una síntesis bien estructurada.

El pensamiento de Máximo nunca es sólo teológico, especulativo, replegado en sí mismo, pues siempre tiene como punto de llegada la realidad concreta del mundo y de la salvación. En el contexto en que tuvo que sufrir, no podía evadirse en afirmaciones filosóficas meramente teóricas; tenía que buscar el sentido de la vida, preguntándose: ¿quién soy? ¿Qué es el mundo? Al hombre, creado a su imagen y semejanza, Dios le ha confiado la misión de unificar el cosmos. Y como Cristo ha unificado en sí mismo al ser humano, en el hombre el Creador ha unificado al cosmos. Nos ha mostrado cómo unificar en la comunión de Cristo el cosmos y de este modo llegar realmente a un mundo redimido. A esta poderosa visión salvífica se refiere uno de los teólogos más grandes del siglo XX, Hans Urs von Balthasar, quien —”relanzando” la figura de Máximo— define su pensamiento con la incisiva expresión de Kosmische Liturgie, “liturgia cósmica”. En el centro de esta solemne “liturgia” siempre está Jesucristo, único salvador del mundo. La eficacia de su acción salvadora, que ha unificado definitivamente el cosmos, está garantizada por el hecho de que Él, a pesar de ser Dios en todo, también es íntegramente hombre, incluyendo la “energía” y la voluntad del hombre.

La vida y el pensamiento de Máximo quedan poderosamente iluminados por una inmensa valentía para testimoniar la realidad íntegra de Cristo, sin reduccionismos ni compromisos. De este modo presenta lo que es realmente el hombre, cómo debemos vivir para responder a nuestra vocación. Tenemos que vivir unidos a Cristo para quedar de este modo unidos a nosotros mismos y al cosmos, dando al mismo cosmos y a la humanidad su justa forma.

El “sí” universal de Cristo nos muestra claramente cómo dar el valor adecuado a todos los demás valores. Pensemos en valores hoy justamente defendidos como la tolerancia, la libertad, el diálogo. Peo una tolerancia que dejara de saber distinguir el bien del mal sería caótica y autodestructiva. Del mismo modo, una libertad que no respetase la de los demás y no hallase la medida común de nuestras libertades sería anárquica y destruiría la autoridad. El diálogo que no sabe sobre qué dialogar se convierte en una palabrería vacía.

Todos estos valores son grandes y fundamentales, pero pueden ser verdaderos únicamente si tienen un punto de referencia que les une y les confiere la verdadera autenticidad. Este punto de referencia es la síntesis entre Dios y el cosmos, es la figura de Cristo en la que aprendemos la verdad sobre nosotros mismos, así como el lugar de todos los demás valores, para descubrir su significado auténtico. Jesucristo es el punto de referencia que ilumina todos los demás valores. Este el el punto de llegada del testimonio de este gran confesor. De este modo, al final, Cristo nos indica que el cosmos debe ser liturgia, gloria de Dios y que la adoración es el inicio de la verdadera transformación, de la verdadera renovación del mundo.

Por este motivo, quisiera concluir con un pasaje fundamental de las obras de san Máximo: “Adoramos a un solo Hijo, junto con el Padre y el Espíritu Santo, como era antes de los tiempos, ahora y por todos los tiempos, y por los tiempos después de los tiempos. ¡Amén!” (PG 91, c. 269).

BENEDICTO XVI , Catequesis sobre los Padres de la Iglesia

Eucaristía del Domingo de Ramos

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San Clemente de Alejandría

Intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general del miércoles 18 de abril de 2007 en la que presentó a san Clemente de Alejandría.

Queridos hermanos y hermanas:

Después del tiempo de las fiestas, volvemos a las catequesis normales, a pesar de que visiblemente la plaza está todavía de fiesta. Con las catequesis volvemos, como decía, al tema comenzado antes. Habíamos hablado de los doce apóstoles, luego de los discípulos de los apóstoles, ahora de las grandes personalidades de la Iglesia naciente, de la Iglesia antigua. La última vez habíamos hablado de san Ireneo de Lyon, hoy hablamos de Clemente de Alejandría, un gran teólogo que nace probablemente en Atenas, en torno a la mitad del siglo II. De Atenas heredó un agudo interés por la filosofía, que haría de él uno de los alféreces del diálogo entre fe y razón en la tradición cristiana. Cuando todavía era joven, llegó a Alejandría, la «ciudad símbolo» de ese fecundo cruce entre diferentes culturas que caracterizó la edad helenista. Fue discípulo de Panteno, hasta sucederle en la dirección de la escuela catequística. Numerosas fuentes atestiguan que fue ordenado presbítero. Durante la persecución de 202-203 abandonó Alejandría para refugiarse en Cesarea, en Capadocia, donde falleció hacia el año 215.

Las obras más importantes que nos quedan de él son tres: el «Protréptico», el «Pedagogo», y los «Stromata». Si bien parece que no era la intención originaria del autor, estos escritos constituyen una auténtica trilogía, destinada a acompañar eficazmente la maduración espiritual del cristiano.

El «Protréptico», como dice la palabra misma, es una «exhortación» dirigida a quien comienza y busca el camino de la fe. Es más, el «Protréptico» coincide con una Persona: el Hijo de Dios, Jesucristo, que se convierte en «exhortador» de los hombres para que emprendan con decisión el camino hacia la Verdad. El mismo Jesucristo se convierte después en «Pedagogo», es decir, en «educador» de aquellos que, en virtud del Bautismo, se han convertido en hijos de Dios. El mismo Jesucristo, por último, es también «didascalo», es decir, «maestro», que propone las enseñanzas más profundas. Éstas se recogen en la tercera obra de Clemente, los «Stromata», palabra griega que significa: «tapicerías». Se trata de una composición que no es sistemática, sino que afronta diferentes argumentos, fruto directo de la enseñanza habitual de Clemente.

En su conjunto, la catequesis de Clemente acompaña paso a paso el camino del catecúmeno y del bautizado para que, con las dos «alas» de la fe y de la razón, llegue a un conocimiento de la Verdad, que es Jesucristo, el Verbo de Dios. Sólo el conocimiento de la persona que es la verdad es la «auténtica gnosis», la expresión griega que quiere decir «conocimiento», «inteligencia». Es el edificio construido por la razón bajo el impulso de un principio sobrenatural. La misma fe constituye la auténtica filosofía, es decir, la auténtica conversión al camino que hay que tomar en la vida. Por tanto, la auténtica «gnosis» es un desarrollo de la fe, suscitado por Jesucristo en el alma unida a Él. Clemente define después dos niveles de la vida cristiana.

Primer nivel: los cristianos creyentes que viven la fe de una manera común, aunque esté siempre abierta a los horizontes de la santidad. Luego está el segundo nivel: los «gnósticos», es decir, los que ya llevan una vida de perfección espiritual; en todo caso, el cristiano tiene que comenzar por la base común de la fe y a través de un camino de búsqueda debe dejarse guiar por Cristo y de este modo llegar al conocimiento de la Verdad y de las verdades que conforman el contenido de la fe. Este conocimiento, nos dice Clemente, se convierte para el alma en una realidad viva: no es sólo una teoría, es una fuerza de vida, es una unión de amor transformante. El conocimiento de Cristo no es sólo pensamiento, sino que es amor que abre los ojos, transforma al hombre y crea comunión con el «Logos», con el Verbo divino que es verdad y vida. En esta comunión, que es el perfecto conocimiento y es amor, el perfecto cristiano alcanza la contemplación, la unificación con Dios.

Clemente retoma finalmente la doctrina, según al cual, el fin último del hombre consiste en ser semejante a Dios. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, pero esto es también un desafío, un camino; de hecho, el objetivo de la vida, el destino último consiste verdaderamente en hacerse semejantes a Dios. Esto es posible gracias a la connaturalidad con Él, que el hombre ha recibido en el momento de la creación, motivo por el cual de por sí ya es imagen de Dios. Esta connaturalidad permite conocer las realidades divinas a las que el hombre adhiere ante todo por la fe y, a través de la vivencia de la fe, de la práctica de las virtudes, puede crecer hasta llegar a la contemplación de Dios. De este modo, en el camino de la perfección, Clemente da la misma importancia al requisito moral que al intelectual. Los dos van juntos porque no es posible conocer sin vivir y no se puede vivir sin conocer. No es posible asemejarse a Dios y contemplarle simplemente con el conocimiento racional: para lograr este objetivo se necesita una vida según el «Logos», una vida según la verdad. Y, por tanto, las buenas obras tienen que acompañar el conocimiento intelectual, como la sombra acompaña al cuerpo.

Hay dos virtudes que adornan particularmente al alma del «auténtico gnóstico». La primera es la libertad de las pasiones («apátheia»); la otra, es el amor, la verdadera pasión, que asegura la unión íntima con Dios. El amor da la paz perfecta, y hace que el «auténtico gnóstico» sea capaz de afrontar los sacrificios más grandes, incluso el sacrificio supremo en el seguimiento de Cristo, y le hace subir de nivel hasta llegar a la cumbre de las virtudes. De este modo, el ideal ético de la filosofía antigua, es decir, la liberación de las pasiones, vuelve a ser redefinido por Clemente y conjugado con el amor, en el proceso incesante que lleva a asemejarse a Dios.

De esta manera, el pensador de Alejandría propició la segunda gran oportunidad de diálogo entre el anuncio cristiano y la filosofía griega. Sabemos que san Pablo en el Areópago de Atenas, donde Clemente nació, había hecho el primer intento de diálogo con la filosofía griega, y en buena parte había fracasado, pues le dijeron: «Otra vez te escucharemos». Ahora Clemente, retoma este diálogo, y lo ennoblece al máximo en la tradición filosófica griega. Como escribió mi venerado predecesor Juan Pablo II en la encíclica «Fides et ratio» , Clemente de Alejandría llega a interpretar la filosofía como «una instrucción propedéutica a la fe cristiana (n. 38). Y, de hecho, Clemente llegó a afirmar que Dios habría dado la filosofía a los griegos «como un Testamento propio para ellos» («Stromata» 6, 8, 67, 1). Para él la tradición filosófica griega, casi como sucede con la Ley para los judíos, es el ámbito de «revelación», son dos corrientes que en definitiva se dirigen hacia el mismo «Logos». Clemente sigue marcando con decisión el camino de quien quiere «dar razón» de su fe en Jesucristo. Puede servir de ejemplo a los cristianos, a los catequistas y a los teólogos de nuestro tiempo a los que Juan Pablo II, en la misma encíclica, exhortaba «a recuperar y subrayar más la dimensión metafísica de la verdad para entrar así en diálogo crítico y exigente con el pensamiento filosófico contemporáneo».

Concluyamos con una de las expresiones de la famosa «oración a Cristo “Logos”», con la que Clemente concluye su «Pedagogo». Su súplica dice así: «Muéstrate propicio a tus hijos»; «concédenos vivir en tu paz, mudarnos a tu ciudad, atravesar sin quedar sumergidos en las corrientes del pecado, ser transportados con serenidad por el Espíritu Santo por la Sabiduría inefable: nosotros, que de día y de noche, hasta el último día elevamos un canto de acción de gracias al único Padre, … al Hijo pedagogo y maestro, junto al Espíritu Santo. ¡Amén!” (Pedagogo 3, 12, 101).

Dos enlaces

Eucaristía del Martes 31 de Marzo, 5° semana de Cuaresma

El papel de un cristiano

Pastoresgregis

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San Ignacio de Antioquía

(Intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general del miércoles 14 de marzo de 2007 en la que presentó a san Ignacio de Antioquía)

Queridos hermanos y hermanas:

Como ya hicimos el miércoles, estamos hablando de las personalidades de la Iglesia naciente. La semana pasada habíamos hablado del Papa Clemente I, tercer sucesor de san Pedro. Hoy hablamos de san Ignacio, que fue el tercer obispo de Antioquia, del año 70 al 107, fecha de su martirio. En aquel tiempo, Roma, Alejandría y Antioquia eran las tres grandes metrópolis del Imperio Romano. El Concilio de Nicea habla de los tres «primados»: el de Roma, pero también el de Alejandría y Antioquia participan, en cierto sentido, en un «primado».

San Ignacio era obispo de Antioquia, que hoy se encuentra en Turquía. Allí, en Antioquia, como sabemos por los Hechos de los Apóstoles, surgió una comunidad cristiana floreciente: el primer obispo fue el apóstol Pedro, como dice la tradición, y allí «fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de “cristianos”» (Hechos 11, 26). Eusebio de Cesarea, un historiador del siglo IV, dedica todo un capítulo de su «Historia Eclesiástica» a la vida y a la obra de Ignacio (3,36). «De Siria», escribe, «Ignacio fue enviado a Roma para ser pasto de fieras, a causa del testimonio que dio de Cristo. Viajando por Asia, bajo la custodia severa de los guardias» (que él llama «diez leopardos» en su Carta a los Romanos 5,1), «en las ciudades en las que se detenía, reforzaba a las Iglesias con predicaciones y exhortaciones; sobre todo les alentaba, de todo corazón, a no caer en las herejías, que entonces comenzaban a pulular, y recomendaba no separarse de la tradición apostólica».

La primera etapa del viaje de Ignacio hacia el martirio fue la ciudad de Esmirna, donde era obispo san Policarpo, discípulo de san Juan. Allí, Ignacio escribió cuatro cartas, respectivamente a las Iglesias de Éfeso, de Magnesia, de Tralles y de Roma. Al dejar Esmirna», sigue diciendo Eusebio, «Ignacio llegó a Troade, y allí envió nuevas cartas»: dos a las Iglesias de Filadelfia y de Esmirne, y una al obispo Policarpo. Eusebio completa así la lista de las cartas, que nos han llegado de la Iglesia del primer siglo como un tesoro precioso. Al leer estos textos se siente la frescura de la fe de la generación que todavía había conocido a los apóstoles. Se siente también en estas cartas el amor ardiente de un santo. Finalmente, de Troade el mártir llegó a Roma, donde en el Anfiteatro Flavio, fue dado en pasto a las fieras feroces.

Ningún Padre de la Iglesia ha expresado con la intensidad de Ignacio el anhelo por la «unión» con Cristo y por la «vida» en Él. Por este motivo, hemos leído el pasaje del Evangelio sobre la viña, que según el Evangelio de Juan, es Jesús. En realidad, confluyen en Ignacio dos «corrientes» espirituales: la de Pablo, totalmente orientada a la «unión» con Cristo, y la de Juan, concentrada en la «vida» en Él. A su vez, estas dos corrientes desembocan en la «imitación» de Cristo, proclamado en varias ocasiones por Ignacio como «mi Dios» o «nuestro Dios». De este modo, Ignacio implora a los cristianos de Roma que no impidan su martirio, pues tiene impaciencia por «unirse con Jesucristo».

Y explica: «Para mí es bello morir caminando hacia Jesucristo, en vez de poseer un reino que llegue hasta los confines de la tierra. Le busco a Él, que murió por mí, le quiero a Él, que resucitó por nosotros. ¡Dejad que imite la Pasión de mi Dios!» (Romanos 5-6). Se puede percibir en estas expresiones ardientes de amor el agudo «realismo» cristológico típico de la Iglesia de Antioquia, atento más que nunca a la encarnación del Hijo de Dios y a su auténtica y concreta humanidad: Jesucristo, escribe Ignacio a los habitantes de Esmirna, «es realmente de la estirpe de David», «realmente nació de una virgen», «fue clavado realmente por nosotros» (1,1). La irresistible tensión de Ignacio hacia la unión con Cristo sirve de fundamento para una auténtica «mística de la unidad». Él mismo se define como «un hombre al que se le ha confiado la tarea de la unidad» (A los fieles de Filadelfia 8, 1). Para Ignacio, la unidad es ante todo una prerrogativa de Dios, que existiendo en tres Personas es Uno en una absoluta unidad.

Repite con frecuencia que Dios es unidad y que sólo en Dios ésta se encuentra en el estado puro y originario. La unidad que tienen que realizar sobre esta tierra los cristianos no es más que una imitación lo más conforme posible con el modelo divino. De esta manera, Ignacio llega a elaborar una visión de la Iglesia que recuerda mucho a algunas expresiones de la Carta a los Corintios de Clemente Romano. «Conviene caminar de acuerdo con el pensamiento de vuestro obispo, lo cual vosotros ya hacéis escribe a los cristianos de Éfeso. Vuestro presbiterio, justamente reputado, digno de Dios, está conforme con su obispo como las cuerdas a la cítara. Así en vuestro sinfónico y armonioso amor es Jesucristo quien canta. Que cada uno de vosotros también se convierta en coro a fin de que, en la armonía de vuestra concordia, toméis el tono de Dios en la unidad y cantéis a una sola voz» (4,1-2).

Y después de recomendar a los fieles de Esmirna que no hagan nada «que afecte a la Iglesia sin el obispo» (8,1), confía a Policarpo: «Ofrezco mi vida por los que están sometidos al obispo, a los presbíteros y a los diáconos. Que junto a ellos pueda tener parte con Dios. Trabajad unidos los unos por los otros, luchad juntos, corred juntos, sufrid juntos, dormid y velad juntos como administradores de Dios, asesores y siervos suyos. Buscad agradarle a Él por quien militáis y de quien recibís la merced. Que nadie de vosotros deserte. Que vuestro bautismo sea como un escudo, la fe como un casco, la caridad como una lanza, la paciencia como una armadura» (6,1-2).

En su conjunto, se puede percibir en las Cartas de Ignacio una especie de dialéctica constante y fecunda entre dos aspectos característicos de la vida cristiana: por una parte la estructura jerárquica de la comunidad eclesial, y por otra la unidad fundamental que liga entre sí a todos los fieles en Cristo. Por lo tanto, los papeles no se pueden contraponer. Al contrario, la insistencia de la comunión de los creyentes entre sí y con sus pastores, se refuerza constantemente mediante imágenes elocuentes y analogías: la cítara, los instrumentos de cuerda, la entonación, el concierto, la sinfonía.

Es evidente la peculiar responsabilidad de los obispos, de los presbíteros y los diáconos en la edificación de la comunidad. A ellos se dirige ante todo el llamamiento al amor y la unidad. «Sed una sola cosa», escribe Ignacio a los Magnesios, retomando la oración de Jesús en la Última Cena: «Una sola súplica, una sola mente, una sola esperanza en el amor… Acudid todos a Jesucristo como al único templo de Dios, como al único altar: él es uno, y al proceder del único Padre, ha permanecido unido a Él, y a Él ha regresado en la unidad» (7, 1-2). Ignacio es el primero que en la literatura cristiana atribuye a la Iglesia el adjetivo «católica», es decir, «universal»: «Donde está Jesucristo», afirma, «allí está la Iglesia católica» (A los fieles de Esmirna 8, 2). Precisamente en el servicio de unidad a la Iglesia católica, la comunidad cristiana de Roma ejerce una especie de primado en el amor: «En Roma, ésta preside, digna de Dios, venerable, digna de ser llamada bienaventurada… Preside en la caridad, que tiene la ley de Cristo, y lleva el nombre del Padre» (A los Romanos, «Prólogo»).

Como se puede ver, Ignacio es verdaderamente el «doctor de la unidad»: unidad de Dios y unidad de Cristo (en oposición a las diferentes herejías que comenzaban a circular y que dividían al hombre y a Dios en Cristo), unidad de la Iglesia, unidad de los fieles, «en la fe y en la caridad, pues no hay nada más excelente que ella» (A los fieles de Esmirna 6,1). En definitiva, el «realismo» de Ignacio es una invitación para los fieles de ayer y de hoy, es una invitación para todos nosotros a lograr una síntesis progresiva entre «configuración con Cristo» (unión con Él, vida en Él) y «entrega a su Iglesia» (unidad con el obispo, servicio generoso a la comunidad y al mundo).

En definitiva, es necesario lograr una síntesis entre «comunión» de la Iglesia en su interior y «misión», proclamación del Evangelio a los demás, hasta que una dimensión hable a través de la otra, y los creyentes tengan cada vez más «ese espíritu sin divisiones, que es el mismo Jesucristo» (Magnesios 15). Al implorar del Señor esta «gracia de unidad», y con la convicción de presidir en la caridad a toda la Iglesia (Cf. A los Romanos, «Prólogo»), os dirijo a vosotros el mismo auspicio que cierra la carta de Ignacio a los cristianos de Tralles: «Amaos los unos a los otros con un corazón sin divisiones. Mi espíritu se entrega en sacrificio por vosotros no sólo ahora, sino también cuando alcance a Dios… Que en Cristo podáis vivir sin mancha» (13). Y recemos para que el Señor nos ayude a alcanzar esta unidad y vivamos sin mancha, pues el amor purifica las almas.

Eucaristía de hoy, 28 de marzo, 4° semana de Cuaresma

Que domine en mí

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San Clemente Romano, tercer sucesor de Pedro

Intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general del miércoles 7 de marzo de 2007 en la que comenzó un nuevo ciclo de catequesis sobre los padres apostólicos. La primera figura que ha presentado es la de san Clemente Romano, tercer sucesor de Pedro

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos meditado en los meses pasados en las figuras de cada uno de los apóstoles y en los primeros testigos de la fe cristiana, mencionados en los escritos del Nuevo Testamento. Ahora, prestaremos atención a los padres apostólicos, es decir, a la primera y segunda generación de la Iglesia, después de los apóstoles. De este modo podemos ver cómo comienza el camino de la Iglesia en la historia.

San Clemente, obispo de Roma en los últimos años del siglo I, es el tercer sucesor de Pedro, después de Lino y Anacleto. El testimonio más importante sobre su vida es el de san Ireneo, obispo de Lyón hasta el año 202. Él atestigua que Clemente «había visto a los apóstoles», «se había encontrado con ellos» y «todavía resonaba en sus tímpanos su predicación, y tenía ante los ojos su tradición» («Adversus haereses» 3, 3, 3). Testimonios tardíos, entre los siglos IV y VI, atribuyen a Clemente el título de mártir.

La autoridad y el prestigio de este obispo de Roma eran tales que se le atribuyeron varios escritos, pero su única obra segura es la «Carta a los Corintios». Eusebio de Cesarea, el gran «archivero» de los orígenes cristianos, la presenta con estas palabras: «Nos ha llegado una carta de Clemente reconocida como auténtica, grande y admirable. Fue escrita por él, de parte de la Iglesia de Roma, a la Iglesia de Corinto… Sabemos que desde hace mucho tiempo y todavía hoy es leída públicamente durante la reunión de los fieles» (Historia Eclesiástica, 3,16). A esta carta se le atribuía un carácter casi canónico. Al inicio de este texto, escrito en griego, Clemente se lamenta por el hecho de que «las imprevistas calamidades, acaecidas una después de otra» (1,1), le hayan impedido una intervención más inmediata. Estas «adversidades» han de identificarse con la persecución de Domiciano: por ello, la fecha de composición de la carta hay que remontarla a un tiempo inmediatamente posterior a la muerte del emperador y al final de la persecución, es decir, inmediatamente después del año 96.

La intervención de Clemente estamos todavía en el siglo I era solicitada por los graves problemas por los que atravesaba la Iglesia de Corinto: los presbíteros de la comunidad, de hecho, habían sido después por algunos jóvenes contestadores. La penosa situación es recordada, una vez más, por san Ireneo, que escribe: «Bajo Clemente, al surgir un gran choque entre los hermanos de Corinto, la Iglesia de Roma envió a los corintios una carta importantísima para reconciliarles en la paz, renovar su fe y anunciar la tradición, que desde hace poco tiempo ella había recibido de los apóstoles» («Adversus haereses» 3,3,3). Podríamos decir que esta carta constituye un primer ejercicio del Primado romano después de la muerte de san Pedro. La carta de Clemente retoma temas muy sentidos por san Pablo, que había escrito dos grandes cartas a los corintios, en particular, la dialéctica teológica, perennemente actual, entre indicativo de la salvación e imperativo del compromiso moral. Ante todo está el alegre anuncio de la gracia que salva. El Señor nos previene y nos da el perdón, nos da su amor, la gracia de ser cristianos, hermanos y hermanas suyos. Es un anuncio que llena de alegría nuestra vida y que da seguridad a nuestro actuar: el Señor nos previene siempre con su bondad y la bondad es siempre más grande que todos nuestros pecados. Es necesario, sin embargo, que nos comprometamos de manera coherente con el don recibido y que respondamos al anuncio de la salvación con un camino generoso y valiente de conversión. Respecto al modelo de san Pablo, la novedad está en que Clemente da continuidad a la parte doctrinal y a la parte práctica, que conformaban todas las cartas de Pablo, con una «gran oración», que prácticamente concluye la carta.

La oportunidad inmediata de la carta abre al obispo de Roma la posibilidad de exponer ampliamente la identidad de la Iglesia y de su misión. Si en Corinto se han dado abusos, observa Clemente, el motivo hay que buscarlo en la debilitación de la caridad y de otras virtudes cristianas indispensables. Por este motivo, invita a los fieles a la humildad y al amor fraterno, dos virtudes que forman parte verdaderamente del ser en la Iglesia. «Somos una porción santa», exhorta, «hagamos, por tanto, todo lo que exige la santidad» (30, 1). En particular, el obispo de Roma recuerda que el mismo Señor «estableció donde y por quien quiere que los servicios litúrgicos sean realizados para que todo, cumplido santamente y con su beneplácito, sea aceptable a su voluntad… Porque el sumo sacerdote tiene sus peculiares funciones asignadas a él; los levitas tienen encomendados sus propios servicios, mientras que el laico está sometido a los preceptos del laico» (40,1-5: obsérvese que en esta carta de finales del siglo I aparece por primera vez en la literatura cristiana aparece el término «laikós», que significa «miembro del laos », es decir, «del pueblo de Dios»).

De este modo, al referirse a la liturgia del antiguo Israel, Clemente revela su ideal de Iglesia. Ésta es congregada por el «único Espíritu de gracia infundido sobre nosotros», que sopla en los diversos miembros del Cuerpo de Cristo, en el que todos, unidos sin ninguna separación, son «miembros los unos de los otros» (46, 6-7). La neta distinción entre «laico» y la jerarquía no significa para nada una contraposición, sino sólo esta relación orgánica de un cuerpo, de un organismo, con las diferentes funciones. La Iglesia, de hecho, no es un lugar de confusión y de anarquía, donde cada uno puede hacer lo que quiere en todo momento: cada quien en este organismo, con una estructura articulada, ejerce su ministerio según su vocación recibida.

Por lo que se refiere a los jefes de las comunidades, Clemente explicita claramente la doctrina de la sucesión apostólica. Las normas que la regulan se derivan, en última instancia, del mismo Dios. El Padre ha enviado a Jesucristo, quien a su vez ha enviado a los apóstoles. Éstos luego mandaron a los primeros jefes de las comunidades y establecieron que a ellos les sucedieran otros hombres dignos. Por tanto, todo procede «ordenadamente de la voluntad de Dios» (42). Con estas palabras, con estas frases, san Clemente subraya que la Iglesia tiene una estructura sacramental y no una estructura política. La acción de Dios que sale a nuestro encuentro en la liturgia precede a nuestras decisiones e ideas. La Iglesia es sobre todo don de Dios y no una criatura nuestra, y por ello esta estructura sacramental no garantiza sólo el ordenamiento común, sino también la precedencia del don de Dios, del que todos tenemos necesidad.

Finalmente, la «gran oración», confiere una apertura cósmica a los argumentos precedentes. Clemente alaba y da gracias a Dios por su maravillosa providencia de amor, que ha creado el mundo y que sigue salvándolo y santificándolo. Particular importancia asume la invocación para los gobernantes. Después de los textos del Nuevo Testamento, representa la oración más antigua por las instituciones políticas. De este modo, tras la persecución, los cristianos, aunque sabían que continuarían las persecuciones, no dejan de rezar por esas mismas autoridades que les habían condenado injustamente. El motivo es ante todo de carácter cristológico: es necesario rezar por los perseguidores, como lo hizo Jesús en la cruz. Pero esta oración tiene también una enseñanza que orienta, a través de los siglos, la actitud de los cristianos ante la política y el Estado. Al rezar por las autoridades, Clemente reconoce la legitimidad de las instituciones políticas en el orden establecido por Dios; al mismo tiempo, manifiesta la preocupación que las autoridades sean dóciles a Dios y «ejerzan el poder que Dios les ha dado con paz y mansedumbre y piedad» (61,2). César no lo es todo. Emerge otra soberanía, cuyo origen y esencia no son de este mundo, sino «de lo alto»: es la de la Verdad que tiene el derecho ante el Estado de ser escuchada.

De este modo, la carta de Clemente afronta numerosos temas de perenne actualidad. Es aún más significativa, pues representa desde el siglo I la solicitud de la Iglesia de Roma, que preside en la caridad a todas las demás Iglesias. Con el mismo Espíritu, elevemos también nosotros las invocaciones de la «gran oración», allí donde el obispo de Roma asume la voz del mundo entero: «Sí, Señor, haz que resplandezca en nosotros tu rostro con el bien de la paz; protégenos con tu mano poderosa… Nosotros te damos gracias, a través del sumo Sacerdote y guía de nuestras almas, Jesucristo, por medio del cual sea gloria y alabanza a ti, ahora, y de generación en generación, por los siglos de los siglos. Amén» (60-61).

Enlaces de hoy

Eucaristía del jueves 4° semana de Cuaresma

Entrenar la mirada

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Cuando el desconocimiento se convierte en unión

«Cuando-, más allá de todo pensamiento, tiene lugar la unión espiritual entre Dios y el espíritu, entonces se puede decir que, por el sentido espiritual, el espíritu ve totalmente lo sobrenatural que le estaba oculto, y alcanza lo que está por encima de su propia naturaleza».

Los Padres filocálicos afirman con toda contundencia la experiencia de su unión con Dios. Una unión que no es una meta, sino un inicio inacabable, tan interminable como lo es la Esencia de Dios. Pero no por ello la experiencia de esta unión deja de ser plena y total: «Porque la unión amorosa con Dios se eleva y se sitúa por encima de toda unión», dice Máximo el Confesor. Y Calixto el Patriarca, hablando de esa unión, afirma: «En los que la experimentan, el regocijo y las delicias de la gloria son inagotables y, por decirlo así, insoportables en su sobreabundancia». Y añade:

«En esta unidad trinitaria, el espíritu, por bondad de la gracia, celebra en el alma los aguijones del amor de Dios y los misterios de este amor. El espíritu brilla entonces en torno a estos misterios y se hace radiante, radiante de una luz gozosa. El alma sólo vive en el espíritu, y el espíritu dirige hacia Dios el amor del alma, llevándolo, en tanto que le es posible, hacia el `eros’ divino. […] El espíritu se eleva y avanza en torno a este amor […J y se esfuerza sin cesar en dilatarse por la gracia […] y en perfeccionar conscientemente en sí mismo el amor divino. Entonces Dios y el espíritu se convierten maravillosamente en un solo Espíritu: del mismo modo que Dios está espiritualmente presente en el espíritu que le recibe, así también está el espíritu en Dios, que lo penetra»…

Extraído de “Conocimiento espiritual en Filocalía

Eucaristía de hoy desde Valencia, España; en casa natalicia de San Vicente Ferrer

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Eucaristía del Lunes 4° Semana de Cuaresma

23 de Marzo de 2020

Padre José es sacerdote de la Orden de Predicadores y nos asiste desde la casa natalicia de San Vicente Ferrer, en Valencia, España. Es miembro activo de nuestra Fraternidad monástica virtual

Hoy reunión virtual

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Eucaristía de hoy

4° Domingo de Cuaresma

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Primera parteSegunda parte

Desde la Casa natalicia de San Vicente Ferrer, en Valencia, España – Oficiada por el Padre José A. miembro de la Orden de Predicadores y miembro de la Fraternidad Monástica Virtual

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Análisis del mundo moderno

Todas las civilizaciones precedentes han tenido un medio de relacionarse con el más allá de la muerte. La realidad de la muerte ha estado presente en su cultura y han adoptado diferentes ritos o ceremonias que eran la manifestación exterior, a nivel social, de la dimensión espiritual en la concepción de la vida de sus habitantes y de su relación personal con el mas allá.

El hombre moderno, librado al ídolo de la razón y entregado a una concepción de la realidad materialista en la que solo es aceptado lo que puede ser constatado empíricamente, vive bajo el peso del sin sentido existencial en un mundo regido por el caos donde cualquier desgracia le puede suceder en cualquier momento y se ve abocado a llevar una vida que se convierte en una constante huida de la realidad de la muerte y de su angustia vital consecuencia de su interpretación materialista de la realidad…

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Homilía del Padre José – 4° Domingo de Cuaresma – Ciclo A .

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Posibilidades de interpretar la figura de San José

Enviado por el Hno Gabriel de Sta. María de la Fraternidad Monástica Virtual

Las posibilidades de interpretar la figura de San José son muy ricas. Es oportuno llamar la atención sobre la manera en que capto este personaje Santa Teresa la Grande, de formadora del Carmelo en el siglo XVI. Antes de Santa Teresa el culto de San José no parece que fuera vivo y estuviera divulgado de modo especial; de todos modos, no lo era tanto como por ejemplo, el de San Juan Bautista y los apóstoles. Santa Teresa fue capaz de percibir en plenitud la singular relación de este personaje con el estilo de vida contemplativa, de la que ella misma fue expresión magnífica.

(…) Desde  el siglo XIX predomina en la Iglesia, tanto en su magisterio como en su liturgia, otro modo de interpretar a San José. No se acentúa tanto el rasgo contemplativo, sino más bien su papel social. En primer lugar San José es la cabeza de la familia de Nazaret, y ya se sabe que la familia es la célula elemental de toda la sociedad, nación, Estado o Iglesia. En segundo lugar al ser su cabeza, trabaja para su sustento y para sostener la familia con el trabajo de sus manos. El Evangelio, en varias ocasiones señala que era artesano, carpintero, y que pertenecía, con su familia, a la clase de hombres pobres. El personaje y la figura de San José Obrero en papo tanto, en los últimos tiempos, a la misma liturgia, que incluso logró desdibujar el culto de la paternidad de San José dentro de la familia Nazaretana, con la consecuencia de su calidad de tutor de Jesús y también de padre de la Iglesia.

San José, que fue durante su vida en la Tierra el tutor de Cristo histórico, tiene que ser ahora necesariamente el tutor del Cristo místico, esto es, de la Santa Iglesia. Este magnífico pensamiento litúrgico, tomado de la antigua fiesta que se celebraba el miércoles de la tercera semana de Pascua de Resurrección (con octava), lleno de profundidad y a la vez de singular sabor litúrgico, ha sido relegado a un segundo plano ante el papel social de San José. Vemos, pues, que la Iglesia está renovando constantemente la lectura de este personaje y que no cesa de hallar en el nueva franquezas que no son conocidas, mejor, no reveladas desde el principio, pues la historia de la humanidad ayuda también a esta comprensión.

En una segunda parte de esta meditación conviene reflexionar sobre el problema del hombre. La persona de San José nos proporciona una oportunidad y materiales singulares. San José es uno de los muchos hombres que aparecen en el Evangelio. Todos están relacionados, de diversa manera, con Cristo el Señor. Unos están de parte de Jesús, otros en contra; pero todos, dibujados concisa y fragmentariamente, tienen en el Evangelio plena vitalidad, no son comparsas sino actores del drama evangélico. En esto, entre otras razones, está la perfección del Evangelio como obra literaria.

Entre los que están de parte de Jesús descuellan particularmente los Apóstoles, a quienes vemos formando grupo, dentro del cual se distinguen algunas personalidades. Los  Apóstoles tienen en el Evangelio un determinado y claro destino: han sido llamados a la misión socio-religiosa de establecer y organizar la Iglesia, continuando así la obra de Jesús. Por razón de esta vocación apostólica, encontramos entre ellos y Juan el Bautista cierta semejanza, este como predecesor de Cristo, realiza un papel apostólico – social religioso también, aunque en otro plano distinto del de los Apóstoles. Este grupo de personas ligadas muy de cerca la persona de Cristo, nos permite en cierto modo ver y apreciar el papel del hombre en el Evangelio y en el Reino de Dios, en la Iglesia.

 (…) En todo caso y considerando el problema del hombre en el Evangelio – e indirectamente en la Iglesia, en el Reino de Dios en la tierra – a través de las personas de los Apóstoles y de San Juan el Bautista, podemos deducir que tuvieran los rasgos que hemos señalado arriba. La persona de San José cierra este cuadro. El  caso es significativo. Ella es un personaje único, que, confrontado con los anteriores, les aventaja en proporciones muy notables. El Evangelio destaca con decisión los rasgos masculinos y la función también masculina de José, esposo de la Virgen María y padre de su Hijo. Él es el defensor, y antes que nada el tutor de la persona de Cristo. Está cualidad de tutor, de padre, nos parece, no sólo la primera si lo más fundamental que toda la actividad exterior social y organizativa de que venimos hablando. El Evangelio nos sugiere esta jerarquía. El problema se nos muestra en dos vertientes al menos: una la de los Apóstoles y Juan el Bautista y otra la personalidad de San José.

Conjuntando ambas vertientes obtenemos la total personalidad (plenitud) del hombre. El  hombre debe ser no solamente social organizador propagador y defensor de una idea sino además padre y tutor de todo esto de otra forma no realiza en sí mismo está total plenitud moral de su personalidad masculina.

La personalidad de San José tiene un peso específico muy considerable en el Evangelio, y el tipo de hombre que configura su persona, en sí, nos señala, no solamente la disposición natural de las fuerzas y relaciones reinantes en la vida humana, sino también esa otra disposición de fuerzas y relaciones dominantes en el Reino de Dios en la tierra, en la Iglesia. La Iglesia, en su configuración externa, es la organización, la sociedad transparentemente organizada; pero en su interior es la familia de Dios, gracias a su comunidad de cines y a su vida sobrenatural. Por lo mismo, toda su actividad externa, socialmente organizada por el hombre dentro de la Iglesia, debe estar impregnada del espíritu de paternidad o tutela. En  caso contrario esa actividad, a pesar del posible esplendor externo, se realizaría dentro de un vacío interior. Atendiendonos, pues, al problema del hombre en su totalidad y en el Evangelio, deberíamos pensar igualmente en cierta paternidad de los Apóstoles y en cierto apostolado en San José. En consecuencia puede decirse que, en la Iglesia se es apóstol, cuando se es a la vez tutor y padre. Solamente entonces se cumple en pleno sentido de la palabra la misión en el Reino de Dios en la tierra.

(…) Es indudable que la persona de San José, meditada la luz del amplio contexto evangélico, puede conducirnos ciertamente a una confrontación con la vida actual. Antiguamente se puso el acento en sus relaciones con las almas contemplativas. Pero también contiene los rasgos que le hacen modelo del hombre contemporáneo aprisionado por sus tareas y obligaciones.

Extracto  artículo semanario de Cracovia el día 20 de marzo de 1960 por el entonces obispo auxiliar, Karol Wojtyla .

Del libro de Francisco Canals Vidal San José patriarca del pueblo de Dios. Balmes. Barcelona, 1994 página 278 y siguientes

Homilía del Padre José para el Día de San José

Link a Vídeo “El Hacedor de estrellas” en El Santo Nombre

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El Santo Nombre

“La Oración de Jesús, iniciación a la práctica” – Audios –

Comunidad de oración – Respuesta al Covid-19

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La persona más feliz del mundo

Una mañana de verano del año 2004 me encontraba en casa preparándome para ir al trabajo. Mi “mujer” bajó al salón en donde yo me encontraba desayunando un café. Se sentó a mi lado y me dijo con cierto control emocional, como quien sabe perfectamente lo que hace y dice:

– “Sergio, no soy feliz, me voy a casa de mis padres.”

Me pilló por sorpresa, al principio pensé que quería ir a casa de sus padres simplemente ese día para desahogarse, luego comprendí que era para no volver. Yo contesté nervioso, pues me encontraba casi saliendo por la puerta:

– “Espera a que vuelva del trabajo y lo hablamos tranquilamente, seguro que hay una solución a nuestro problema.”

Me fui a trabajar y a la vuelta, por la tarde de ese mismo día, ya no estaba en casa. Nunca volvió.

Envié flores, fui a casa de sus padres, la llamaba casi todos los días, hice de todo de manera desesperada hasta que comprendí que se acabó.

Ahora mismo recuerdo con claridad ese instante: “Sergio, no soy feliz.”

Como para mí el matrimonio es importante y visto mi fracaso tras apenas año y dos meses, empecé un proceso de nulidad que culminó con la constatación civil y eclesiástica de que no había habido tal.

Ahora estoy casado con una mujer que me soporta mucho y me ama más; con cuatro hijos que no dejan de mantenerme ocupado.

¿Puedo decir que estoy felizmente casado? Depende del día.

¿Qué nos hace felices e infelices?

El gran Sócrates en uno de sus diálogos “El Gorgias” plantea la siguiente pregunta a sus discípulos:

– ¿Quién es el hombre más feliz del mundo?

Uno de sus discípulos sorprendido contesta:

– Hombre, Sócrates, esa pregunta es fácil, ¿cómo nos la haces de una manera tan simple? El hombre más feliz el mundo es el tirano.

Sócrates queda a su vez pasmado:

– “Vaya, amigo, así que el tirano, y ¿qué te hace responder que el tirano es el hombre más feliz del mundo?”

– Fácil, muy fácil, porque hace lo que quiere.

En este momento Sócrates parece no creer lo que oye, y se da cuenta de que todo el mundo admitiría esa afirmación, pero con su gran profundidad de análisis y con gran sutileza en las palabras, contesta:

– Cierto, hace lo que quiere, pero no hace lo que desea.

Este es el gran giro maestro del filósofo.

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La homilía del Padre José – 2° Domingo de Cuaresma

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De qué forma el espíritu penetra en el corazón

Os diré ahora… como debéis guardar vuestro espíritu, es decir, el acto (energía) de vuestro espíritu y vuestro corazón. Sabéis que todo acto mantiene una relación natural con la esencia y la potencia que lo ejercita y que (una vez ejecutado) retorna naturalmente hacia ella para unírsele y reposar. Por eso una vez que se ha liberado el acto del espíritu – que tiene por órgano al cerebro – de todos los objetos exteriores del mundo por medio de la guardia sobre los sentidos y la imaginación, deberéis llevar nuevamente este acto (energía) a su esencia y a su potencia propia. En otros términos llevaréis el espíritu al centro del corazón -que es, como hemos dicho, el órgano de la esencia y de la potencia del espíritu- y contemplaréis entonces, mentalmente, al hombre interior en su integridad. Esta conversión del espíritu, los principiantes acostumbran practicarla, según la enseñanza de los santos Padres «sobrios», inclinando la cabeza y apoyando el mentón sobre el pecho. Que el retorno del espíritu al corazón esté exento de desviaciones.

Dionisio el Areopagita, en su pasaje sobre los tres movimientos del alma, llama, a esta conversión, el movimiento circular y sin desviación del espíritu. Del mismo modo en que la periferia del circulo vuelve sobre ella misma y se une a ella misma, así el espíritu, en esta conversión, vuelve sobre si mismo y se hace uno. Por eso Dionisio, el más excelente de los teólogos, ha dicho: «El movimiento circular del alma, consiste en su entraña en ella misma por el desprendimiento de los objetos exteriores y en la unificación de sus potencias intelectuales, la que le es conferida por su ausencia de desviación, como en un circulo» (Noms divins, cap. 4). Por su lado, el gran Basilio nos dice: «El espíritu que no está disperso entre los objetos exteriores ni extendido sobre el mundo por los sentidos, vuelve hacia si mismo y sube por si mismo hacia el pensamiento de Dios» (Carta 1).

El espíritu, una vez en el corazón, no se detenga solamente en la contemplación, sin hacer nada más. Allí encontrará la razón, el verbo interior gracias al cual razonamos y componemos obras, juzgamos, examinamos y leemos libros íntegros en silencio, sin que nuestra boca profiera una palabra. Que vuestro espíritu, entonces, habiendo encontrado el verbo interior, sólo le permita pronunciar la corta oración llamada monológica: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, tened piedad de mí».

Pero esto no basta. Debéis, además, poner en movimiento la potencia volitiva de vuestra alma, en otros términos, decir esta oración con toda vuestra voluntad, con toda vuestra potencia, con todo vuestro amor. Más claramente, que vuestro verbo interior aplique su atención, tanto con su vista mental como con su oído mental, a esas únicas palabras, y mejor aún, al sentido de las palabras. Así, permaneciendo sin imágenes ni figuras, sin imaginar ni pensar ninguna otra cosa, sensible o intelectual, exterior o interior, se producirá algo bueno. Pues Dios está más allá de todo lo sensible y lo inteligible. Por lo tanto, el espíritu que quiere unirse a Dios por la oración debe salir también de lo sensible y de lo inteligible y trascenderlo para obtener la unión divina.

De allí, las palabras del divino Nilo (Evagrio): «En la oración, no te figures la divinidad, no dejes a tu espíritu sufrir la impronta de una forma cualquiera, permanece en cambio, inmaterial ante el Inmaterial, y tú comprenderás» (Acerca de la oración, 56). Que vuestra voluntad se aplique enteramente, por el amor, a las palabras de la oración, de ese modo vuestro espíritu, vuestro verbo interior y vuestra voluntad, esas tres partes del alma, serán uno y la unidad comprenderá a los tres. De este modo el hombre, que es la imagen de la santa Trinidad, adhiere y se une a su prototipo. Según la expresión de ese gran héroe y doctor de la oración y de la sobriedad mental, Gregorio Palamas de Tesalónica: «Cuando la unidad del espíritu se hace trinitaria permaneciendo una, entonces se une a la mónada trina de la divinidad, cerrando toda salida a la desviación, manteniéndose por encima de la carne, del mundo y del príncipe del mundo» (Acerca de la oración, 2).

De Nicodemo el Hagiorita en Filocalía

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Tres formas de afrontar una crisis

Excelente selección de textos

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Ven y ayuda mi poca fe.

Aleja la duda de tu alma, y nunca temas dirigir a Dios tu plegaria, diciéndote: «¿Cómo podría yo orar, cómo podría yo ser escuchado, después de haber ofendido tanto a Dios?» No razones de esta manera; sino vuélvete al Señor con todo tu corazón, y órale con plena confianza. Conocerás entonces toda la extensión de su misericordia; verás que, lejos de abandonarte, colmará los deseos de tu corazón. Porque Dios no es como los hombres que se acuerdan del mal; en él no hay ningún resentimiento, sino una tierna compasión hacia sus criaturas. Purifica, pues, tu corazón de todas las vanidades del mundo, del mal y del pecado…, y ora al Señor. Lo alcanzarás todo…, si haces tu oración con total confianza.

Texto enviado por Hno. Gabriel de Sta. María

El Pastor Hermas (siglo II)

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Comentario a la película “Ostrov”

La película rusa OCTROB (La isla) es una obra maestra del arte cinematográfico. De temática religiosa, es un film que provoca la oración. De difícil acceso, su interpretación hay que hacerla también en clave orante y hasta, quizás, es menester sumergirse en su ethos místico para lograr descifrarla acabadamente.
La trama permanecerá apenas oculta a lo largo de todo el roadaje. Mas, aunque su argumento pueda aparecer claro hacia el final -la théosis de un hombre en apariencia loco, o más preciso “bromista”- esto no significa que el mensaje central de la obra podamos asirlo y empaquetarlo, como si se tratase exactamente de una película más. De hecho, a medida que uno más veces la contempla, más y nuevas noticias se descubren. No interesa saber quién es su director y cuál haya sido la inspiración del mismo al escribir su magnífico guión para animarse el simple aficionado al buen cine a sacar sus conclusiones, o al menos intentar explicar el sentido del mismo. Sea como fuere, dado que he mirado dicha película ya varias veces, me arriesgaré a compartir algunas intuiciones.

La obra rusa en cuestión es un ascenso místico. Una redención del tenor de obras como la de aquellos otros inmensos rusos de la literatura -Dostoievsky y Tolstoi- que gustan de patentizar en sus escritos. En necesario prestar suma atención a todos los detalles del film, aunque nos parezcan algunos tal vez demasiado nimios o insignificantes. Hay que verla con “muchos ojos” y atesorar todo lo que va aconteciendo desde el principio hasta el fin. Puesto que todo en la película significa algo, señala algo, sugiere algo. Desde la música, pasando por los colores y las tomas de los paisajes, hasta las acciones de todos sus personajes y los trascendentes diálogos entre ellos. Todo es elocuente, aún las pausas de silencio, y nada se puede echar por tierra por mera distracción.


Pero volviendo a la primera idea, este ascenso comienza a desvelarse en la primera imagen del relato: la caldera de fuego ardiendo. El protagonista -Anatoly- no es más que un pobre muchacho, enfermizo y raro, cuya labor es ser carbonero. Sí, en esta primera escena se ve el estado de su vida -en el fondo, de su propia alma : el infierno. Miserable como es en donde se encuentra, muy pronto se lo verá lloriqueando en una actitud cobarde y deplorable, traicionando a su supuesto amigo y capitán -Thikon Petrovich-, para finalmente darle un tiro de puro miedoso y vil; y todavía más, regocijarse luego como un lunático de semejante crimen hecho a su camarada y a su patria. Así se muestra a las claras como un ser desgraciado que se merece lo peor; tanto que la explosión ulterior del barco repleto de carbón donde Anatoly había quedado sólo y con vida, vendría a ponerle un justo fin a ese mozalbete canalla y chillón.

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Texto enviado por el Hermano Pablo Rafael, miembro activo de la Fraternidad Monástica Virtual, de Mendoza en Argentina.

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A propósito de la gracia y el esfuerzo

De un Angelus de 2012

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de hoy nos propone dos breves parábolas de Jesús: la de la semilla que crece por sí misma y la del grano de mostaza (cf. Mc 4, 26-34). A través de imágenes tomadas del mundo de la agricultura, el Señor presenta el misterio de la Palabra y del reino de Dios, e indica las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso.

En la primera parábola la atención se centra en el dinamismo de la siembra: la semilla que se echa en la tierra, tanto si el agricultor duerme como si está despierto, brota y crece por sí misma. El hombre siembra con la confianza de que su trabajo no será infructuoso. Lo que sostiene al agricultor en su trabajo diario es precisamente la confianza en la fuerza de la semilla y en la bondad de la tierra. Esta parábola se refiere al misterio de la creación y de la redención, de la obra fecunda de Dios en la historia. Él es el Señor del Reino; el hombre es su humilde colaborador, que contempla y se alegra de la acción creadora divina y espera pacientemente sus frutos.

La cosecha final nos hace pensar en la intervención conclusiva de Dios al final de los tiempos, cuando él realizará plenamente su reino. Ahora es el tiempo de la siembra, y el Señor asegura su crecimiento. Todo cristiano, por tanto, sabe bien que debe hacer todo lo que esté a su alcance, pero que el resultado final depende de Dios: esta convicción lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles. A este propósito escribe san Ignacio de Loyola: «Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios» (cf. Pedro de Ribadeneira, Vida de san Ignacio de Loyola).

La segunda parábola utiliza también la imagen de la siembra. Aquí, sin embargo, se trata de una semilla específica, el grano de mostaza, considerada la más pequeña de todas las semillas. Pero, a pesar de su pequeñez, está llena de vida, y al partirse nace un brote capaz de romper el terreno, de salir a la luz del sol y de crecer hasta llegar a ser «más alta que las demás hortalizas» (cf. Mc 4, 32): la debilidad es la fuerza de la semilla, el partirse es su potencia. Así es el reino de Dios: una realidad humanamente pequeña, compuesta por los pobres de corazón, por los que no confían sólo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios, por quienes no son importantes a los ojos del mundo; y, sin embargo, precisamente a través de ellos irrumpe la fuerza de Cristo y transforma aquello que es aparentemente insignificante.

La imagen de la semilla es particularmente querida por Jesús, ya que expresa bien el misterio del reino de Dios. En las dos parábolas de hoy ese misterio representa un «crecimiento» y un «contraste»: el crecimiento que se realiza gracias al dinamismo presente en la semilla misma y el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce.

El mensaje es claro: el reino de Dios, aunque requiere nuestra colaboración, es ante todo don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si se suma a la de Dios no teme obstáculos, porque la victoria del Señor es segura. Es el milagro del amor de Dios, que hace germinar y crecer todas las semillas de bien diseminadas en la tierra. Y la experiencia de este milagro de amor nos hace ser optimistas, a pesar de las dificultades, los sufrimientos y el mal con que nos encontramos. La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios. Que la Virgen María, que acogió como «tierra buena» la semilla de la Palabra divina, fortalezca en nosotros esta fe y esta esperanza.

Extraído de: Angelus del 17 de junio del 2012

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La comunión con Cristo es libertad

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