El caso de la visión interior

San Agustín y los sentidos espirituales

“Si uno no se vuelve espíritu, no podrá comprender el sentido último y verdadero contenido en las palabras de la Escritura. O bien, dicho a la inversa, es imposible colegir con una mirada puramente sensible el significado recóndito que encierra el texto sagrado; por mucho que alguien se esfuerce, si no se ha purificado del apego a lo sensible, no comprenderá.

Para Orígenes, la culminación de este ascenso está sintetizada en la categoría de los perfectos (τέλειοι), quienes han recibido al λóγoς divino, antes o después del advenimiento de Cristo17. La diversidad del mensaje bíblico es concebida de manera unitaria en virtud de su contenido cristológico porque, si bien los profetas desconocieron al Cristo encarnado, ellos captaron en cambio la presencia inteligible del λóγoς divino y su consecuente identificación con la mente de Cristo. Orígenes insiste en el hecho de que solo los perfectos poseen los sentidos espirituales agudizados mediante el ejercicio del discernimiento, por haber purificado hasta el extremo los ojos del entendimiento, destinados por naturaleza a distinguir la verdad y a contemplarla directamente en su interior18.

Por tales motivos, el ejercicio de los sentidos espirituales no representa una mística de índole puramente intelectual, pues el camino del ascenso del alma culmina en una transformación para la vida bienaventurada19. La fecundidad de esta doctrina radica en el hecho de que el camino privilegiado para conocer a Dios encuentra en el amor su fuente y cumplimiento20. En un pasaje por demás expresivo, en virtud de las evocaciones que suscita, Agustín de Hipona justiprecia el primado del amor en el desenvolvimiento de los sentidos espirituales. Dios mismo, objeto supremo del querer, se torna susceptible de ser percibido por el hombre interior en el marco de una experiencia profundamente intuitiva, bien que a una unión como esta le corresponde una intensidad tan sólida que lo captado en ella no se encuentra afectado por las categorías propias de la dimensión espacio-temporal, es decir, de la extensión y la sucesión. Dice:

“Y sin embargo amo una especie de luz, de voz, y de fragancia y de alimento y de caricia, cuando amo a mi Dios, que es luz, voz, fragancia, alimento y caricia del hombre mío interior, donde resplandece a mi alma lo que el espacio no contiene; resuena lo que no arrebata consigo el tiempo; exhala sus perfumes lo que no se lleva el viento; saborea lo que no se consume comiendo, y donde la unión es tan firme que no la disuelve el hastío. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios”21.

Extraído de Scielo

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