La relación personal con el Señor

De intercambios por mail con el Padre espiritual

La Presencia de la que usted tanto nos ha hablado ¿es una relación personal con el Señor? ¿Como mejorarla e incentivarla?

La relación personal con El Señor es lo que permite un acercamiento primero y una percepción, después, de la Sagrada Presencia.

Cuando con frecuencia invocamos a Jesús, cuando lo buscamos en los diversos acontecimientos que nos van sucediendo y cuando finalmente, de tanto elevar nuestro pensamiento hacia Su voluntad, nos abandonamos a Él, su gracia se nos hace evidente. Percibir la Presencia de Dios se hace cuestión cotidiana.

En realidad, Dios está presente de continuo en nuestras vidas.

Pero Su presencia es suave, fresca y no invasiva. Por ello, al atender a otras cosas −deseos de cosas en el mundo o al identificarnos con los pensamientos− nos pasa desapercibida.

Hemos acostumbrado nuestros sentidos a los placeres y deleites varios, a los objetos, a la figura de las personas, a la curiosidad sin freno. Es como si nuestra percepción estuviera anestesiada, obnubilada para advertir lo que es claro y transparente.

Nos guía la pesadez, como personas y sociedad.

Para fortalecer nuestra relación personal con Jesús, basta tenerlo de continua referencia. Tomarlo como criterio en todas las decisiones posibles. Consultarle ante la duda, pedirle gracia en la flaqueza, agradecerle cada bendición que se presenta en nuestra vida, nos acerca cada vez más.

No hay mejor manera que la que empleaba el Hermano Lorenzo −según recordarás del pequeño librito−, que le hablaba a todas horas. Dialogaba con Jesús desde la mañana a la noche. Lo incluía en su mundo mental incluso en las cosas y decisiones que pueden parecer triviales.

Hay algo de paradoja en esto de la relación personal. Ya que nos acercamos a Dios, como la polilla a la llama, para finalmente fundirnos en Él. Es decir, que uno entabla una relación con El Señor sabiendo que lo que busca es el abandono en Él, lo que implica la humildad o resignación del yo personal.

Pero esa etapa última de la vida espiritual no nos compete por ahora, solo acrecentar y fortalecer esa relación íntima con Jesús. Al despertarse, consagrar el día a Él y pasarlo en Su compañía.

Este acompañamiento al principio puede parecer solo un deseo o pensamiento, un “hacer como” si Jesús estuviera a mi lado. Pero poco a poco esto deja de ser una imagen mental o una representación para hacerse Presencia viva donde, de modo verdaderamente personal, Dios se manifiesta a nosotros y en nosotros.

Hay que tener paciencia y sobre todo orar lo más frecuentemente posible. Y también, buscarlo en cada cosa. Ante un hecho cualquiera que requiera nuestra atención, buscar suavemente, mientras se actúa, como si fuera de reojo, la presencia de Jesús.

Esto es muy personal −la forma en que El Señor se manifiesta a cada quién−. En mi caso, suele conectarme con esa Presencia la manifestación de la belleza en la naturaleza, en los ciclos de la jornada, en los pájaros, en las tonalidades de luz que entran por la ventana, en el silencio, en la escucha de mis propios pasos, en la contemplación del icono. Y, por supuesto, en la Eucaristía y en la capilla cuando puedo orar en medio de ella.

Y así de modos innumerables en cada persona.

Muchas veces la presencia de Jesús se me hace evidente por movimientos del alma. Si esta se había endurecido o agriado, de pronto viene la dulzura y la paz, y uno siente que El Señor lo calma y acompaña. A veces los pensamientos se oscurecen y, como desde dentro de esa negrura, surge la luz y la claridad. Como verás, esto es muy personal y subjetivo.

Ante la ansiedad, el temor, la confusión, etc., uno debe preguntarse: ¿Qué me diría Jesús si acudiera para darme consejo o ayuda? Y atender a la respuesta que no será pensada sino inmediata, espontánea. Sólo hay que estar vigilante para escuchar esta suave pero certera respuesta.

Las más de las veces nuestro ego no querrá escuchar, no le gustará la respuesta. Allí pedir la fuerza para seguir adelante con la acción justa, con el hacer correcto y cristiano.

Paciencia y perseverancia, saber que El Señor está, sólo que no he aprendido a percibirlo en cada momento en lo cotidiano. En esto, como en todas las cosas, hace falta algo de tiempo.

Texto propio del blog

“La Práctica de la Presencia de Dios”

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El Nombre de Jesus y su poder salvifico

Paradójicamente, el tener conciencia de la propia miseria es todo un don, que nos acerca a la bienaventuranza. El que es consciente de su pecado, egoísmo y bajeza, se da cuenta de la condición humana.

Esto permite que pidamos perdón y que tratemos de enmendarnos y así, muchas veces en la vida.

La santidad no es más que la estricta aplicación de las enseñanzas de Jesús. Cuando alguien ha sido verdaderamente cristiano, termina en los altares. No parece nada fácil. Quizá debamos conformarnos con la fe profunda en la misericordia de Dios.

Involucrar completamente la propia vida, cada uno de los actos, en seguir el Evangelio, nos acerca a la posibilidad de la santidad.

La oración de Jesús es un camino que nos va elevando al Cielo. Cuando la recitamos, sea con la mente, el corazón o los labios o en armonía entre esas tres partes de nosotros, el Espíritu Santo ora en nosotros. Nadie puede decir el nombre de Jesús sin ser impulsado a ello por el Espíritu.

De tal manera, por más míseros que nos percibamos o por más indignos de la misericordia que nos consideremos, si el Paráclito nos ha impulsado a nombrar a Jesús… estamos salvados.

La profundidad de la mística del Nombre del Señor, se fundamenta en su poder salvífico, nadie va al Padre sino por Él. Como dijimos hace tiempo en algún escrito y como lo refrendan muchos espirituales en la historia de la Iglesia:

“El Nombre de Jesús es en sí misma, misteriosamente, Su presencia.”

“En sí mismo el Nombre de Jesús, es la garantía de la salvación”.

¿Cómo podría condenarse quién Lo nombra?

Por supuesto enmendar nuestras faltas, ser fieles al Evangelio, acudir con frecuencia a los sacramentos, etc. son siempre necesarios. Pero en cierto modo, la repetición del Nombre nos trae a Aquél que invocamos.

Si estamos en Su presencia… ¿Qué puede pasarnos?

Si bien todos estamos llamados a ser santos (buenos cristianos) nos bastará con pretender la misericordia del Señor en medio de un aprendizaje constante. En cada caída levantarse. En cada duda abrazar la fe.

Conscientes de nuestra pequeñez e indignidad, pero aferrados a la promesa redentora de la resurrección de Jesús, peregrinamos confiados hasta el hogar definitivo, repitiendo sin cesar:

“Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí”.

Texto propio del blog

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