El cedro junto a las aguas

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“Antonio tiene treinta y cinco años. Ha probado sus fuerzas. Sabe que la omnipotencia de Dios está con él. Ahora experimenta la necesidad de internarse en el desierto. Es el paso definitivo. Abandona a su anciano maestro, que no quiere acompañarlo. Atraviesa el río, penetra en el gran desierto, sube a la región montañosa y se instala en un fuerte abandonado. Una fuentecita le procura agua. Se alimenta de galletas tebanas que ha llevado consigo y que sus amigos seguirán procurándole de tarde en tarde.

En este paraje desierto transcurren veinte años de su vida, años misteriosos en que nadie logró verle, aunque sus amigos lo llamaran muchas veces. Sólo se sabe que libraba grandes combates con los demonios, furiosos al ver invadidos sus reales. Los que intentaban visitarlo, decían haber oído a través de la puerta grandes voces: «¡Vete de nuestros dominios! ¿Qué tienes que ver con el desierto?» Sólo los demonios podían expresarse así; nadie lo ponía en duda.

Al término de esta tercera etapa, Antonio tiene cincuenta y cinco años. Recibe el don de la paternidad espiritual. Ya es el perfecto «hombre de Dios», un carismático capaz de curar a los enfermos, consolar de verdad a los afligidos y engendrar hijos para la vida espiritual. Su celda se convierte en lugar de peregrinación. Se ve rodeado de una multitud de discípulos. Se forma una colonia de ermitaños, que Atanasio nos pinta como un «verdadero idilio monástico»:

«Había en la montaña tabernáculos llenos de coros divinos de hombres que cantaban salmos, estudiaban, ayunaban, oraban, exultantes en la esperanza de los bienes venideros y trabajando para hacer limosna. Reinaban entre ellos el amor mutuo y la concordia. En verdad era dado contemplar una región aparte, de piedad y de justicia. Nadie conocía ni sufría la injusticia; nadie se quejaba allí del colector de impuestos; una muchedumbre de ascetas tendía con un mismo esfuerzo hacia la virtud.

Viendo las cabañas de los monjes no se podía menos de exclamar: “¡Qué bellas son tus tiendas, oh Jacob! ¡Qué bellos tus tabernáculos, Israel!’ Se extienden como un amplio valle; como un jardín a lo largo de un río; como áloe plantado por Yahvé; como cedro que está junto a las aguas» Se diría que nos hallamos en un mundo nuevo, cuyos habitantes viven ya la vida de la ciudad celeste. Acaba de inaugurarse, según Atanasio, el monacato del desierto.

Gracias a sus discípulos e imitadores, San Antonio se convierte en fundador de un movimiento espiritual destinado a una celebridad incomparable. El desierto se puebla de monjes y se fundan numerosas colonias monásticas…”

Extraído de pags. 59 y 60 de “El monacato primitivo” de García M. Colombás

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