Unos pocos fundamentos

Soledades

Quisiera unas pocas pautas para guiarme en la jornada, unas nociones básicas que me orienten desde la base, para mantenerme y crecer en la vida espiritual.

Un aspecto fundamental es el inicio de tu jornada, y de esto, la disposición con la que la iniciamos. Ya desde los primeros tiempos de la vida monástica, se advirtió la necesidad de ubicarse adecuadamente para acometer las tareas, fueran estas de vida apostólica como de contemplación.

Esta ubicación es espiritual, se refiere al emplazamiento desde el cual se va a vivir la experiencia del día. Alude al “desde donde” actuaré, al origen y a los motivos de mis movimientos. Al principiar el día pesa mucho el cuerpo, nos ofrece resistencia, quiere continuar en su letargo. Por eso es importante levantarse mediante una acción enérgica y efectuar una vigorosa higiene que nos despabile.

Algunos padres recomendaban efectuar algunos movimientos de estiramiento o de gimnasia adecuados a cada cual, para que el organismo se vigorizara y se dispusiera con un buen tono vital. En todo caso, ya en estos preliminares de higiene y movimiento ha de ir la oración nutriendo de gracia al alma. Toda oración es acción de la gracia al tiempo que la convoca.

Mediante la oración de Jesús en nuestro caso o con la devoción particular que a cada quién convenga, toda jornada debe comenzar con la oración y mediante esta se va encontrando la disposición correcta. Este predisponerse radica básicamente, en una actitud de entrega a lo que la voluntad de Dios quiera para nosotros hoy. Una conciencia de nuestra relación de hijos, una actitud de agradecimiento por el don de la existencia y un propósito de actuar con nuestra mejor posibilidad.

Es importante que iniciemos nuestras tareas con la conciencia de la existencia de Dios. Eso sintetiza el disponerse adecuadamente. El recuerdo de Dios pone todo en perspectiva; da la medida para todas las cuestiones y sobre todo, sitúa mi propia persona en la proporción que tiene.

En segundo lugar es necesario atender al plano de la relación con nuestro prójimo. Sean estos los hermanos del monasterio o cualquier otra persona con la que me toque interactuar. Debo recordar la actitud de Jesucristo, su enseñanza y su mansedumbre. Puedo prepararme para que todo lo que haga relacionándome con los demás, esté teñido de este anhelo de imitación del Cristo.

Los demás no están ahí para servirme o para agradarme haciendo lo que a mí me resulta preferible, sino que por el contrario, son una oportunidad para ejercer actos de desprendimiento y de ayuda. Mediante la relación con los hermanos ejercito el Evangelio, lo trato de encarnar en mi persona. Es con quienes me rodean donde crece o decrece la coherencia de vida. En esto, mejor escuchar que hablar, mejor dar que pedir, estar atentos a poner los propios dones al servicio de lo necesario en cada momento.

Estar pronto para disculpar y para disculparse, abierto a superar interiormente lo que me molesta y no intentar que cambie lo exterior para contentarme. En ese sentido, la alegría serena que nace de una buena disposición del ánimo, es un excelente regalo que puedo hacer allí donde me encuentre.

Un tercer pilar de la jornada lo constituye la comunión, la misa y toda acción litúrgica en la que pueda participar. Aquí es menester poner atención. Estar por completo atento a lo que dice el oficiante, a las lecturas, a la recitación de los salmos. A veces comentamos con pena lo “mal” oficiada que esta una misa o el escaso fervor del recitante, sin darnos cuenta que si pusiéramos la atención debida, lo sagrado de cada oficio se nos manifestaría sin dificultad.

Al margen del oficiante, del modo que tengan los hermanos e incluso más allá de lo bien llevada que esté una liturgia, es en mi interior donde se efectúa la ofrenda y es a partir de las condiciones dadas desde donde ofrezco mi oblación. Este o aquel modo me resultará mas afín a mi particular manera, pero eso nada dice de lo sagrado que allí se muestra y que puede evidenciarse al calor de mi corazón atento.

Así es que el recuerdo de Dios, en cuanto a conciencia de su existencia que se manifiesta por doquier en lo que vemos; el permanecer dispuestos a practicar la norma evangélica en nuestra relación con todos y la atenta participación en la liturgia cotidiana son una base sobre la cual puedes apoyarte para cultivar el crecimiento espiritual. Y estos tres fundamentos es bueno recordarlos al iniciar el día, predisponerse a su seguimiento.

Solo agregaría tres consideraciones más que reconozco como de mucha utilidad: Intenta llevar la unción propia de los actos ceremoniales y litúrgicos, hacia las actividades que efectúes cualesquiera sean, procurando ser calmo, ordenado y cuidadoso.

Busca la oración continua mediante la repetición constante en tu mente de una frase que te sea muy querida y que entrañablemente te mantenga unido con Aquél a quien amamos. Y no dejes de efectuar cada día alguna lectura espiritual, que te permita permanecer en comunión con aquellos que antes que nosotros, han recorrido el camino hacia la celda interior.

Invoco a Jesucristo, para que crezca en todos la paz del corazón.

Texto propio del blog

Desde la ermita

Imagen extraída de: Soledad en Alaska 

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