Pax

Carmelite Hermits

Querida hija, consagrada a Cristo.

Quiera el Señor darte cobijo y dejarte sentir Su presencia.

El invierno se presenta duro y dificulto que pueda visitar vuestro monasterio hasta bien entrada la primavera. Pero a no menguar la fe, que la distancia es solo corporal, y al crecer esta parecieran acercarse nuestras almas.

No me detendré sino muy brevemente en los temas sobre los cuales pides mi consejo. Mas bien intentaré transmitirte mi experiencia sobre aquello que todos tienen en común:

La dependencia del ánimo.

Esclavitud de las circunstancias es lo que reconoce mi espíritu avejentado en todo lo que me participas, la misma sustancia constituyente. Es que crees necesitar de esto o de aquello para situarte en la paz.

No me cabe duda de que es nuestro enemigo común el que te tiende la trampa poniéndote zancadilla. Su lazo es la creencia antedicha, esa ilusión fascinante y por doquier extendida ya en aldeas o claustros.

Te digo de cierto, lo único necesario es avanzar hacia la profundidad del encuentro con Aquél a quién amamos. Porque la vida de Cristo en el alma, su reposo en la alcoba del corazón, es ciertamente el requisito indispensable para cualquier plenitud que pretendamos.

¿Quién te ha dicho que la nueva función que te han asignado empañará Su luz?

¿Acaso la nueva Abadesa y sus maneras podrán doblegar tu anhelo y entrega al Esposo, a quién ya te diste en completa renuncia de tus personales voluntades?

Me escribes sobre el relajamiento general que adviertes en la jornada de las hermanas, ¿Desde cuando ello podría afectar el abrazo inefable?

No es esto o aquello lo que te perturba, sino la falta de paz profunda en el centro de tu alma lo que permite que estas cuestiones te inquieten. No te hago un sofisma invirtiendo el orden de las palabras, lo afirmo en verdad, sabes del amor filial que te profeso.

¿Cómo no decirte lo que yo mismo vivo? Cuando Mi Señor rige el aliento que respiro podría caminar sobre la nieve de tan poco que me inquieta el cuerpo. Pero cuando alguna apetencia personal lo expulsa de mi corazón, no hay frío que no me oprima y me doblega cualquier rudeza. Si está conmigo la celda es un palacio y descubro ángeles en las aves.

Miro a mis hermanos atravesando el claustro y me parecen todos penitentes, pero si Su fuego se apaga, el ánimo se me cubre de rigores y escrúpulos vanos y quisiera que todos se alejen y fueran del mundo.

Pero hija, ¿Cómo es que se nos va el Señor? Me temo que lo arrojamos fuera sin saberlo. Él no se impone, permanece.

Cuando me digo que las cosas no deberían ser como son, como Él las ha dispuesto,  sino como quiero; allí nos enseñoreamos y lo pagamos sufriendo. No es un dolor que nos inflige, es lo que nosotros mismos nos causamos.

Desde el ventanuco de mi celda observo al arroyo cada día y lo escucho por las noches, y aunque se hiela por arriba sigue manando por debajo y de él se alimenta el almendro que florecerá mucho antes de la primavera. ¡Que orden maravilloso! No los veo inquietos, son pródigos cada uno siendo lo que son y aceptando la función que tienen delegada.

Pero ni arroyo ni almendro buscan mudar lo que alrededor sucede, están consagrados a ser lo que El Señor quiso que sean. ¿No será eso lo que necesitamos seriamente? No me caben dudas.

Cuando me consagro a lo que me ha puesto delante, cuando trato de hacer perfecto lo poco o mucho que se me ha estipulado, me crece el gozo. Es inmediato el toque de su compañía. Es un roce delicado.

Los ojos se me trucan luces. Me acuerdo entonces que no es el hecho lo luminoso sino Su Gracia que colorea desde dentro. ¡Es tan bueno El Señor!

Escucha, te tomo la mano a la distancia y se lo digo a tu corazón virginal: Si de pronto se entenebreciera tu ánimo, llama a Cristo en silencio y dile que vuelva, que ya está vacante la posada, que no quieres nada, solo a Él. ¡Que no se te apague el corazón!

No te engañes, sirve a todas consolada, no busques nada, Él sabe lo que te va mejor y porque.

Pero tu lo sabes, lo has vivido y devota me lo has contado. No te creas ahora que precisas algo como no sea la luz de Su presencia.

Ah! me dirás… el almendro solo debe florecer anunciando la primavera y el arroyo solo correr nutriendo lo que toca.

Si ¿y nosotros sus hijos? Solo alabar, eso tan solo. Y no vayas a creer que son los salmos, las disciplinas o los ayunos la forma mas excelsa de alabanza. En secreto filial te digo: Es el asombro y la maravilla.

Suelo sentarme en la capilla un buen rato antes de vísperas, me pongo a recordar el día. Extrañamente son las múltiples bellezas las que perduran en mi corazón, no las disidencias.

Así, me ocurre de ir al lecho atesorando la puesta del sol, los matices que los vitreaux pintaban sobre el relicario o la simetría que dibujábamos los hermanos en pos de la sagrada comunión.

No lo dudes hija querida. Nada puede quitarte al Señor del corazón, solo esa costumbre de desear algo distinto a lo que ocurre. Dile: ¡Enséñame a aceptar lo que dispones! ¡Ayúdame a confiar en tus disposiciones!

Recibe mi paternal bendición y recuerda que Él es la fuente de todas las misericordias. ¡Dale todo el amor de tu alma!


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