El Monacato Primitivo

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Pero la vida monástica en el desierto es demasiado dura para que resulte soportable a hombres a quienes no guían sino móviles terrenos. Lo que realmente explica este éxito es el misticismo ardiente, el gusto por la ascesis, el modo heroico de soportar el sufrimiento que distinguían el carácter copto. Y sobre todo la fe que reinaba soberanamente en aquellas almas simples, la piedad que impregnaba todas sus acciones, el sentimiento vivísimo de que Dios, omnipotente y bondadoso, se hallaba cerca, muy cerca de ellos.

Toda su vida estaba dominada por una visión que podríamos llamar natural del mundo sobrenatural. «Cristo, María, los profetas, los santos están tan próximos, son tan familiares, que no puede sorprender que los monjes se los encuentren regularmente, y les puedan preguntar con toda confianza si les parece bien que uno vaya a Chiut o que se lleve Anup al hospital»
.
Resulta natural que en un pueblo cristiano de tales características floreciera exuberante la vida religiosa. El monacato fue en Egipto no sólo un fruto de la sabia y helenista Alejandría, sino del sencillo y ardiente pueblo copto. Fueron estas gentes rústicas, sin educación, las creadoras de las formas monásticas más probadas, los que proporcionaron a la Iglesia el paraíso de los monjes que fue Egipto a lo largo de los siglos iv y v.

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