No resistencia

La paz de la no resistencia

Se estiraban los pasos por el camino, mucho se había caminado y mucho faltaba por caminar aún.

Notamos que el viento aumentaba su velocidad y que era mas fácil dejarse mecer por él que oponérsele.

Hasta disfrutábamos de las ráfagas, del aire golpeando la piel. Se asemejaba a una caricia intensa o a un masaje general; la uniformidad que daba la brisa a todos los sentidos se parecía en mucho al silencio.

Era tan palpable el aire golpeando las carnes, que sentía la vida en todo el cuerpo y si seguía mi rumbo pero sin resistirme al vendaval, se producía una curiosa conjunción entre intención y oposición que me permitía circular a través, como si la providencia me impulsara.

Recordé lo dicho por un amigo cuando del dolor hablábamos: “Lo que mas duele del dolor, es la resistencia que le oponemos”.

Por eso, cuando el viento se hizo ventarrón y nos encontramos en medio de la tormenta, fue útil ir desplazándose de a poco, imprimiendo suaves cambios de dirección y no virar de un golpe.

Trazábamos pequeñas diagonales a través de la estepa, sin hacernos demasiado notorios, tratando de no obstaculizar la fuerza de la naturaleza, sino mas bien de aprovecharla. Llegamos a la cabaña tonificados, fortalecidos, gustosos.

Recordé que un día se me había dicho: “No reprimas, canaliza en dirección diferente la misma fuerza que quieres transformar”.

Ya junto al fuego, secadas las ropas y aquietada la respiración mirábamos consumirse los leños, también sin resistencia. Estaban entregados a un proceso que los abarcaba y los modificaba esencialmente. Pese a ello no podíamos decir que el leño era menos leño cuando se trocaba en fuego.

Las llamas se me antojaban parte del proceso de los maderos, algo misterioso los había tocado y convertido en luz y calor.

Evoqué también las ramas que segadas del árbol madre quedaban junto al camino y vi como transfigurándose en sus elementos originales, servían de abono y eran materia para una nueva fertilidad.

Iniciamos las preces de manera muy queda, el fuego iluminaba el icono que presidía la casa y el recogimiento de la atención en el corazón me sumió en un conocido regocijo.

Respirando… inhalando y exhalando junto a la invocación, sentí como algo se “quemaba” en mí dando luz al alma entera. El fulgor le viene de un madero antiguo, ensangrentado, ardor intacto de un acto de amor divino.

Texto propio del blog

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