La respuesta que doy

El ermitaño

Diariamente vivimos distintos acontecimientos. Situaciones se van resolviendo y generando de continuo en los diferentes ámbitos en los cuáles desplegamos nuestra intención.

Estos aconteceres son de diversa índole y algunos de ellos vienen portando un signo negativo. Son sucesos desdichados o desagradables; pueden ser encontronazos, desajustes, simples desacuerdos y hasta malos entendidos. A veces se trata del fracaso de un proyecto, de una desilusión o de sufrir una injusticia.

Hay algo de suma importancia: la respuesta que demos ante estas circunstancias.

Hay que tratar de que la propia reacción sea siempre superadora en relación a lo recibido. Debo tratar de devolver el bien ante el mal.

Por cierto no es más que la enseñanza de Cristo transmitida en el evangelio, lo estamos diciendo con otras palabras, pero es lo mismo. Nos hace falta escuchar lo mismo una y otra vez y de distinto modo, hasta que ocurre que eso que escuchamos llega en nuestro momento correcto y nos sentimos más dispuestos a aplicarlo.

Es como si nos dispusiéramos a ser transformadores, un factor transformador. Que todo aquello que entre en nuestro campo de influencia se vea mejorado a través de nuestra actitud.

Pero claro, para ello es necesario que uno permanezca situado en un lugar interior que se encuentre al abrigo de las contingencias y de la variabilidad y de toda oscuridad. Vivir desde la celda interior y desde allí dar las respuestas a lo que va aconteciendo.

¿Pero cómo llegar a construir ese lugar o como acceder a él?

No es labor de un día, pero tampoco tiene porque ser muy lenta. La clave es aprender a fundarse en lo permanente y no en lo transitorio. Estar muy atento para descubrir en que cosa estoy fundando mi bienestar.

Es preciso acostumbrarnos e ir haciendo real en nuestra vida, lo que afirma nuestra fe. Dice el salmista:

«Yo te amo, Señor, mi fuerza, Señor, mi roca, mi fortaleza y mi libertador, mi Dios, el peñasco en que me refugio, mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte…»

(Sal. 18, 2-3)  

Es preciso darnos cuenta de aquello en lo que nos apoyamos cotidianamente. Quizás en la compra de aquel objeto, en lograr aquel reconocimiento, en poder encontrar tal persona, en modificar aquello otro de la casa…

No podemos anclarnos en lo que es mudable, transitorio y perecedero. Ninguna situación humana puede darnos la felicidad que anhelamos porque todo lo nuestro tiene la característica de lo variable y lo finito.

Puede ser desagradable escuchar estas cosas. Sobre todo si uno está afirmado en una situación particular. No se trata de desechar lo bueno y valioso de nuestra vida, sino de no poner la base en alguna cuestión particular, que al modificarse, nos deje debilitados.

Cualquier alegría de la existencia ha surgido porque antes nos ha sido dada la vida. Esta existencia es el verdadero don y la conciencia de ese existir nos señala en dirección al Creador, al Padre de todo lo que hay.

Tus manos me hicieron y me formaron; instrúyeme, para que aprenda tus mandamientos”

(Sal. 119, 73)

Y esta existencia tiene un sentido en función del cual hay que orientar las acciones. Un aspecto importante de ese sentido y significado de la vida, tiene que ver con eso de las respuestas que se dan a los acontecimientos y del papel que uno intenta cumplir, favoreciendo la elevación de todo aquello en lo que participamos.

Texto propio del blog 

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