Gracia y libertad

Mirar desde la Cruz

Fragmentos

…aquí mismo, ahora…vemos a las nubes moverse.

Decimos que se mueven porque consideramos como fijo nuestro punto de vista; es decir, la Tierra y a nosotros en ella. Esto tiene el asidero de la percepción porque a los sentidos se nos presenta quieto esto y móvil aquello.

Sin embargo, debido a extensiones de los sentidos, a diversos aparatos, hemos comprobado que tanto las nubes como la Tierra se mueven, aunque a velocidad diferente.

En otra escala, nos pasa lo mismo considerando la Luna y la Tierra o entre nuestro planeta y las estrellas. ¿A qué voy?

A que existe una diferencia entre lo que es y lo que percibimos…o también, entre una percepción y otra según la amplitud de nuestro foco de observación.

De cerca vemos a la hormiga transportar la carga hacia el hormiguero, pero de lejos, negaríamos la existencia de la hormiga y aún del hormiguero. Sólo veríamos el follaje del árbol que cubre todo aquello.

Esta relatividad es la constante cuando nos atenemos a lo percibido por los sentidos corporales. Según los órganos de percepción, todo depende.

Todo es relativo al punto de observación, a la escala de que se trate, al sentido que estemos atendiendo, al interés de quién mira, al contexto, etc.

Bueno…cuando nos proponemos entender el tema de la gracia y del libre albedrío desde la mente; es decir, cuando desde el intelecto abordamos este problema, tendemos a confundirnos, a enredarnos, nos cuesta resolverlo.

Porque si lo vemos desde una perspectiva, todo depende de la gracia y desde otra nada se hace sin la voluntad humana. Y en este oscilar encontramos todas las gradaciones posibles.

Así se han suscitado largas discusiones en la historia de la Iglesia e incluso en la historia de la filosofía, según el grado de determinismo o de libertad que se observaba en la vida humana.

¿Y la verdad? La verdad en sí, es inaccesible al hombre en tanto permanezcamos cubiertos por la envoltura carnal. A ello se aludió en la Escritura, cuando se dijo por ejemplo, que no podía verse el rostro de Dios y continuar con vida.

Todo conocimiento nos resulta velado por nuestra forma percepto representativa de organizar las experiencias.

Pese a ello, Jesucristo y su enseñanza descorre el velo sobre aspectos esenciales de la verdad, aprehensible íntimamente, mas que por la exégesis, por el corazón puro que busca a Dios.

Ustedes saben que yo no estoy encargado de enseñarles el magisterio de la Iglesia o de abordar las precisiones que notables eminencias han hecho históricamente, distinguiendo naturaleza, gracia y voluntad.

Me toca solo participarles con que actitud abordamos aquí las dificultades de comprensión. Buscando la luz que arroja el corazón sobre estos temas.

En el calor de la ermita, al amparo de la oración tranquila y amorosa, hemos aceptado nuestra ignorancia sin dolor. Nos ha parecido cada manifestación de la existencia una evidencia de la gracia y la voluntad un pequeño movimiento de apertura cordial al misterio insondable.

A la gracia la vemos por todas partes. En cambio con la voluntad personal se nos ha dificultado. Es que vemos la acción de Su misericordia en cada etapa de la historia de nuestra vida.

Por supuesto no negamos la posibilidad de la libertad del hombre, el papel que juega su voluntad. Solo que se nos ha hecho difícil detectarla mediante reflexión.

En cambio, en la experiencia personal de la oración de Jesús, hemos venido a descubrir un hálito breve y fragmentario, un pequeño gesto de adoración, precisamente en el espacio mínimo y silencioso  entre cada exclamación.

Entre una y otra jaculatoria existe una leve suspensión del ánimo y en este pequeño reducto alienta un acto de asombrada adoración por la existencia misma.

Curiosamente, encontramos en ello restos de lo que podríamos llamar humana libertad.

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