Cuestión de escalas

La Cruz ilumina el mundo

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(Relato breve)

Caminaba yo lento sobre el parquet, mirando sin ver mis pies desplazarse; cuando advertí, me dije entonces que de manera fortuita, un pequeño animalito de cuerpo cóncavo, amarillo, con leves pintas negras y una cabeza tan pequeñita y perfecta que maravillaba.

El insecto caminaba rápido al parecer en dirección precisa, aunque luego pude notar, que su andar tenía algo de errático, exploraba mas bien.

Enfrentó una disyuntiva cuando luego de algunos titubeos, enfiló hacia el dormitorio en desmedro del baño, de piso granítico más frío, pensé yo, atribuyendo al factor térmico la decisión tomada.

Siguiéndolo me hice consciente de mis piernas ciclópeas en relación a él y de la inmensidad del espacio que nos separaba si medía las cosas con su escala.

Veía yo a este minúsculo ser afanarse y pese a desconocer su naturaleza íntima, lo imaginé buscando salida o alimento.

Salida… ¿Hacia dónde?, ¿Querrá ir a la calle?, me pregunté, notando cierto espíritu compasivo surgir en mi apoyado en su tremenda pequeñez. A la calle…y ¿Para qué?, buscará su hábitat murmuró algo en mí. Y ¿Cuál es su ambiente? Volví a interrogarme.

Mientras cavilaba, la vaquita de San Antonio llegó hasta la pata de la cama y giró en torno para luego continuar su periplo hacia la mesa de luz.

Devenido observador omnisciente contaba también con la suma del poder en relación a su destino. De mi dependían su vida y su muerte e incluso podía tomar su cuerpo y en un instante llevarlo a la puerta de entrada, allá donde se bifurcan los caminos entre el comedor y el recibidor.

¿Cómo viviría estos avatares la pequeña vida minúscula? Y ¿A qué factor se los atribuiría? si cupieran estos planteos en su sistema orgánico.

Retrocedí unos años y recordé como solía rescatar hormigas caídas en la pileta del lavadero, casi ahogadas, moribundas. Se aferraban a mi dedo salvador y yo con leve pericia las ponía sobre el piso del patio, sintiendo que pese a mi natural malicia, hacía algo bueno.

Me confortaba en esa época de mis infortunios considerando que si yo, en mi vileza, era capaz de semejante misericordia, no haría menos el Hacedor por mí, criatura sumergida en vastos mares de angustia y confusión.

Sin saber porqué me repuse de mis cabildeos para volver al presente, advirtiendo la ausencia en el campo visual del bichito al que intenté localizar sin éxito bajo la cama y ojeando en los rincones.

Años atrás solía comentar con amigos íntimos, que si uno quería llamar la atención de Dios debería hacer algo no habitual para su especie. Romper los cánones establecidos por su naturaleza actuando lo extraño, alejándose de toda norma y automatismo, siendo verdaderamente audaz.

Charlábamos entonces acerca de que conducta debería adoptar una hormiga para llamar nuestra atención, dioses como nos creíamos ante ellas. Si ansiosa de redención debía ejecutar alguna tarea muy particular para que en ella reparáramos.

Quizás hubiera tenido que salirse de la fila que iba al hormiguero, tomado entre sus patitas delanteras la hoja verde que cargaba y moverla hacia nosotros en sutil compás. Hubiera tenido que brincar luego repetidamente y arrastrando su cuerpo dibujar algún “help” en la tierra.

¿Sería tan deficiente la atención de Dios como la nuestra? ¿Miraría de vez en cuando nuestra vida mínima, en busca de alguna señal que marcara un avance evolutivo? ¿Habría programado un nuevo encuentro cuando alcanzáramos cierto nivel de mística o inteligencia?

Cuestiones pertinentes a mi trabajo me distrajeron del asunto por varias horas. Al día siguiente sufrí una gran sorpresa  cuando al cambiarme de ropa, vi a la vaquita de San Antonio sobre el bolsillo de la chaqueta. Me acerqué despacio, escudriñándola detenidamente verificando que se tratara del mismo insecto.

Más tarde volví a encontrarla junto a mi libreta de notas y al anochecer se posó en el espejo justo cuando empezaba a afeitarme. Estos encuentros se continuaron varios días hasta que no pude seguir atribuyendo todo a la casualidad.

Tuve que asumir que un fenómeno extraordinario me tenía al fin como protagonista cuando el animalito empezó a caminar en círculos frente a mí, en la mesa del comedor, a un costado de la servilleta. Incluso, me pareció luego, que sus movimientos tendían a dibujar letras imprecisas, que había un algo trémulo en sus diminutos ojos que como cuentas mínimas me miraban suplicantes.

¿Había devenido yo, finalmente, un Dios para ella? Y ¿Qué clase de salvación de mi pretendía?

Contra todo pronóstico sensato me acostumbré a tenerla conmigo. En general la llevaba en el bolsillo de la camisa, cobijada entre los pliegues del pañuelo. En casa, la ponía junto a gotas de agua para que bebiera y pequeños trozos de lechuga se me antojaba comería. Sobre mi antebrazo permanecía, quieta, leve, creo que complacida.

Un día amaneció inerte, intacta pero sin vida. Me pregunto si le habrá bastado recibir, en vez de redención, algo de compañía.

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