Sobre la aceptación

Monje en adoración

Fragmentos de diálogo

–          Querido hermano: Me siento más que nunca llamado al silencio interior y a una vida de recogimiento y sin embargo siento que el mundo no me deja, que cada vez hay un nuevo reclamo que me perturba. Sufro tirones de una y otra parte en forma de obligaciones o de pedidos o incluso a raíz de los deseos que no terminan de morir en mí. Siempre hay algo que viene a impedir la paz. Dígame por favor lo que puedo hacer.

–          Es un tema largo, porque requiere antes de la correcta acción de una cierta comprensión, veré de hacerlo breve. Muchas veces cuando El Señor aparta los ruidos, el presunto buscador de silencio sale despavorido a buscar el movimiento y el tumulto. Pero no se anima a reconocer esto, entonces culpa al mundo de su desespero.

Digo presunto buscador, porque una cosa es buscar el silencio y el recogimiento y otra querer verse a sí mismo como un contemplativo o asceta que vive apartado. Una cosa es ser y otra parecer, aún cuando este parecer vaya dirigido hacia nosotros mismos. Ese es un caso.

Pero vamos a lo específico que me planteas. Es preciso reconocer algo muy difícil de aceptar: Que la falta de tiempo o las obligaciones que se tienen, resultan de las opciones que se han tomado en algún momento. Hay que asumir, que las propias elecciones anteriores han generado las circunstancias actuales de las que uno se queja. Lo que hoy me perturba es el fruto de mi perturbación en el pasado y de las decisiones que desde esa inquietud he tomado.

Lo que hoy elijo se plasma en una situación determinada mañana. Hay que obrar desde la interioridad, desde “el adentro” de uno con motivaciones puras. Eso construye rápidamente una situación favorable a tu búsqueda.

–          ¿Qué sería obrar desde “el afuera” o desde la exterioridad?

–          Obrar desde afuera es actuar buscando determinada reacción. Es hacer esto para que me digan aquello por ejemplo. Es un hacer especulativo. Debo hacer según lo que creo que está bien hacer y aceptar que el resultado no está en las propias manos, dejarlo en manos de Dios. Es la vieja y poco aplicada enseñanza de que se debe actuar según el deber, según lo que uno siente profundamente como su deber. Hecho eso, la paz queda en el corazón, porque es preciso aceptar que no tenemos a nuestro cargo el mundo, ni las reacciones ni las intenciones ajenas.

–          ¿Cómo concilio esto con lo que usted me decía el otro día de la aceptación necesaria?

–          Veámoslo con detenimiento. El Señor me va dando y yo voy haciendo algo con aquello que me da. La existencia se te ha dado. Es un don gratuito, un regalo. Este existir tiene un marco de condiciones. En cierto momento, a cierta edad variable, vas tomando conciencia de ti mismo y te encuentras con ciertos hechos y circunstancias que te rodean, que forman tu vida y que tampoco has elegido.

Esto que te ha sido dado debe ser aceptado. Antes que nada. Aceptar el regalo. Para jugar la partida, no tienes sino que aceptar las cartas como han sido barajadas. En base a esas cartas verás cómo actuar mejor. Luego del darse cuenta debe venir la aceptación de las condiciones. Con el tiempo verás que eran las mejores para tu desarrollo. La Providencia no falla. Por algo ocurre todo lo que ocurre.

Aceptar trae paz y quietud interior. Rechazar solo dolor. Aceptar es disponerse a tratar con ello, con lo que está ahí delante de ti o con lo que descubres en tu interior. Por eso,  es importante aclararlo, aceptar no es necesariamente pasividad. A veces implica mucha actividad. Pero aceptar es reconocer que lo que sucede está permitido por El Señor con alguna finalidad en su plan Providencial, aún cuando no comprendamos.

Aceptar es no quejarse, es disponerse a bien actuar ante esto o aquello que sucede. ¿Y porque habría de aceptar?  Porque he recibido el don de la vida y todo lo que con ella viene. Pero cuidado, hay que estar atentos: Con la vida viene el gozo y el dolor, pero la mayoría de las veces, este dolor resulta de nuestra forma equivocada de actuar ante lo que se nos presenta.

Entonces por un lado debes considerar que muchos de los que llamas reclamos del mundo y tirones que te hacen las circunstancias alejándote del silencio, son el resultado de tus opciones anteriores. Lo que debes hacer es cambiar en el presente lo que eliges, para que te resulte un mañana acorde a tus búsquedas profundas. Acepta también esto, lo que te ha pasado, tus elecciones equivocadas, e incorpora la enseñanza.

El Hermano Valentín, me decía siempre, que vivir era tratar de continuo con El Señor que nos enseñaba a cada momento. El decía: “Vivir es la preparación necesaria para ser capaces de ver a Dios cara a cara. Cada cosa que nos pasa es una venida del Señor y lo que hacemos, nuestra respuesta a su enseñanza”.

Por eso es necesario aprender de los errores. ¿Te sientes encadenado ahora por esto o aquello? No vuelvas a elegir del mismo modo. Jesucristo nos enseña cómo debemos actuar, es un modelo perfecto. Pero claro hay que leer el evangelio con profundidad, no dándolo por sabido.

Valentín decía que cada nuevo día era una palabra del Señor, un mandato que nos daba. Entonces el actuaba así, como en un coloquio íntimo, haciendo lo mejor que podía para recibir al otro día una enseñanza nueva.

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