Eremitas

Icono de San Juan Casiano

Las montañas desde lejos se ven verde azuladas. De cerca se diferencian las rocas del pasto.

Aquí y allá suaves mantos húmedos, muelles al paso, se combinan diversamente con áridos yermos de maciza piedra gris. Angostos  estratos blancuzcos jalonan las laderas creando una particular impresión.

El clima es casi siempre frío y la vegetación arbórea no muy alta. El viento, siempre presente, oscila entre ráfagas agresivas y brisas amistosas. Los arroyos son innumerables y su murmullo fácilmente perceptible; basta apenas detenerse.

Desde las cimas se alcanza a ver el poblado mas cercano como una mancha muy leve, que no desentona. El paisaje es inmenso y llano, amplísimo; esta surcado por riachos sinuosos herederos de las cumbres y alimentan muy breves aldeas vegetales. Pese a ello, la impresión general es desértica.

Ocultas en un valle profundo están las ermitas, pocas, construidas con piedras del lugar unidas por un emplasto indefinible.

Los techos son troncos irregulares apenas apoyados, cubiertos de flora abundante y seca. Piedras más pequeñas mantienen todo ligado, evitando así que el viento los vuele.

Hacia uno de los lados, la pared lisa y perfectamente vertical se eleva varios cientos de metros, sirviendo de protección a todo el valle y cobijando el lugar para la sinaxis. Esta se desarrolla diariamente mientras el sol despunta y en las vísperas iniciado ya el crepúsculo.

Las liturgias son muy quedas. Hábitos por demás modestos y movimientos economizados al máximo, hacen evidente la austeridad que se respira. La salmodia se ejecuta lenta y se nota la concentración y el empeño de los recitantes; de ojos muy vivos todos, los semblantes mansos.

Ya de noche, en cada ventanuco se divisa la luz de una vela, reflejo de la adoración intensa que seguirá hasta principiar el día. Una cruz enorme vigila a los eremitas, clavada en la entrada del campo y no acierto a concebir como fue llevada hasta allí, tan pesados y gruesos los troncos. Esta iluminada por una antorcha que adivino perpetua.

Me ubico despacio en mi pequeña carpa de visitante dispuesto a hacer la crónica encomendada. Musito un sentido agradecimiento al Señor de los Señores, a la fuente de todas las misericordias, porque lo que en un tiempo fue temida soledad se me antoja ahora hermosa compañera.

Texto propio del blog