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  • La Xenitía

    Se podría traducir como “abandono”, indica –como la hesiquía- tanto una actitud interior como un estado exterior. Es ante todo una actitud interior de aislamiento que apunta a mantenernos extraños y peregrinos en camino a la ciudad celestial. En este sentido, la xenitía se expresa con: la humildad, el rechazo a toda curiosidad, el no entrometerse en lo que no nos concierne, el dejar todo juicio, el evaluar cada cosa en una continua comparación con la eternidad, la incertidumbre del mañana, la hora ignota de la muerte…

    Extraído de Filocalia

  • Nepsis

    Es una especie de ayuno espiritual que consiste en cuidar el intelecto, la mente y el corazón no alterados ni excitados por las pasiones y las distracciones, para permitir al hombre que permanezca en la oración.
    Es la actitud propia del cristiano que siempre tiene que “permanecer en Cristo” con todas sus facultades, y constituye por si mismo todo el programa de la vida monástica. En la tradición bizantina, los santos monjes maestros de oración son llamados precisamente Nípticos.

    de Glosario en Filocalia

  • Àpáteia

    Estado de reintegración del alma en su pureza y libertad originales. Para ciertos autores tiende a indicar una verdadera liberación de las pasiones, para otros, es mas bien un regreso al buen uso de las pasiones que Dios originariamente creó orientadas hacia el bien. El término, de todos modos, no debe entenderse con ese matiz negativo de” indiferencia” que tiene en el uso común; dicha liberación es, al contrario, asimilable a la pureza del corazón, y se dirige a la caridad.

    (de Glosario en Filocalia)

  • Evagrio Póntico

    "Está separado de todo, pero unido a todo.
    Impasible, pero de una sensibilidad soberana.
    Divinizado, se considera el desperdicio del mundo.
    Y, por encima de todo,es feliz, divinamente feliz..."

    (La Filocalia)

  • de Dionisio Areopagita

    Entregado por completo a la contemplación mística, renuncia a los sentidos, a las operaciones intelectuales,
    a todo lo sensible y a lo inteligible.

    Despójate de todas las cosas que son y aun de las que no son y elévate así, cuanto puedas, hasta unirte en el no saber con aquel que está más allá de todo ser y de todo saber.

    Porque por el libre, absoluto y puro apartamiento de ti mismo y de todas las cosas, arrojándolo todo y del todo, serás elevado en puro éxtasis hasta el Rayo de tinieblas de la divina Supraesencia...

    Porque toda afirmación permanece más acá de la causa única y perfecta de todas las cosas, pues toda negación permanece más acá de la trascendencia de aquel que está simplemente despojado de todo y se sitúa más allá de todo.

    (Teología Mística)

  • Charles de Foucauld

    Señor, me pongo en tus manos,haz de mí lo que quieras, sea lo que sea, te doy las gracias.

    Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas.

    No deseo nada más. Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz,porque te amo y necesito darme.

    Me pongo en tus manos sin medida con una inmensa confianza, porque Tú eres mi Dios y mi Señor. Amén.

  • de Juan Casiano

    Es necesario permanecer lo más posible en la celda: Siempre que uno se aleja de ella para vagar por el exterior, al volver le parecerá algo nuevo y desabrido. Más aún, se encontrará como descentrado y lleno de turbación, como si empezara a habitarla. No podrá recobrar sin trabajo y dolor aquella aplicación de espíritu que había conseguido morando fielmente en su recinto, pues ha dado rienda suelta a la dispersión.

    (Collationes, 6,15)

  • San Gregorio de Nisa

    "La gracia del Espíritu es lo que comunica la vida eterna y un inenarrable gozo espiritual; pero el eros del esfuerzo sostenido, que es fruto de la fe, hace al alma digna de recibir los dones y disfrutar de la gracia...la gracia de Dios no puede penetrar en el alma que rechaza la salvación, y el poder de la virtud humana no es suficiente por si mismo para elevar a la forma de vida Divina un alma que no tiene parte en la gracia.

    (Homilias 56, 2)

  • San Efrén

    Crucifica tu cuerpo durante toda la noche...Si no sucumbes al sueño, pasa y colócate entre los mártires. No te dejes vencer por el sueño durante la noche; no eches a perder tu victoria. Conviértete en mártir de las vigilias...Los mártires fueron testigos de día; los ascetas, de noche...

    (Exhortatio ad monachos 5)

  • San Basilio

    No te dirijas enseguida hacia la cumbre de la ascesis...vale más progresar lentamente. Suprime, pues, los placeres de la vida haciendo desaparecer de ti toda costumbre de ellos, no sea que, si alteras de golpe todos los placeres de una vez, te atraigas un día una muchedumbre de tentaciones.

    Cuando hayas superado esforzadamente el ataque de un placer, prepárate para la guerra contra otro placer, y de esta manera vencerás, en tiempo oportuno, todas las concupiscencias.

    (Ep. ad Chilonem 2)

  • de Tomás Merton

    Dios, Señor Mío, no tengo idea de adónde voy. No veo el camino ante mí. No puedo saber con certeza dónde terminará.

    Tampoco me conozco realmente, y el hecho de pensar que estoy siguiendo tu voluntad no significa que en realidad lo esté haciendo. Creo que el deseo de agradarte, de hecho te agrada. Y espero tener ese deseo en todo lo que hago. Espero que nunca haré algo apartado de ese deseo.

    Y sé que si hago esto me llevarás por el camino correcto, aunque yo no sepa nada al respecto. Por lo tanto, confiaré en ti aunque parezca estar perdido a la sombra de la muerte. No tendré temor porque estás siempre conmigo, y nunca dejarás que enfrente solo mis peligros.

    (Pensamientos en la soledad)

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    Este blog esta destinado a la difusión de la vida monástica, particularmente de aquella ascética fundada en la soledad, el silencio y el cultivo de la hesiquía del corazón.

    Está a disposición de cualquier persona u organización que desee difundir temáticas afines. Los autores del blog profesan la Religión Católica Apostólica Romana y mantienen relaciones fraternas con personas de otras confesiones.

  • Desde el 19/06/09

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Nativitas Cordis

Óleo "Natividad" de Mantegna A.

Fragmentos:

-          Quisiera dejar lo viejo que hay en mí para dar lugar a lo nuevo. Me ha impactado mucho siempre aquello de la posada llena de viajeros que no tenía lugar para recibir al redentor. Siento que si no dejo que cierta manera de ser muera no va a surgir la nueva.

-          Es posible. No está mal el punto de vista que usas… este momento especial donde celebramos el nacimiento de Jesucristo es propicio para una revisión, para un examen atento de la propia conciencia. El final de año también puede servir en ese sentido.

-          ¿Usted que me sugiere Padre?

-          Lo mismo que me recomendó Hermano Valentín antes de la primera confesión que hice con él. Hacía pocos días que me había sometido a su dirección espiritual y me dijo que hiciera un buen examen de conciencia, pero atendiendo especialmente a aquellas faltas repetitivas, a eso que siempre me perseguía, a lo no superado, a lo que siempre me derrotaba. Me instó a ser profundamente sincero, a no mentirme ni justificarme, a buscar sin miedo.

Insistió en que no se trataba sólo de dolerse del error, de la falta o del pecado y de hacer propósito de enmienda sino que también era necesario comprender acabadamente el origen de todo ello, para así poder cambiar realmente la conducta. Volvía una y otra vez al concepto de la metanoia, que ha sido usada como arrepentimiento en el uso habitual, tratando de mostrarme la transformación que necesitaba.

-          ¿Cómo es esa transformación, a qué se refería?

-          Me explicaba que metanoia era más que “cambio de mente”, que se trata de modificar la disposición total del ser de la persona. Necesitaba de un reconocimiento profundo de las propias debilidades y de lo que eran los pilares en los que se asienta el ego.

Él siempre equiparaba pecado a ego. Decía que sin ego no había forma de pecar y que por eso todo el trabajo ascético consistía en un ir debilitando al “yo”.

Como sabes, el trabajaba la madera haciendo hermosas figuras iconográficas y esculturas religiosas y por eso hablaba siempre de devastar, que es ese ir sacando a la madera lo que no corresponde con la figura que se quiere descubrir.

Los pecados repetidos hasta el cansancio, no sólo deben ser motivo de compunción sino también de comprensión profunda de las tendencias que impiden el advenimiento de Cristo en el corazón. El nacimiento del Señor es posible hoy en el interior profundo de uno mismo, en el recinto sacro donde vive el reino dentro de este cuerpo-templo; pero hay que hacerle espacio en la posada, prepararle el lugar.

En aquello que siempre se repite está la oportunidad para develar por donde hemos sido sometidos. ¿Qué impide la luz pura de Cristo vivo en mí? Eso que una y otra vez te hace pecar en el mismo sentido, en la misma acción. Eso, que hablando con verdad, mas detestas de ti mismo. Te voy a dar un ejemplo experiencial.

A mi desde niño y hasta bien entrado en la juventud, me costaba mucho decir la verdad. Uno de mis pecados recurrentes era la mentira. No quería mentir, pero me descubría haciéndolo. Pero volvía a caer, una y otra vez.

Pero empecé a librarme de ella cuando advertí que mentía porque no asumía. No le mentía a los demás sino a mi mismo a través de ellos. No aceptaba lo que era, lo que hacía, lo que sucedía. Quiero decirte…hay que buscarle al pecado recurrente lo que esconde, cómo es que te enlaza y te domina.

En esa confesión decisiva para la cual me preparó tantos días, Hno. Valentín me dijo. “Debes enamorarte de la verdad”. Quién ama la verdad deja de mentir”.

Eso me sirvió mucho porque en vez de oponerme a la mentira empecé a buscar la verdad en todo lo que hacía y decía y pensaba… abordé el tema por el otro lado ¿me explico?

-          Si Padre, creo que sí.

-          Me concentré en ver la verdad que veía de mi mismo para así poder luego efectuar el acto de asumir, de aceptar. Porque la mentira estaba antes que en lo que decía sobre ciertas cosas en la mirada que tenía sobre mi mismo.

-          Comprendo.

-          Por eso, lo primero en el examen de conciencia es tener muy en cuenta lo recurrente, lo repetitivo. Eso que siempre vengo a confesar solo para volver a realizar luego.

Y a partir de eso trabajar en la comprensión de las vías por las cuales surge esa conducta.

Porque muchas veces se apela a la mención del demonio para explicar el origen de nuestras caídas… y yo sin negarlo quisiera enfatizar en que eso sirve muchas veces para no verse a uno mismo con crudeza.

Que nazca en uno mismo el afán de transformarse en Cristo, el deseo profundo de dejar de ser el que se es, implica primero un reconocimiento y luego un atento trabajo aplicado, concentrado en superar precisamente esa cuestión.

Superar lo que debo superar, atender a lo que debo atender y no distraerme con menudencias. Hacerme cargo de que sino dejo eso atrás no podré avanzar en la imitación del modelo que me muestra Cristo.

¿Qué debe morir en mí para que nazca El Salvador en el corazón? ¿Qué debo sacar de mi vida, que debo abandonar para dejarle espacio a Cristo?

Algo que ayuda mucho, es imaginarse muy precisamente aquel nuevo modo de ser que uno quisiera encarnar. Con mucha atención, verse a sí mismo según los anhelos profundos, esos que se adecuan al modelo mas venerado. Porque el ir creciendo en esa concordancia entre lo que se quiere ser y lo que se es, brinda mucha paz a la conciencia y porque es algo muy genuino que podemos llevar a la oración.

Ofrecer con toda desnudez, eso que quisiera ser pero que cabalmente comprendo que no soy, eso es un presente muy valioso; es oro, incienso y mirra.

de diálogo con P. Vasily

Imagen extraída de:

champagnat

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Links de Iconografía

Piedad

Icono de la Santísima Trinidad

(Relato breve)

¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!, ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!, ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!; se escuchaba desde el pasillo sin cesar.

Era Juan José que permanecía en la silla de ruedas, de día y de noche. No quería acostarse porque le faltaba el aire y el problema se le agudizaba si ponía el cuerpo horizontal.

Esto de que un paciente permaneciera sin acostarse jamás, era muy atípico y casi intolerable en la clínica, donde las reglas solían priorizarse a la necesidad de los enfermos.

Para la mayoría de los miembros del equipo de salud, Juan José era exasperante. Su oración continua, clamando por quién él creía su salvador y redentor, los ponía en presencia de su propia incoherencia, de su falta de fe profunda. Les daba cierto pudor, verlo tan ingenuo, clamando por una ayuda que tardaba en venir.

No solo eso, el cáncer de pulmón se extendía y casi ahogaba al paciente, que no se avenía a cumplir los reglamentos.

Se le decía, que acostado se le deshincharían los pies, que tanto tiempo sentado le lastimaría la cola, que le permitiera a su cuerpo descansar…pero él, sonriendo, afirmaba que así estaba bien y continuaba: ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!, ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!, y nunca se detenía.

Cuando el sueño lo vencía, caía su cabeza, apoyándose en el pecho, pero se lo escuchaba murmurar dormido…

-¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!.

Cuando sufría accesos de dolor, la oración aumentaba de volumen y terminaba en grito. Cuando no, se hacía monótona letanía.

Se me ocurrió regalarle el libro a poco de conocerlo. Le calculé en lo físico, cincuenta años; en lo sicológico pre adolescencia. Antes de enfermar vivía solo con la madre, que aunque autoritaria, lo protegía.

Enseguida se abrió conmigo, que opté por no exigirle hombría y acepté sin chistar su permanencia en la silla.

-Vos sos bueno… – me decía cariacontecido.

-Vos no me conoces Juan José – le contestaba yo – confundía bondad con capacidad de adaptación.

En un tiempo llegué a creerme hipócrita, porque podía entenderme, igual de bien, con personas muy distintas o de bando contrario, en variadas circunstancias. Me llevó tiempo comprender, que lo mío era, por una parte, capacidad de ubicarme en los diferentes puntos de vista; y por la otra, fuerte indiferencia a lo que consideraba secundariedades. O bien, como me dijo un día Marcela: “a vos todo te importa un carajo”. Algo de eso hay.

Así fue que, viéndolo tan débil, le acerqué el libro y le dije:

-Mirá Juan José, este librito te enseña una oración muy breve, que si la repetís como enseña aquí, te va a curar. Tenés que hacer todo como dice el protagonista y verás cómo funciona.

Me agradeció mucho y se puso a leer. Cuando regresé al día siguiente, ya lo había leído todo y clamaba:

-¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!.

Se les transformó en todo un caso. La clínica católica, fundada por un cura, no podía fácilmente hacer callar a quién, con el corazón en la mano, clamaba curación a la divinidad.

Un día fue la sicóloga a sugerirle que rezara más despacito y Juan le dijo que a quién podía molestar el nombre de Jesucristo, por quién toda rodilla se dobla en los cielos y en la tierra. Ella salió de la habitación algo ofuscada.

El Padre fundador lo fue a visitar más rápido que a otros pacientes. Yo estaba en la pieza en ese momento, limpiando un poco y pude participar del diálogo como testigo mudo.

-Hola Juan, ¿cómo te va? -Disparó el sacerdote con su habitual simpatía-

-¡Muy bien padre, muy bien! – dijo caluroso JJ -

-Cuanto me alegro -dijo el cura- me dicen que sos de rezar mucho, – comentó – tanteando el terreno.

-Si Padre, todo el tiempo. Jesucristo me va a curar…porque apelo a su santo nombre. Yo pido con fe en Jesucristo y todo lo que pida me será concedido. Así lo dice este librito y se sostiene en la palabra bíblica.

El cura tomó en sus manos “Relatos de un peregrino ruso” y lo hojeaba despacio, pensando.

-Bueno, Juan José, vos sabés que todo depende de cuál sea la voluntad de Dios.

-No Padre. Cristo dijo: “Todo lo que pidieres en mi nombre os será concedido”.

-Así es, así es Juan, masculló el clérigo, intentando ordenar una explicación que conciliara lo predestinado con el papel de la oración, la fe y la voluntad personal. Pero el Padre, además de simpático era inteligente y en vez de oponerse a la decisión inflexible del enfermo optó por dialogar sobre otros temas.

Mientras el religioso se alejaba y yo partía hacia otra habitación escuché a Juan que había comenzado nuevamente:

-¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!

No fue poca la sorpresa de la doctora a cargo, cuando se enteró que Juan José había empezado a rechazar la morfina.

-Dice que ya no le duele doctora - terció Julia, decana de enfermería

-¿Cuánta dexametasona está recibiendo? – Dijo la médica, buscando en la química respuesta a lo insólito.

-Nada desde hace días, no tuvo episodios de apnea.

-Bueno, mejor así. Será que le va a llevar más tiempo – dijo la especialista que siempre tenía un gesto de amargura en la cara –

Dedicada a cuidados paliativos para desahuciados, se había acostumbrado a la previsible sucesión de síntomas, previos a la agonía. También debía resultarle extraño eso de que todos los pacientes, infaltablemente, se le murieran.

Pero Juan José mejoraba de modo evidente. Le había vuelto el color a la cara, comía mucho mejor y hasta se bañaba solo en la ducha. Un buen día, se acostó a dormir. Fue todo un acontecimiento, que el personal de varias secciones vino a admirar silenciosamente. Pero esta recién adquirida horizontalidad no impidió que sus labios moviéndose apenas, murmurarán:

- ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!

A los seis meses de estar internado, continuaba orando de continuo pero mesurado en el tono, gozoso en el rostro, cálido en los gestos. Iba y venía por los pasillos pasando las cuentas de un rosario de madera que alguien le había regalado. Su clamor no molestaba como antes. Contaba con el respaldo de los hechos.

La doctora le recetó una radiografía ante la insistencia de las enfermeras que se sentían ya, en presencia de lo milagroso.

No hubo ni rastros del cáncer. Incluso uno de los pulmones, antes severamente dañado, mostraba elocuentes signos de regeneración en los tejidos. El asombro era tan grande que ponía de manifiesto lo poco que solían creer en lo que la religión decía. Quizás era eso lo que producía que no se hablara libremente del milagro.

Increíblemente para mí, todo siguió, al tiempo, como antes. Se encasilló el caso dentro de las “excepciones a toda regla”. Una misa de agradecimiento, vino a sellar el asunto y a reconocerlo dentro de los límites impuestos.

A los casi trescientos días de haberse internado como incurable, Juan José se fue dado de alta. Alborozados nos abrazamos, nos agradecimos mutuamente la compañía.

Los “Relatos de un peregrino ruso” quedaron en el cajoncito de la mesa de luz, hasta que alguien más, aceptándolos como verdaderos, los lleve a la práctica.

Mientras ayudaba a JJ a poner sus bártulos en el baúl del taxi le pregunté:

-Che, Juan, ¿porque seguís rezando tanto así si ya se te concedió lo que pediste?

-No puedo ya vivir sin la oración, me es tan necesaria como respirar – me dijo convencido- parafraseando al peregrino.

Cuando se pone silenciosa la clínica, en ciertos horarios sobre todo, escucho maravillado la continuidad del pedido…

¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí!

No puedo diferenciar del todo si brota de mi mente o si es un eco retardado de la voz de Juan José, todavía rebotando en las paredes.

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Pustinia

Amigos de T. Merton

Vigilancia y Oración

Icono Virgen de La Pasión

Extracto de “Sacra Virginitas”

Carta Encíclica de PÍO XII

Los medios que el Divino Redentor nos recomendó para salvaguarda eficaz de nuestra virtud son; la asidua vigilancia, para hacer con diligencia cuanto esté en nuestra mano y la oración constante para pedir a Dios lo que, por nuestra debilidad no podemos alcanzar: Velad y orad para que no caigáis en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es flaca.

Esta vigilancia en todos los momentos y en todas las circunstancias de nuestra vida nos es absolutamente necesaria: Porque la carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu, y el espíritu las tiene contrarias a las de la carne.

Si alguno fuere indulgente, aun en cosas mínimas, con las seducciones del cuerpo, fácilmente se sentirá arrastrado hacia aquellas obras de la carne que el Apóstol enumera y que son los vicios más torpes y repugnantes de los hombres.

Por esta razón es menester ante todo velar sobre los movimientos de las pasiones de los sentidos, refrenarlos con una vida voluntariamente austera y con las penitencias corporales, para someterlos a la recta razón y a la ley de Dios.

Los que son de Cristo tienen crucificada su carne con los vicios y pasiones. El mismo Apóstol de las gentes confiesa de sí mismo: Castigo mi cuerpo y lo esclavizo no sea que predicando a los demás venga yo a ser reprobado. Todos los santos velaron con empeño sobre los movimientos de sus sentidos y sus pasiones, y los refrenaron, a veces, con violencia, según la palabra del Divino Maestro:

“Yo os digo: cualquiera que mirare a una mujer con mal deseo hacia ella, ya adulteró en su corazón. Que sí tu ojo derecho es para ti , ocasión de pecar, sácalo y arrójalo fuera de ti; pues mejor te está el perder uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno”.

Con esta advertencia, como es claro, nuestro Redentor pide ante todo de nosotros que no consintamos jamás el pecado, ni aun mentalmente, y que alejemos de nosotros con energía todo lo que puede manchar, aun levemente, esta hermosísima virtud.

En esta materia toda diligencia es poca, ninguna severidad es excesiva. Si la salud débil u otras causas no permiten a alguien realizar grandes austeridades corporales, en ninguna manera le dispensan de la vigilancia y de la mortificación interna.

En este punto conviene, además, recordar lo que enseñan los Santos Padres y los Doctores de la Iglesia: que más fácilmente podremos superar los atractivos del pecado y las seducciones de la pasión huyendo de ellos con todas nuestras fuerzas que combatiéndolos de frente. Para defender la castidad, según la expresión de San Jerónimo, es preferible la huida a la batalla en campo abierto: “Huyo para no ser vencido”.

Consiste ésta huida en evitar diligentemente la ocasión de pecar, y principalmente en elevar nuevamente y nuestra alma a las cosas divinas durante las tentaciones, fijando la vista en Aquel a quien hemos consagrado nuestra virginidad. Contemplad la belleza de vuestro amante Esposo, nos aconseja San Agustín…

Texto Completo de:

Sacra Virginitas

(Español)(Latín)

El icono fue escrito por Radoslav Hristov

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Hermitary

La vida en los bosques

Grafía de "El Peregrino Ruso"

La mayor parte de los lujos, o las llamadas comodidades de la vida, no son solamente innecesarios, sino también impedimentos para la elevación de la humanidad… diré que los más sabios siempre han vivido vidas más simples y pobres que las vidas de los mismos pobres…

Nadie puede ser un observador sabio e imparcial de la raza humana si no se encuentra en la ventajosa posición de lo que deberíamos llamar pobreza voluntaria…Debemos aprender a volvernos a despertar, y a mantenernos despiertos, no con ayuda mecánica, sino por medio de una infinita espera de la aurora, que no nos abandone en nuestro sueño más profundo…

¿Por qué debemos vivir con semejante apresuramiento y desperdicio de la vida? Estamos decididos a morir de hambre antes de tener hambre. Los hombres dicen que una puntada a tiempo evita nueve, y así dan hoy mil puntadas para evitar nueve en el futuro. En cuanto al trabajo, no tenemos ninguno de importancia. Padecemos el baile de San Vito, y nos es imposible tener quietas nuestras cabezas…

El primer verano no leí libros; escardé las alubias. No, a menudo hice algo mejor que eso. Hubo épocas en las que no pude permitirme sacrificar la flor del momento presente por ningún trabajo, sea mental o manual. Me gusta contar con un amplio margen para mi vida…

A veces, en una mañana de verano, habiendo tomado mi acostumbrado baño, me sentaba en mi soleado umbral, desde que salía el sol hasta el mediodía, transportado a un sueño en medio de los pinos y nogales americanos y zumaques, en soledad y tranquilidad no alteradas, mientras las aves cantaban alrededor o revoloteaban sin ruido a través de la casa, hasta que recordaba la marcha del tiempo por el sol que daba sobre mi ventana occidental…

Fragmentos de

“Walden, La Vida en los Bosques”

de Henry D. Thoreau

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